ángel alija vega
¡tócala otra vez, ‘rula’!
a su padre «lo mató la luz» y a los siete años empezó a tocar el bombo con la orquesta los rulas, que cobraban 100 pesetas al día de las cuales él veía una. veterano tamboritero, estuvo 16 años pinchando discos para los jubilados de astorga

ramiro
Uno de los instrumentos que más éxito tienen, de los más solicitados por el público en los alegres, comunales, un poco selváticos, conciertos de Ángel Alija es la tabla de lavar que Rula toca con mortero creando un tamborileo constante y como hipnótico, música de chamanes. «Toda la vida viéndolo como cosa normal y ahora resulta que la gente no para de pedirle que la toque», advierte maravillada, al lado, su mujer. Pero Rula , ¿de verdad que estos chismes son instrumentos? «Sí, hombre, el morterto se tocaba mucho, a lo mejor estaban unos paisanos en la taberna y se ponían a tocar sobre la mesa. ¡Si antes no tenían otra cosa! Tocaban con lo que había».
Rula ha sido desde rapaz la personificación del ritmo. A la percusión tradicional, la caja redoblante y una batería primero rústica y luego más evolucionada, caminó todos los caminos de la Valduerna, del Páramo y de la Ribera del Órbigo; en Maragatos y hasta en la Cepeda escucharon también su virtuoso retumbe marcando los picaos de la jota y los bailables modernos. «¡Venga, Rula , a la diana!», era el grito invariable de la mocedad en las alboradas floridas.
Siempre enjuto como baqueta, Alija nació en Palacios de la Valduerna en 1933. En casa, una pareja de bueyes, un caballo y «a arar como cabrones» las tierras de renta. «A mi padre lo mató la luz cuando yo tenía 14 años». Y explica el insólito homicidio, aún receloso de la poderosa, impredecible fuerza: «Marchó a Zamora, cerca de Toro, a coger una tierra ‘a medias’ —el dueño la ponía, sin más, y él la trabajaba, y se repartían los beneficios a partes iguales—, y a los cuatro días de estar allí cayó un cable de alta tensión sobre la casa y entró en la habitación la luz . Le encontraron en la cama, agarrado a la pera (aquellos interruptores de antes)».
Unos tíos suyos, apodados Rulas, que habían sido tamboriteros de chifla y tamborín y luego se reciclaron con caja y dulzaina, sintieron el buen oído del su sobrín y decidieron ficharlo para el bombo y los platillos, y así armaron la siempre flamante y andariega Orquesta Los Rulas. Una foto de la época los muestra repeinados y trajeados encima de un carro, habitual templete agropecuario, ensimismados en encauzar el son, y entre ambos un Ángel de tan sólo siete añines. «Tocábamos jotas, pasodobles, tonadas, cantares antiguos, y cosas nuevas, tipo tangos, valses, rumbas, el Francisco Alegre , La novia de Reverte , Pepe Romero ...». Uno de ellos se casó y se fue a vivir a Huerga de Garaballes, y quedaron tío y sobrino recorriendo gran parte de las comarcas centrales de León, bajo lluvia o nieve, casi siempre en bicicleta: «Mi tío llevaba el bombo a la espalda y a mí en la barra, fíjate qué cuadro». Les daban dormida en los pueblos, y de Astorga a La Bañeza no existía fiesta que no hubieran amenizado. Hasta cantaba Rula (famosos sus Rascayú , La vaca lechera , Doce cascabeles ). Eso sí, al bueno de Ángel le enervaba que en cada aldea hubiera un zoquete, invariable, que lo motejase: «¡Venga, Rula , toca, que si no, no te pagamos!».
Pasó la mili en Oviedo, a la vuelta se casó, siguió labrando la tierra y «como aquello daba tan poco», decidió afincarse en Astorga y trabajar en aquella Pajera que hacía fundas de paja para botellas y que un día ardió como la yesca. Luego montó carbonería y se pasó la vida llevando carbón en un camioneto. Pero nunca abandonó la música. Ya en la treintena probó con la chifla y el tamborín, el mítico dúo musical leonés, con firme afán de regresar a las raíces sonoras de esta tierra, y en ocho días los dominó. Hoy, retirado, no para: canta con el coro de jubilados, toca con el grupo Tornadera en infinidad de romerías, bailes y conciertos didácticos, recibió un homenaje en el colegio Peñacorada y durante 16 años fue pinchadiscos en los bailes para mayores. Clava La hiedra , Cae la nieve ... y sobre todo, su Molinera («estaba la molinera/ sentadina en su molino/ ganando cuarenta reales/ para un pañuelo de lino»), e imita a la tabla el runrún de las piedras del molino con tanto acierto que uno cree salir de su casa empolvado de harina hasta las cejas.