san marcos
las andanzas de quevedo
El día siete de diciembre de 1639, con nocturnidad y alevosía, Francisco de Quevedo y Villegas, era detenido mientras dormía en el palacio de sus amigos, los duques de Medinaceli. De esta manera el conde duque de Olivares aseguraba la mordaza de una pluma que traía en jaque a personas e instituciones por él encabezadas.
El propio Quevedo, en su obra póstuma Libro del Sol , describe el pasaje de su prendimiento y prisión de la forma siguiente: «Estando huésped de un gran señor —el duque de Medinaceli—, en las casas del duque de Alba, me prendieron dos alcaldes de corte, con más de veinte ministros, y sin dejarme cosa alguna, tomándome las llaves de todo, sin una camisa, ni capa, ni criado, en ayunas, a las diez y media de la noche, el día siete de diciembre, y en un coche con uno de los alcaldes y dos alguaciles de corte y cuatro guardias, me trajeron más con apariencia de ajusticiado que de preso, en el rigor del invierno, sin saber a que´, ni porqué, ni adonde, caminando cincuenta y cinco leguas al convento Real de San Marcos de León, de la Orden de Santiago, donde llegué desnudo y sin un cuarto, y donde estuve seis meses solo en un aposento y cerrado por defuera con llave, y adonde sin salir del convento he estado dos años, que son prosiguiendo desde siete de diciembre de treinta y nueve, hasta los veinte de octubre de cuarenta y uno».
Pero no era —ni mucho menos— la primera vez que el gran polígrafo visitaba la cárcel. Cuando Quevedo vino a San Marcos de León, ya sabía bien lo que era estar encarcelado. En 1620, a consecuencia de burlas y sátiras que dedicó al presidente Acebedo, fue recluido en Uclés, de los caballeros de Santiago y en la torre de Juan Abad. En 1626 volvió a ser encerrado por la publicación del Memorial por el Patronato Único y aún más por el éxito alcanzado por La Política de Dios ; en esta obra arremete contra los poderosos de su tiempo y en el Memorial combate a un fraile que era primo del duque de Medina de las Torres, que a su vez era yerno del omnipotente Olivares.
No tuvieron éxito, sin embargo, aquellos encierros, pues la prisión daba más tiempo y holgura a don Francisco para escribir, y entre rejas nacieron: El mundo Caduco , Los grandes anales de quince días y el fervoroso Discurso de todos los diablos , de manera que cuando nuestro hombre salía de la prisión, ya había materia judicial para volver a ella.
Se imponía un correctivo más severo, y de por vida. Los múltiples enemigos de Quevedo, aglutinados por el coro de poetas y autores fieles a los dictados de la Corte, aprovecharon el momento para desquitarse de los dardos envenenados que recibieron del agudo escritor en La Cultalatiniparla y La Perinola . Y sin más contemplaciones se constituyeron en lo que ellos mismos llamaron Tribunal de Justa Venganza, para tildarle, entre otras muchas cosas, de ignorante, mujeriego, hereje, borracho y ladrón.
Poco después, y una vez creado un clima propicio, fue dada la orden de prender a don Francisco Quevedo para ser ejecutada por el arzobispo de Granada como presidente de Castilla, que un tanto desconcertado eleva a su majestad —según consta en la sección de Gracia y Justicia del Archivo de Simancas—, la siguiente consulta: «Señor. Para poner en ejecución lo que vuestra majestad ha sido servido mandarme esta mañana tocante al negocio de Francisco de Quevedo, es menester que V.M. ordene al protonotario que escriba al conde de Oñate para que dé una cédula mandando al Prior de San Marcos de León reciba al caballero que por orden mía le entregará un alcalde de corte y guarde la instrucción que con el preso le entregaré firmada de mi nombre, para que en León no haya dificultad en recibirle.
El rey Felipe IV, el seis de diciembre de 1639, refrendó el escrito decretando: «Así lo he mandado». Quevedo, sabedor de los muchos enemigos que su irrefrenable pluma iba dejando, y con la mosca detrás de la oreja, había escrito poco antes: «No hay camino que no yerre/ ni juego donde no pierda/ ni amigo que no me engañe/ ni enemigo que no tenga/».