Diario de León

‘MARUCHA’ MARTÍNEZ MORÁN

Panderetera sin maestro

JUNTO A CILINIA, ÁNGELES Y NIEVES FORMA EL CONJUNTO DE MÚSICA POPULAR MÁS ‘MEDIÁTICO’ DEL MOMENTO EN LEÓN: LAS PANDERETERAS DE CASARES DE ARBAS NO PARAN UN MINUTO. «ESTO NO NOS CUESTA, SOMOS MUY COMEDIANTAS», DICE MARUCHA

jesús f. salvadores

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Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Marucha, como el resto de compañeras que forman el entusiasta grupo Las Pandereteras de Casares de Arbas, un colectivo de veteranas montañesas que dejan boquiabierto a cualquier auditorio por una energía más propia de rapacinas que de paisanas de setenta y ochenta años, apenas da importancia a lo que hace.

Cuando la gente recibe y despide a Marucha con aplausos, o la felicita después de cada actuación, siente algo de reparo, pero ninguno saliendo a tocar. «A nosotras eso no nos cuesta nada, vamos encantadas a donde sea, a donde nos lleven, además somos muy comediantas, subimos para allá y decimos todo lo que se nos pasa por la cabeza». Jotas, titos, tonadas, algún agarrao, algún cuentín, todo sale de las firmes voces y de las poderosas palmas y rápidas muñecas de estas matriarcas al batir y zarandear las panderetas y las panderas grandonas. Marucha nació en 1940 en Casares, el pueblo acostado sobre las grandes masas calizas de Los Corros y El Paleru, pueblo merinero y bailador, pelegrino y ganadero, recia, luchadora gente. Creció escuchando historias de guerra y milicianos, aquello fue frente mismo, fuego cruzado y paredón en el que perecieron muchos. Su padre fue un asturiano al que no conoció; «me hizo y se marchó para otro sitio», resume, eran tiempos de miedo, huidas y desorden. Se acuerda del célebre Modesto, el fugao que estuvo varios años escondido en una cueva, en pleno monte.

«Luego bajó para el pueblo, al final no le hicieron nada, y una vez que de chicas andábamos a la facendera arreglando caminos nos enseñó dónde había estado. Eso era imposible de encontrar, un agujero pequeño en el que se entraba casi a gatas y luego se ensanchaba mucho; tenía leña, un somier, sitio para cocinar... como si fueran dos habitaciones», cuenta. La familia le dejaban la comida en un prau hacia el que se dirigía sigiloso, dormía de día y velaba de noche, y llegó a ser de buena utilidad para el pueblo cuando divisó desde sus alturas que empezaba a arder una de aquellas casas de techo (con tejado de paja de centeno) que tanto abundaban en Los Argüellos y bajó a toda prisa a tocar la campana para despertar al pueblo.

Además de estas historias, de lo que más se acuerda Marucha es del mes de la hierba , la inmensa labor de segar, atropar y guardar, forca y rastru en las manos, y de cómo su madre sotrabiaba bien la hierba, o sea, metía la mayor cantidad posible de ella en el pajar y la tenada. Y de ir con las vacas, las yeguas, ovejas y cabras que tenían en la casa donde vivían con dos tíos solteros. Y de jugar mucho, de pasar una infancia girando en torno al marro, al rabo-rabudán, al corro, al escondite, a la maya. Y de la escuela. «A mí nadie me mandaba ir pero yo iba, siendo muy pequeñina». Llevaba su cartilla rayada y la ponía con las letras mirando para el maestro, que roncaba en su silla, y luego marchaban a jugar hasta que salía furioso con la vara de ablano. Lo que no se explica es lo de la pandereta. «Si nadie nos enseñó, si casi ni mirábamos para ella, en las fiestas las chicas sólo queríamos ir a bailar con la orquesta, a lo nuevo». Así que no tiene referencia alguna de maestras concretas, como no fueran todas a un tiempo, que de siempre resultó Casares sitio de mucha danza y mocedad, como lo atestigua el salón de baile con dintel que reza: ‘Juventud Montañesa, 1929’. ¿Y cómo lleváis ahora el éxito? «Nació Pedro tarde para Cabrero», resume Marucha, lanzada y salerosa, que aprende a castañolear en la Escuela de Música de León y muestra feliz el disco (en realidad son cuatro) que les acaba de publicar el joven investigador David Álvarez Cárcamo con, nada menos, 84 canciones y cuentos («es nuestro ángel custodio», lo califica). Han actuado en muchos sitios y en la TPA aparecieron con su habla tan guapa, propia de los valles centrales de Asturias y León. Farina , fusa , cerná (cernada, ceniza), tonás (tonadas), la ‘che vaqueira’ que hasta aquí llega aunque sea en topónimos ( prau Gatsegu ). Y si más hacia León nota que es filandón , allí dicen filanderu . «A zurrón tira todo ello, es la misma habla, lo mismo».

Y cantando un tema había una que pronunciaba muy fino ‘El Posadero’. «¡Ay, nina, dilo bien, si siempre fue El Pusaeru !»

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