'Susarón' cumple 80 años. La novela sobre Lillo de José María Goy

Paisaje con Susarón al fondo.
Un paisaje lleva a otro y da paso a otra comarca, a un conjunto que podría denominarse de los pueblos leoneses. La tradición literaria de la provincia hace que el tiempo juegue como una descripción cronológica de la provincia en donde se da cita la evolución social de lo común y las costumbres en forma de ficción o realidad que aparece localizada en los títulos. Esa vocación particular no está reñida con el alcance universal de la literatura. Lo perdurable lo es por su fuerza literaria, pero de alguna manera quedará lo que igual sólo fue un intento infructuoso pero que sí dejó la huella en nombre propio en el mapa de la provincia. En tiempos tan propensos al juicio, el veredicto literario puede quedar al margen para preservar las piezas de la memoria de lo que fue. Un ejemplo, por causas distintas, llega para anunciar un aniversario: Susarón, la novela de José María Goy, cumple 80 años. La cima del Pico Susarón se convierte en uno de los mejores miradores sobre el embalse del Porma y la Cordillera Cantábrica con sus 1.878 metros de altitud. Permanece, ahí lo cuenta turismo de Riaño. Y Puebla de Lillo es la referencia del libro de Goy. Y la Academia de la Historia define a Goy como Goy González, José María. Astorga (León), 1.IV.1877 – Vitoria (Álava), 12.VIII.1946. Sacerdote, canonista y escritor. Nacido en una rancia familia astorgana de escritores y periodistas, se inclinó por la carrera eclesiástica. Cursó estudios en el seminario astorgano; posteriormente, en Salamanca, en el Colegio Calatrava, consiguió los títulos de bachiller, licenciado y doctor en Derecho Canónico. En Astorga ejerció de profesor del seminario y cura pastoral; opositó y ganó la plaza de doctoral en la diócesis de Calahorra, ejerciendo también de provisor y vicario general; cargo que ocupó más tarde, además de maestrescuela, en la diócesis de Santander. Nombrado miembro del Tribunal de la Rota, destacó por su pericia como canonista y su personalidad de jurista; permaneció en este cargo hasta la desaparición de la Rota con la Segunda República. Cesante, regresó a Astorga, donde permaneció hasta finalizar la Guerra Civil de 1936, desarrollando una meritoria labor como presidente de la Cruz Roja. Finalizada la contienda fue llamado por el obispo de León, el padre Carmelo, como vicario general y con él se trasladó a Vitoria, donde falleció. Gozaba de fama de buen orador y fue asiduo colaborador de la prensa, cultivando la poesía y la novela dejando muchos trabajos inéditos que se han perdido.
«Trabajos inéditos que se han perdido», finaliza este texto y no hace falta decir que no es el único. Por eso este aniversario da pie a buscar libros que llevan en su nombre lugares de la provincia leonesa. Unos, llevan ese sitio, ese pueblo, esa plaza, como ejercicio de homenaje personal de quien se considera hijo de un lugar. En otros, el pretexto está claro porque la trama lo demanda. Y en algunos es una simple coincidencia. Según las épocas, es evidente que la connotación historicista es una de las obsesiones de los autores, sobre todo de los contemporáneos. Pero aún así parece mentira: trabajos inéditos que se han perdido.
La Biblioteca Leonesa de Diario de León, lanzada en 2007, es un filón inagotable y fuente por la que mana buena parte de esa literatura leonesa de todos los tiempos. Y Susarón, por supuesto, ocupa un lugar destacado. Que se suma al trabajo llevado a cabo por Nicolás Miñambres, José Enrique Martínez y Alfonso García. Hace ahora 20 años de esta edición de Diario de León con 52 títulos leoneses y medio millón de libros.
Goy entra fuerte para abrir boca de la lectura de su libro: «Lector: si, contaminado del actual positivismo, a tus anchas te arrastras con placer a rás de tierra, muriendo la mal llamada vida moderna, tan ahíta de egoísmos como ayuna de ideales, y, mal maridado con la estéril frivolidad, tuviste la desgracia de permitir se acallaran los ayes del corazón, secándose en el limpio manantial de la ternura, no leas este libro; pues no se ha escrito para ti». Aunque también hay que reconocerle su propio marketing cuando añade que «No intento, pues, intrigarte y divertirte con las andanzas de Tino y Cundo, los amores de Nieves y Marusa, y las ideas de D. Manuel y D. Diego...». De hecho, se vale de ese desinterés para dejar la intriga de los hechos que cuenta, aunque en realidad confiese otras intenciones: «Debo confesar un gran pecado literiario, y es que, para mi objeto, la acción, los personajes, el nudo, el desenlace son algo secundario. Mi primordial fin es describir paisajes y costumbres, mas como no debo hacerlo, valiéndome de las consabidas banderitas, el papel tela y los divertidos planos, forzosamente he tenido que crear mis hombres y mujeres, hacerles hablar, sentir, amar, vivir corto espacio de tiempo en escenario tan grandioso y entre costumbres tan patriarcales, y tan próximas a desaparecer».
Al igual que hay libros que el tiempo sitúa en la categoría de libres de derechos, debería de haber algo similar en cuanto a la crítica. Libres de crítica. No a capricho sino porque han cumplido otra misión aunque sea por causas indefinidas. Por su impacto o su alcance, o lo contrario, por pertenece a la idiosincrasia de una tierra y a su inmensa minoría ahora cada vez más despoblada. Susarón podría serlo, pero podrían compartir los buenos y los malos libros esa función de explicar la vida de los pueblos. A tiro de estantería, títulos como El espíritu del Páramo, El señor de Bembibre, Peralvillo de Omaña, Don Gutierre, Flores del Bierzo, La esfinge maragata, El patriarca de Babia... Todos, por supuesto hay muchos más (y los que vendrán...) en definitiva son la otra forma de contar la historia que como aparece con mayúsculas parece incuestionable y con el tiempo se descubre que no siempre.