HISTORIAS PARA CONTAR EN DOMINGO
La manzana
ANA CRISTINA PASTRANA
A brió la puerta y la luz se derrramó por todos nosotros que, como un ejército adoctrinado por el catecismo de la obediencia, permanecíamos silenciosos y alienados en nuestros puestos, añorando el sobresalto del destino que, en forma de dedos sinuosos, nos llevase por el camino de la perdición. La necesidad y la falta de afecto a veces es tan grande que uno no tiene ningún empacho ni recelo en amarrarse al cabo suelto de una cuerda, aunque ésta poco a poco le lleve camino del cadalso. Así, rumiando la impotencia que te regala el ostracismo al que a veces los complejos te condenan y presa de la envidia que suscitan los que tienen la libertad de elegir entre sus principios y el sol que más calienta, percibimos, borrachos de euforia, su respiración jadeante, el olor ácido y excitante que desprendían todos sus poros y la ansiedad que flirteaba en la esquina de sus ojos. Las gotas de sudor recorrían, exultantes, la curtida estepa de su frente y se despeñaban por el tobogán de su nariz, huesuda y aguileña, lamiendo los socavones que habían dejado las huellas del acné en sus mejillas.
Extendió su mano, huérfana de sueños, promiscua y recelosa, insolente y desmedida y fue recorriendo, sin orden ni concierto, el mundo aséptico de los yogures, acariciando furtivamente la retina multicolor de los zumos, eludiendo con resignación el guiño cómplice de las cervezas y escurriéndose, sigilosamente, entre la fruta.
N unca envidié la suerte de las mariposas, que no sé muy bien si se exhiben llevadas por el afán de llamar la atención o por el morboso deseo de exponerse al peligro; siempre he preferido la simpleza de las moscas, pasar desapercibida-¦¡te trae menos disgustos! Por esa razón, me había acurrucado en una esquina, al amparo del anonimato que te concede la multitud, soportando el peso aguado de las peras, la piel rugosa de las naranjas, el tacto desagradable de los melocotones, el atrevimiento y la osadía de los plátanos, la presunción y vistosidad de las granadas y la aspereza de los kiwis. De repente todo el cajón se revolucionó, sacudido por la embestida de su mano izquierda, donde hervía la sangre con más fuerza que otras veces. Todo el mundo, condenado al aburrimiento y al olvido, ahora estaba dispuesto a dejarse la piel compitiendo por la caricia mórbida de sus dedos, estremeciéndose ante el deseo que asomaba en el canto de sus uñas y añorando febrilmente el encuentro de sus labios.
Dicen que los últimos serán los primeros y así fue. De nada me sirvió mantenerme en el anonimato de la sombra, eludir el brillo de la luz, mostrarme verde e inmadura, ser ácida en mis respuestas, segura en mis convicciones, discreta en mis juicios, independiente y tolerante-¦ de nada me sirvió obrar conforme a mis principios y no comulgar con ruedas de molino, porque pronto me vi bailando, como una marioneta, en la palma de su mano, que evaluaba hábilmente la tersura de mi piel, el brillo de mis poros, el aroma de mi cuerpo, el color de mis mejillas y el jugo de mis besos.
Sentí el deseo ardiente de su boca, el recorrido lento y sinuoso de su lengua, su nariz escrutando la savia que se revolvía en mis entrañas, el calor rebosando, como una pasión desmedida, en la yema de sus dedos, el perdón y la ansiedad que se escapaban del iris pardo de sus ojos-¦ y me derretí como lo hace la esperanza cuando el placer se adueña del cerebro. Caí presa de sus dientes, seducida por el veneno de sus caricias y paulatinamente fue devorando mi voluntad y mis principios. Cuando quise darme cuenta, de mi conciencia apenas si quedaban las semillas. Entonces, cuando me contempló desposeída de todos los brillos con los que él me había soñado, la soberbia del dios que se sabe dueño de las vidas pequeñas, afloró en su retina y sin miramiento alguno, me desterró al cubo de la basura, a llorar mis penas entre el frío de las latas, a escribir mi historia en los renglones deformes de un periódico deslenguado y a labrar mi suerte en los números desahuciados de la última quiniela.
S iempre me han descrito como la tentación y he cargado con el precio de la fama a sabiendas de que la vida es mucho más de lo que vemos y pensamos. Me han recubierto de azúcar, bizcocho y caramelo para recrear el país de los milagros, pero la vida es mucho más que las lisonjas y el oído regalado; sé que soy una más entre las que se empujan con envidia y resentimiento en un cajón o las que se refugian en la soledad que regala el quicio de una puerta o aquellas que se estiran de puntillas para que otros ojos las miren y que luego sufren, entre los dientes ajenos, la desesperación por escapar de lo que hoy, borrachas de amor, persiguen.