FILANDÓN
Los poderes de una daga leonesa
El médico y escritor Luis Fernández Arias presenta la novela ‘Los últimos mayorazgos’, en el que relata la historia de una daga milenaria descubierta entre Casares y Luna

La novela se desarrolla cerca de la localidad de Villamanín, en algún lugar próximo al yacimiento de La Carissa
Luis Fernández Arias Argüello es un médico gijonés, ya jubilado, que ejerció la profesión en León, concretamente en la Montaña Central. Comprometido intelectual y literariamente, llevan su firma innumerables narraciones, artículos y ensayos publicados en periódicos y revistas. Dos de sus libros —Escritos en un instante y Episodios mineros— recogen relatos cortos premiados en diversos concursos y certámenes literarios A ellos hay que añadir tres novelas: Dos guerrilleros, El señor de Poladura y Los últimos mayorazgos. En esta centramos ahora la atención. «Es apellido y linaje de la Sutercia —leemos—, son hijosdalgos de la Montaña de León, de un lugar que se llama Poladura, donde tienen su casa de gran solera y antigüedad, los cuales traen escudo de Campo Colorado, y en él…» claro el espacio.
Anticipamos que estamos ante una excelente novela que, en esencia, trata de una familia asturiana vinculada por servidumbre a uno de los mayorazgos de los que dependían y fueron víctimas. La trama se desarrolla en medio de hechos maravillosos y extraños, con emocionantes aventuras e intrigas. Las acciones paralelas enriquecen la trama principal. Entre ellas, los poderes mágicos de la daga leonesa —clave en el desarrollo de la trama— de Poladura de la Tercia, de donde desapareció: «…el solar de Poladura, del que desciende mi familia paterna. Cuando en el año 1810, los gabachos queman la torre y la iglesia aledaña, profanaron también la sepultura en la que yacían mis antepasados, y se llevaron también la daga. Afortunadamente, años después, unos aparceros nuestros, uno, precisamente el padre del muchacho por el que me preguntó, pastoreando cerca de una calzada romana que le dicen Via Carisa, y viene de la provincia de León, encontraron entre unas matas un cadáver en descomposición con la daga clavada en el pecho y tuvieron la atención de entregársela a mi padre, antes de comunicar a las autoridades el hallazgo de los restos mortales del soldado francés, reconocido por el uniforme. En tanto reponen la iglesia de Poladura, que parecer ir para rato, la daga quedó depositada, al lado de nuestro difunto padre, en nuestra capilla de Bedó, donde quiero yo también ser sepultado cuando me llegue la hora, protegida de ladrones y profanadores, que ya una vez intentaron robarla, y mi padre tuvo que ahuyentarlos a tiros. Supone para mí una grave responsabilidad. Por eso ahora la llevo conmigo».
Escenario mítico
El lector sabe seguramente situar la población de referencia. Cerca de Villamanín, por un hermoso valle que enlaza dos pantanos —Casares y Luna— y las tierras de Gordón y Luna, parajes todos ellos llenos de leyendas y ficciones. El frío y la nieve ayudan en esta peregrinación ficcional colectiva, de tal manera que es difícil sustraerse al hecho de que los poderes mágicos de la daga «sobrepase mis entendederas», como testifica el autor en varias ocasiones: «Corre el rumor de que, fuera del lugar al que pertenece, esa reliquia, o artefacto, se enfurece, se pone endemoniada, se revuelve y arremete contra todo el que pretende apartarla de sus señores o los ofenda de alguna manera». En otro momento anterior, precisamente en el capítulo titulado El secreto de la daga, explicita con mayor precisión sus cualidades. «Esta piedra tan aparente, no está puesta aquí solo de adorno, como debieron pensar los que pagaron con su vida la imprudencia o la torpeza de intentar desengarzarla por la fuerza, igual que hicieron con los diamantes. Es, ante todo, el artilugio que activa el mecanismo que hace que el extremo de la hoja de acero salga disparada a una velocidad de vértigo, vuelva a su sitio con la misma rapidez y encaje con tal precisión que resulta muy difícil distinguir el empalme, como habrá comprobado». A todo esto, cuyo retrato ofrecemos en síntesis, se une otro misterio, el del origen, sumandos que fortalecen el sentido profundamente misterioso y poderoso de la daga: «En origen, lo mismo pudo ser una espada corta, que un puñal largo, o hasta un alfanje, del que se conservó la punta y la empuñadura. En cuyo caso resulta poco creíble que proceda del tiempo de los visigodos, que es una de las hipótesis que se barajan. De lo que no cabe duda es que en el siglo XV un orfebre, armero o alquimista, la transformó interior y exteriormente, convirtiéndola en un arma más mortífera de lo que ya era antes».
Cada nueva o posible pérdida no solo es un lamento, sino un riesgo. «Al incorporarlo se percató de que tenía desabrochada la chaqueta y que faltaban el reloj y la cadena de oro. También había desaparecido la daga. Registró los alrededores, presumiendo que se hubiese desprendido en la caída, pero solo encontró la pistola, en la que ni siquiera había pensado. No halló rastro del Fuín. Dio por descontado que habría subido por otro sitio en busca de ayuda. Gritó reclamándola, y al no hallar respuesta, corrió cuesta arriba a buscarla». La seguridad de estar a buen recaudo es la garantía para todos. «Ya en su pueblo –y así acaba la novela- entregó la daga al párroco del de al lado, y le refirió prolijamente las vicisitudes y avatares vividos en Rusia, y las circunstancias por las que el arma había llegado a su poder en aquellas condiciones […]. Y aunque, por intervención divina, sin duda, la iglesia se terminó sin más contratiempos, los feligreses se quedarán más tranquilos sabiendo que, gracias a ti, la daga reposará en el sarcófago con los caballeros de la Sutercia, a la que estuvo vinculada durante siglos».
Suponemos que la daga sigue allí, después de tantos avatares, peligros y enigmas, de los que queda testimonio en esta magnífica novela, con un enfoque original y un desarrollo fluido y de fácil lectura. Supone, por otra parte, un episodio que enriquece los espacios y hechos de la geografía literaria leonesa, tan rica y ?atractiva.