Le Big Mac
Los manuscritos no arden
E scribir es reescribir del mismo modo que leer es releer. Quiero decir, leer un libro es haberlo leído ya, con otras palabras, en las páginas de otro libro que era distinto, que trataba otros asuntos. El título de este artículo, por ejemplo, «los manuscritos no arden» es una frase que pronuncia el mismo Satanás en El maestro y Margarita (Ediciones Nevsky, 2014). Yo la uso para el título y luego la copio aquí abajo, y busco en el libro para ver si es literal, tal y como la traduce Marta Rebón, y así es, y sin embargo en los tres casos parecen frases distintas. Transcribirlas es como escribirlas, es decir, como reescribirlas.
Ahora que leo varios libros a la vez, salto de uno a otro y a menudo los confundo, los mezclo: ese trabajo que le ahorro a mi mala memoria. Por azar, después de la frase de Satanás, retomo Trata de olvidarlas (Trea, 2017), de Alberto R. Torices. Termino el libro y lo reviso, lo releo, en busca de la cita de Bulgákov, pero ni rastro ¿No la había leído aquí? Bien podría haber estado y haber desaparecido, porque en este libro de arena que es la literatura, releer y reescribir ya son también una misma cosa: fíjense bien, yo conocí el libro de Torices siendo un manuscrito y ahora lo tengo en mis manos convertido en un libro, con su centenar y medio de páginas y su encuadernación rústica. Mala idea tratar de olvidar algo que escribes para alimentar el fuego, signifique lo que quiera usted, lector o lectora, la palabra fuego.
Trata de olvidarlas es un bestiario de animales humanos, personajes frágiles, a menudo aquejados de males físicos, o infectados por bacterias sociales, que incapaces de practicar un amor doméstico, se entregan a pasiones veloces, es decir, al breve acto de follar y luego desaparecer. Desaparecen ellas pero no su recuerdo. El amante retrata a las amantes en un relato erótico donde lo humorístico y lo poético (siempre he envidiado la prosa de Torices, su sintaxis llena de hallazgos y de electricidad) salvan a los personajes de sus propias conductas. En fin, otro día reescribo este artículo y cuento lo de El maestro y Margarita , lo de Bulgákov quemando su libro en un intento de olvidarlo, y lo de los manuscritos que no arden, pero queman igual.