Diario de León

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Una pareja dispar

EL JUEVES SE CUMPLIERON 120 AÑOS DEL NACIMIENTO DE EUGENIO MONTES (1897-1982), INTELECTUAL GALLEGO DE LA CORTE FALANGISTA A QUIEN SACUDIÓ SU INDOLENTE GALBANA IMPERIAL LA CINEASTA NATI ZARO, QUE FUE SU SEGUNDA MUJER. divergente

Eugenio Montes y Nati Zaro. DL

Eugenio Montes y Nati Zaro. DL

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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E l cinismo proverbial de Montes se había batido en el oleaje de la vanguardia antes de recalar en corresponsalías europeas y rebrotar en las tertulias falangistas donde se rimó el acorde desafiante del Cara al Sol. A diferencia de otros, Montes nunca reclamó la paternidad de unos versículos del cantable. También en eso pudo más su perezosa desgana, que lo mantuvo embelesado con sus estancias romanas y sus lecturas renacentistas. Después del bachiller orensano, tutelado por nuestro Marcelo Macías, estudió Letras y Derecho entre Barcelona, Madrid y Oviedo. En Madrid se doctoró en Filosofía con Ortega y vivió con intensidad el pulso de la vanguardia agitado por Cansinos y por la irrupción desde América de Borges y Huidobro. Gerardo le llama «mi Virgilio» y Lorca le dedica una sección del Poema del Cante Jondo. Juan Ramón lo aprecia como «uno de los jóvenes en donde se expresa de mejor modo la culta inteligencia». En 1920, fue uno de los firmantes del poema automático que Borges envió al patriarca dadaísta Tzara. Aunque lo más relevante de su obra inicial se produce en gallego, con la sabia y prudente conducción de Vicente Risco.

En 1926 obtiene la cátedra de Filosofía del instituto de Cádiz y un año después viaja a París, pensionado por la diputación de Orense. Esta obra primera verá la luz póstumamente (Obra en galego I, Sotelo Blanco, 1984), después de sucesivos desvíos, alentados en parte por el repudio público de escritores gallegos contra él. Viudo temprano con dos hijas, estrena la década de los treinta casándose con la belleza aragonesa Nati Zaro —«la flor de su figura», para Valle-Inclán; estudiante de Letras, funcionaria de Correos, actriz y autora teatral, luego cineasta (guionista de Surcos y productora en Atenea Films); finalmente empresaria turística en la Costa del Sol—, que lo rescata de su acomodo en el desengaño vegetativo. La conoce como acompañante de Ruano, quien propaga su traspaso a cambio de un buen paraguas gallego. Porque no sólo la Falange había descabezado sus anhelos de vanguardia, cuando se proclama en La gaceta literaria (1930) «católico, apostólico y compostelano». En las elecciones del 31 concurre como independiente en una candidatura socialista, pero no resulta elegido, y poco a poco la indecisión se traduce en desapego. Entonces abandona la poesía y la lengua gallega para dedicarse al periodismo: dar el salto al castellano y a Madrid pesó más que sus muy quebradas lealtades galeguistas.

Alternó sucesivas estancias en Londres, Berlín y Roma, como corresponsal de la prensa conservadora, iluminando su prosa conceptista con metáforas y destellos poéticos. Ya entonces, se muestra muy capacitado para impostar a demanda de sus patrones: siempre «más solicitado que ofrecido», según lo retrató su cómplice Ridruejo. En 1933 fue uno de los fundadores de Falange, que le organizó reiterados homenajes, aunque su ideario estaba más próximo al tradicionalismo monárquico. Parte de una buena sintonía con el republicanismo centrista de Portela, para acabar echando su cuarto a espadas con los grupos más furibundos del integrismo. Osciló entre el reclamo de Acción Española y el tirón de Falange, que vence sus reparos con halagos a su vanidad de orador. En 1934 fue anfitrión y guía de José Antonio en Berlín, recepción que repitió en Roma un año después. El viajero y su sombra (1940) es una nutrida antología de artículos publicados entre el 31 y el 34. Con el agasajo del premio Nacional José Antonio. Estilista de la prosa, supo dar brillo a ideas tópicas.

Precisamente aquel febrero de 1940 lo eligen académico de la Lengua, junto al charlista García Sanchiz, al duque de Alba, al cardenal Gomá y al ministro Sánchez Mazas. Un pacto de orgullo con su amigo Sánchez Mazas, que consideró indigna la elección, lo obligó a posponer su toma de posesión 38 años, ya con el amigo muerto. Durante la posguerra alternó la corresponsalía de Arriba y Abc en Lisboa y Roma con frecuentes giras de propaganda por los países americanos. También rescató su ensayo del 22 Estética de la muñeira (1940), mientras aprovechaba sustanciosas bicocas como director del Instituto de España en Lisboa y en Roma, para aliviar la dependencia económica de su mujer. En realidad, Montes sólo publicó cuatro libros, todos en la posguerra y de acopio de textos dispersos, hasta sumar las 7.657 páginas de sus orondas Obras completas, objeto de tantas ironías. Melodía italiana (1944) y Elegías europeas (1949) ignoran el sesgo de la historia sucedida y la enmiendan con leves correcciones melancólicas. La estrella y la estela (1953) atropa textos dispersos de loor a José Antonio, con frecuencia maquillados, que Umbral consideró «un canto homosexual». Lo más relevante de este libro es su desparpajo ético. Marino Gómez-Santos, que conversa con él en su piso de la Gran Vía madrileña en 1960, encuentra en el salón un retrato de Mussolini dedicado, y nos recuerda que Nati Zaro hacía su vida, mientras Montes se entretenía con el Paravicino. De vez en cuando, irrumpía en la órbita de Nati y sus acompañantes, para advertir: «Usted, joven, es para Nati como el sol; pero no se olvide que yo soy la sombra». Un atropello en la calle la dejó el último año de su vida postrada y fuera de circulación. Aquel 1978 Montes ingresó en la Academia con un discurso sobre El romanticismo de los clásicos, al que contestó Calvo Sotelo, tan denostado por Foxá. Luego sucedieron unos años con el cerebro invadido de sombras, en los que paseó por Madrid del brazo de una de sus hijas, hasta morir el mismo día del triunfo electoral socialista.

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