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Memorias en armonía

‘MEMORIAS DEL ESTANQUE’ (2016) RECORRE LAS ESTANCIAS VITALES DEL POETA ANTONIO COLINAS DESDE SUS PRIMEROS AÑOS ENTRE EL ÓRBIGO Y EL ZAMORANO VALLE DE VIDRIALES, LA ADOLESCENCIA EN LA SIERRA CORDOBESA Y LAS ESCALAS EN MADRID, ITALIA E IBIZA, PARA VOLVER AL NORORESTE EN 1998, CON RESIDENCIA EN SALAMANCA. divergente

Antonio Colinas (La Bañeza, 1946), premio Reina Sofía de Poesía

Antonio Colinas (La Bañeza, 1946), premio Reina Sofía de Poesía

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ERNESTO ESCAPA
León

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A ntonio Colinas (La Bañeza, 1946) acaba de recibir el XXV premio Reina Sofía, que es el galardón poético más prestigioso de nuestras letras y se suma en su trayectoria al premio de la Crítica por Sepulcro en Tarquinia (1975) y al Nacional de literatura por su poesía reunida (1982), consolidándose como el primer autor leonés que logra un respaldo literario inequívoco. Sin embargo, por su condición de leonés periférico, ajeno a los manejos capitalinos, quedó excluido de las revistas y grupos literarios de la provincia. Desde los inicios, mantuvo en su poesía el diálogo nutriente de las raíces originarias con la naturaleza y las culturas que fue descubriendo. Abrigando con cultura la vibración íntima, el vuelo de una obra poética que se distingue por el mestizaje de diferentes tradiciones con una exquisita expresión formal.

La antología Nueve novísimos (1970), de Castellet, dejó fuera a Ullán y Colinas, quizá los mejores poetas de la generación. Sus muñidores (Hortelano, Ángel González, Gil de Biedma) optaron con Castellet por una guarnición de líricos cartageneros y albaceteños que arropara a Gimferrer, distinguido hace cincuenta años con el Premio Nacional José Antonio Primo de Rivera por Arde el mar.

LA SOMBRA TUTELAR DEL TELENO

Frente a la consignas, Colinas nunca disfrazó su pálpito esencial con barnices culturalistas. Frente a la poesía intrascendente, que promueve lo circunstancial, apuesta por la fuerza conmovedora del poema, por su poder revulsivo. Hasta mediados de los ochenta, un premio y edición provincial para su primer libro (Poemas de la tierra y la sangre, 1969), una decepción con accésit de Adonais para el segundo (Preludios a una noche total, 1969) y un galardón irundarra con edición malbaratada para el tercero: Truenos y flautas en un templo (1972), que imprimió Seix Barral y quedó recluido en bodegas hasta que se dispersó con el aguinaldo navideño de los impositores guipuzcoanos. Un libro importante, cuya marginalidad postergó tres años la revelación de Colinas. Su universo lírico había brotado de Leopoldo Panero para galopar la noche onírica con imágenes de simbolismo panteísta. Las resonancias en este tramo van de la mística a Claudio, con destellos de la mejor poesía romántica europea.

De su estancia en Italia como lector de español, durante la primera mitad de los setenta, volvió con un libro esencial, que funde las secuencias de la memoria con los dictados de la cultura. Sepulcro en Tarquinia (1975) quedó relegado en la bienal leonesa por el poemario de un malagueño anodino. Vio la luz en el aluvión de la provincia, pero era un libro mayor de la poesía española de la segunda mitad del siglo veinte. A los pocos meses, obtuvo el Premio de la Crítica en Sitges, junto al Savolta de Eduardo Mendoza. Recuerdo la alegría de José Luis Cano y el fastidio de quienes empujaban otros nombres. En este libro Colinas alcanza la fusión de la cultura latina descubierta durante su estancia en Italia con la evocación de los vestigios romanos soterrados en los predios de su memoria, un territorio que discurre en la vecindad del Órbigo y el Eria. Fue el primer logro profundo y hermoso en la universalización de lo originario.

MEMORIA FÉRTIL

Siete años después, recibió el premio Nacional de Poesía por el conjunto de su obra, que incluía un nuevo libro: Astrolabio (1979). Aquellos reconocimientos propiciaron una lectura menos superficial de sus versos, despejando el malentendido de su vínculo con los novísimos. Porque la poesía de Colinas se nutre de un sentimiento esencial y no decorativo de la naturaleza, que lo entronca con el romanticismo europeo y con el pensamiento oriental. Sus versos recogen el diálogo de las raíces leonesas con los mitos mediterráneos y las culturas nutrientes. Una poética que combina la contención clásica con la borrasca romántica, la estética y la ética, la cultura y la naturaleza, la emoción y la reflexión, el pálpito más íntimo con el temblor del universo.

El crecimiento sostenido de su obra, en el que destacan nuevos hitos, lo ha ido agrupando en sucesivas antologías, hasta consumar la primera compilación de su Obra poética completa (2004). En sus casi mil páginas reúne desde los poemas juveniles rescatados de Junto al lago, a la madurez de El laberinto invisible, y resaltan poemarios inolvidables, como Noche más allá de la noche (1982), emblema de su madurez, o las señales luminosas de Libro de la mansedumbre (1997) y Tiempo y abismo (2002). Canciones para una música silente (2011) agavilla en sus ocho secciones sintonías distintas y complementarias.

Traductor, antólogo y narrador, ha cultivado el ensayo creativo, un género en el que concilia el destello de los aforismos con las iluminaciones estéticas. A mediados de los ochenta firmó dos novelas con un protagonista que representa la adivinación bifronte del pasado y del porvenir. Un año en el Sur (1985) recrea una estancia escolar cordobesa, mientras Larga carta a Francesca (1986) sitúa en un balneario de los Balcanes la evocación epistolar de un tiempo feliz en Italia. Luego, publicó Días en Petavonium (1994), la memoria de El crujido de la luz (1999) y Leyendo en las piedras (2006), que reúne dieciocho relatos empadronados en el zamorano Valle de Vidriales, donde la evocación se conjuga con el vuelo lírico. Una escritura fértil que remite a la deslumbrante nitidez de las prosas de Juan Ramón.

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