josefina rodríguez arteaga
«Paco no era nada bebedor»
La viuda de Paco Pérez Herrero, forjador del mito de Genarín, repasa en esta entrevista sus intensas vidas en común. «Paco, pon lo de Genaro otro día porque nos llevas a todos los fieles», le llegó a decir el obispo al evangelista- protésico

secundino pérez
Estaba Paco en San Marcos, preso, y de repente oye que lo llama uno de los soldados aquellos que los vigilaban, que saliera inmediatamente de la celda. Imagínate el susto, porque entonces cuando te llamaban era para fusilarte, y sale él temblando, porque era muy miedoso, y le dice el militar: ‘Oiga, ¿no me podría escribir usted una poesía a mi novia?’. Y claro, después de reponerse del impacto, le responde Paco: ‘Hombre, si me diera una fotografía suya para hacerme yo una idea...’. Se la escribió, y tan bien lo hizo que a los pocos días le trasladaron de la celda de los pobres a una menos mala».
Eran las cosas que le pasaban a Paco Pérez Herrero, poeta, narrador, dramaturgo, protésico dental, padre del mito genarinesco y espectacular tertuliano que jamás tenía prisa. Las cuenta su viuda, Josefina Rodríguez, mujer de carácter bondadoso pero firme y también de amplia y agradable conversadora, voluntaria durante décadas en la asociación del Alzhéimer y la mejor pregonera posible de las virtudes y la producción literaria de don Paco: ninguna persona entra en su casa sin llevarse se de allí un ejemplar de El patriarca de Babia .
Josefina nació en Fresno de la Vega en una familia de carniceros de izquierdas (en el primer franquismo, la madre convenció al padre para que se fuese a confesar, por aquello del qué dirán, y el cura, de penitencia, además de los padrenuestros le impuso la entrega... de varios kilos de carne. ‘¿Ves?, ¿ves?, ¡y tú querías que me confesara!’, rabiaba él), cuando Fresno tenía colegio de Ursulinas y cine, y en unas fiestas del Corpus llegó un paisano de corbata y mucha labia que tenía familia en el pueblo, y la acompañó a casa y después empezó a mandarle unas cartas deliciosamente escritas que Josefina guardaba en secreto. «Mi madre no quería dejarme salir porque yo era sus pies y sus manos», explica. Pero con la excusa de que tenía que comprar un abrigo se vino un día a la capital leonesa con Paco —en taxi, nada menos— y el noviazgo quedó hecho, a pesar de los 18 años que los separaban.
Josefina quedó impresionada por la historia vital de Pérez Herrero: un problema en el embarazo hizo que su madre enloqueciera —aunque luego alcanzaría los 99 años— y acabó ingresada en un manicomio palentino donde alumbró al pequeño Francisco. Una nodriza lo crió durante los dos años siguientes (sus hermanos de leche lo llamaban ‘tío’) y después regresó con el padre, que trabajaba en el fielato, y con una prima.
«Era bueno, era buenísimo, quienes lo conocieron lo saben», rememora de pronto. «Como hacía también crítica de cine, todas las semanas íbamos al Trianón o al Mary, y salíamos por ahí, al bar Mansilla sobre todo, con otros tres o cuatro matrimonios. Pero de aquella no veías a nadie por la noche, sólo a nosotros». «Paco nunca no tenía prisa, había que atarlo como al perro con una cuerda, porque no había manera de llevarlo para casa. Luego, claro, al día siguiente llamaban y se le oía, desde la cama: ‘Diles que no estoy’». Pero Josefina recalca que a la vez era muy trabajador —empezó como aprendiz de protésico a los 14 años—, y le da muchísima rabia cuando le tildan de bebedor. «Una cosa era Genarín y otra Paco Pérez Herrero. Bebía un vaso de vino con las comidas y ya, lo normal. No, no: no era nada bebedor».
A esta riberiega salerosa que no pudo estudiar pero que siempre ha demostrado una gran curiosidad ante la vida —mucho viajó con su marido, y después de que éste muriera, en 1987, también—, no le hace gracia el rumbo multitudinario que ha tomado el ritual de Genaro. «Lo de la cena y recitar versos está muy bien, pero la procesión no la puedo ni ver, ¡es una carnavalada!». Paco tampoco era ningún comesantos. «Conocía a todos los curas de León, y ellos a él, y una vez que fuimos a merendar con el señor obispo, le dijo: ‘Paco, pon eso otro día porque nos llevas a todos los fieles’». Se negó, claro. «Él había conocido a Genarín y cuando murió le quiso hacer un homenaje, pero es que luego fue agregándose gente, y gente, y gente...».
Aun así, Pérez Herrero andaba loco con el rito y las dos veces que Josefina lo convenció para salir fuera de León en Semana Santa iba él calculando: «Ahora estarán por el Grano, ahora andarán por los Cubos...». «Pero no, tampoco le gustaban las aglomeraciones», apostilla.
A Josefina le gustaba la costumbre primigenia del Genarín, esa amable reunión de poetas de pueblo, y la que a finales de los setenta y principios de los ochenta reactivó Kike, cuando Miguel Escanciano tocaba la guitarra y Julio Llamazares apuntaba el romancero genariano en casa del matrimonio, a pesar de que luego acabara malamente la relación entre el evangelista y el entonces emergente autor. Así que Josefina no participa del pellejero ceremonial pero, eso sí, fue al cine a ver la película que rodaron sobre este leonesísimo personaje, «de incógnito».
La de Fresno regresa a sus nostalgias: «Era muy bueno, pero no sabía nada de bancos, jamás entró a ninguno. Me decía: ‘Dame mil pesetas’, y se las daba. Yo también tenía que dar la cara cuando le debían dinero, porque era un desastre, lo perdonaba todo, y a poner un poco de orden en su taller de los Cubos. De allí le robaban cosas y una vez vi desde la calle cómo una gitana que se le había metido en casa andaba tirando montones de ropa a la calle para atroparla después».
¿Y por qué le metieron preso? «Porque un señor, una vez, le pidió dinero y él no se lo dio, sería porque no lo tenía, y le debió denunciar, y lo acusaron de ‘andar mitineando por los barrios bajos de León’. ¡Qué mitineando, con lo miedoso que era!».
—Lo que sí es verdad es que era bueno. Era muy bueno.