Diario de León

CAZAR COMO REYES

Dominios de galgos

La práctica de la caza de liebre con galgos se consolida en León y ensalza la raza de un perro que atesora un valioso legado genético que le llevó a ser el favorito de reyes y nobles

Un ejemplar de galgo inspecciona el entorno tras perder de vista a la pieza.

Un ejemplar de galgo inspecciona el entorno tras perder de vista a la pieza.

Publicado por
L. URDIALES
León

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El galgo es un perro veloz, un arco de músculos diseñado para sostener un pulso agotador que le permite ver en tres dimensiones el lomo de una liebre; y un animal entrenado y morfológicamente constituido para desmontar un mito en cada carrera. Un galgo es una ampolla de adrenalina cuando pisa a las diez de la mañana alguno de los cotos de entre los espacios cinegéticos leoneses reservados para la práctica de esta modalidad cinegética. Un reducto al sur de la provincia leonesa, el hábitat que ha subsistido a la planicie anterior a la llegada del regadío, la expansión de los maizales, el repliegue de las masas de cultivos cerealistas, con sus barbechos, paraíso de cuento de liebres.

El galgo es producto de un ecosistema en el que ha sido capaz de preservar el legado de atleta en el estilismo de ese cuerpo arqueado que lleva las flechas incluidas de serie, con sus patas interminables y un pecho desmesura. Su altura a la cruz suele ser de entre 62 y 70 centímetros en los machos y de 60 y 68 centímetros en las hembras. Ese es el continente de un misil. No se fíen de su facha de esmirriado, que es una bomba genética. Una apariencia incongruente con la capacidad que expone en una carrera, que traza a velocidades fuera de lo común; fascinante para echar el guante a una liebre que se le supone más rápida, más astuta. Mimetizada como vive la lepórida entre el ambiente y el terreno que le da cobijo. Un galgo es la mejor oportunidad, tal vez la única hoy en día, de poder comprobar una modalidad de caza con equilibrio natural entre el predador y la pieza. No hay disparo, ni escena final entre esa nieblina de color rosado que resuelve el impacto al animal abatido por el francotirador. El galgo corre con la desventaja del perseguidor que se ha de enfrentar al problema del recorte de la liebre, con sus capacidad natural para el zigzag y el regate, sus patas cortas adecuadas para ejecutar una burla en cuestión de centímetros así que siente el aliento del lebrel sobre sus orejas alisadas al tronco en una huida que es un canto a las leyes de la aerodinámica. Salta la liebre de la cama en el último día veda, en la última jornada de ajetreo que tendrá frente a los próximos nueve meses para lidiar libre ya de estrés la supervivencia, y afrontar el mandato natural del creced y multiplicaos, de dar cabida a la próxima generación, a los retoños que estarán listos para esta pelea con galgos en la próxima estación del frío. Y al saltar la liebre se genera un torbellino en la tierra, en un arranque virtuoso del galgo que prende a correr entre zancadas que van casi más allá que su hocico puntiagudo. Llaman engalgar a este episodio de velocistas en el estadio natural del sur leonés, entre tesos limados por el arado y recuestos que desde lejos simulan menos hostilidad para los gemelos del galguero. El inicio de una secuencia única: en dosis de tiempo en frascos cortos. Tres o cuatro minutos, no más, de dos especies que están condenadas a huir y perseguir, por la misma ley que vincula a palomas y halcones. Muchos de los lances que se abren en torno a este pulso no tienen más testigos que los protagonistas; sólo el galgo es testigo de una hazaña que le ha llevado más allá de lo que le alcanza la vista al hombre. No hace falta detenerse en la cuenta de lo que puede avanzar este atleta canino a sesenta kilómetros por hora en un campo abierto detrás de una liebre a la que recorta la ventaja inicial de decenas de metros hasta reducir la diferencia a un rebufo, al cuerpo a cuerpo, a las fauces con el pelo.

De cómo se resuelva el trance depende de circunstancias y elementos del entorno, nada artificial ni troquelado; un requiebro, un bosque de hierba alta, un despiste, un quite súbito de la liebre que empuja a su perseguidor a frenar en seco y corregir las coordenadas de esa línea recta y facilona que le llevó a creer asequible ese trofeo

El galgo dejó los grabados de los bodegones entre doncellas y cortejos reales para convertirse en el vector de un ecosistema, en referente de un entorno que analiza cada vez que tiene actividad. Cada carrera del galgo es síntoma de que la interrelación de elementos funciona. Ese es el distintivo que le traspasa generoso al galguero, que suelta al galgo y es notario de la rueda que gira en torno a la escapada. El galgo recupera los dominios perdidos en ese espacio entre riberas en los que expande el mandato con el que fue capaz de hacerse emperador junto a reyes y nobles.

Imprescindible en aquel orden en el que lo adecuado era comer con hambre, beber con sed, cazar con galgo.

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