De estos polvos aquellos lodos
La catástrofe química ocurrida en Hungría resucita en España los fantasmas medioambientales de Aznalcóllar y el «Prestige»
Las coordenadas son distintas esta vez, el corazón de Europa central. También ha cambiado el color, de un rojo deletéreo. Y lo peor, que hay muertos. Por lo demás, la catástrofe química desatada en Ajka (Hungría) por la rotura de una balsa minera con lodos residuales de la elaboración de aluminio deja una sensación triste de déjà vu . Esto ya lo hemos visto antes. Ha ocurrido varias veces en Europa, en el mismo Danubio que intentan blindar las autoridades magiares y, sobre todo, en Aznalcóllar (Sevilla) en 1998.
Sea un error humano o la suma infausta de negligencia y meteorología adversa, el resultado no variará para las víctimas. Además de la pérdida de vidas, la factura incluye suelos achicharrados por el poder cáustico del fango -”de una acidez extrema-”, ecosistemas terrestres y acuáticos malogrados por décadas, y una larga travesía del desierto para los habitantes de la zona, a unos 160 kilómetros de Budapest.
Si acaso, una ventaja dudosa; MAL, la empresa causante del vertido es nacional y el gobierno húngaro puede exprimirle los hígados en compensaciones, aunque el principio de quien contamina paga tiene escasa implantación en el Este. En España, la Administración aún no ha visto un euro de compensación de Boliden, la minera sueca responsable del vertido en Aznalcóllar. Y, si a eso vamos, tampoco de los responsables de la marea negra del Prestige , la otra catástrofe ambiental con mayúsculas en este país
Una pesadilla lisérgica Aznalcóllar suena a desastre, a calamidad, a tachón en el historial medioambiental de cualquiera. Han pasado doce años y todavía los pelos se ponen de punta al oír el nombre de la localidad sevillana. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido; el fin de Doñana y su riqueza natural. Hubo suerte in extremis y lo peor no sucedió. Casi todo lo demás sí.
A Miguel Ferrer, director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) aquel 25 de abril, una imagen se le grabó a fuego. «Lo que más me impresionó era ver venir el agua y a los peces saltar fuera.
El agua ácida tenía un pH de 2,5 y los peces preferían morir asfixiados que abrasados», describe el investigador en el memorial con el que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas recordó el décimo aniversario de la catástrofe. Era la madrugada del 25. La balsa de residuos de la mina de pirita de la sueco-canadiense Boliden-Apirsa S.L. reventó y desencadenó una pesadilla lisérgica. Una ola mortal de hasta tres metros de alto en algunos puntos desbordó los cauces de los ríos Guadiamar y Agrio, y bajó luego hasta las puertas mismas del parque nacional. Un tsunami venenoso que no se cobró vidas humanas porque la fortuna así lo quiso.
La rotura liberó seis millones de metros cúbicos de aguas ácidas, un volumen cien veces mayor que el hundimiento del Prestige (63.000 toneladas de fuel). Quedaron contaminados 63 kilómetros de cauce fluvial y 4.634 hectáreas de terreno; unos 6.000 campos de fútbol. El 64% de la superficie malograda pertenecía a lo que hoy son espacios protegidos del área «pre-parque» de Doñana. Los 500 camiones de limpieza empleados recorrieron casi 17 millones de kilómetros, más de 400 veces la vuelta al mundo.
El vertido daba para un curso completo de química y toxicología. Contenía la mitad de los metales pesados conocidos y un tercio de los elementos químicos, a cual más amenazador: uranio, arsénico, cobre, plomo, cadmio, zinc y talio, entre otros.
Fácilmente dispersables
Y en la balsa rota aún quedaban 20 millones de metros cúbicos de lodos venenosos amenazando con fluir. La factura de la limpieza y restauración para la Junta de Andalucía y el Ministerio de Medio Ambiente, más de 200 millones de euros. Los que lo vivieron relatan 48 horas de infarto. Una legión de expertos, instituciones y voluntarios se movilizó con rapidez y coordinación inauditas. Con un apremio desesperado; levantar diques para frenar la riada antes del estuario del Guadalquivir y el Parque Nacional de Doñana.
Por una vez, los políticos escucharon antes a los científicos. El primer informe detallado del CSIC estaba sobre la mesa de José María Aznar y Manuel Chaves cuatro días después de la noche negra. El Consejo organizó por su cuenta un comité científico con 90 investigadores que trabajaron como posesos antes de recibir el encargo oficial, un mes y medio después. Hoy la recuperación es un éxito. La zona está mejor que antes del vertido.