El sermón del último genio del Blues
B.B. King recibió a dos redactoras en su camerino pocos minutos después de terminar el concierto

KAI FORSTERLING
«La juventud está malgastada en los jóvenes». El legendario B.B. King compartió el pasado martes, una vez terminado el concierto en el León Arena, parte de su sabiduría con algunos de los periodistas que tuvieron la suerte de disfrutar de su relación amorosa con Lucille, a la que besó en numerosas ocasiones durante todo el recital. El encuentro se producía en el camerino del músico, en una sala habilitada para tal fin en el «backstage». Paredes blancas, apenas encaladas, un cuadro de colores chillones para camuflar el «terror vacui» y una mesa sobre la que tan sólo había una piña, un plátano y una botella de Coca-cola light. Junto a las viandas, varias fotos de B.B para los fans. Las seis personas que pudimos acceder hasta él pudimos conocer el porqué de tanta vitalidad. El artista, sentado en un gran sillón blanco, hizo un repaso a su vida personal y profesional y dio una clase magistral acerca de cómo llegar a los 78 años - «cumpliré 79 el próximo 16 de septiembre y lo haré en los escenarios»- con su entusiasmo y hambre por la vida. «En la mía he tenido momentos buenos y malos, pero siempre he salido adelante con sentido del humor y fuerza. Nunca hay que darse por vencido». Así, narró sus principios, el amor por la música, sus operaciones -una de ellas le llevó a cargar con un bypass - y su pasión por las mujeres. «Son la creación más grande de Dios; aunque inmediatamente después estamos los hombres», dijo entre grandes aspavientos y poniendo la mano en el corazón. También hubo tiempo para las bromas. «Las mujeres te roban el corazón y si las enfadas pueden cortarte...», y se enmarcó los genitales. Fue entonces cuando recordó a Lorena Bobbit, provocando la hilaridad de toda la sala. Apabullado por las preguntas del mayor de los Quijano, que no dejó que nadie metiera baza en la conversación con una constancia aliterante, «Baby Blues King» trató de convencer a cuantos allí estuvieron de lo bella y efímera que es la vida y de la necesidad de que se viviera sin límites pero con la mente clara. «Sé que en el concierto de hoy ha habido muchos que han bebido y fumado, pero eso es algo que yo, a mi edad, ya no puedo hacer», confesaba con humor. Varias operaciones, entre ellas una para instalarle un bypass no han podido acabar con su fortaleza en la vida ni con la electricidad que transmite en los escenarios. A pesar de que permanece sentado durante todo el concierto, la corriente que arranca de Lucille consigue que los espectadores lleguen al climax apenas aparece en el escenario. «B.B. aparece en el escenario cuando lo siente y toca hasta que le parece. Nunca es igual», nos comentaba uno de sus colaboradores minutos después de que terminara el concierto. Destilando generosidad, una virtud reservada a los más grandes, se deshizo en halagos hacia uno de sus compañeros de escenario. Raimundo Amador le correspondió segundos antes de despedirse con un largo abrazo. Para entonces, todos cuantos llenaban la plaza de toros suplicaban que no terminara el concierto. Esfuerzo fútil; una vez B.B. se levanta y deja a su querida Lucille en manos de sus colaboradores, los bises simplemente no existen. Nada que hacer. Poco antes de abandonar el escenario aún tuvo tiempo de hacer el último guiño a sus fans -con quienes estuvo hablando durante todo el concierto «Where am I?» preguntaba de manera constante-. El rey se desplazó a través de todo el escenario lanzando a sus seguidores púas, pins y colgantes con su «marca». Algún afortunado recogió aquella con la que había acariciado a Lucille. Se le cayó y Raimundo Amador, atento al quite, se la recogió. Prueba superada, pero el maestro quiso regalársela a uno de los espectadores. «Thank you very much; it's been a pleasure», dijo media hora después de la distendida charla con los que se reunieron con él en el camerino. Poco antes había habido tiempo para las fotos con el genio. «Rodeado de vosotras parezco James Bond», dijo adoptando la archiconocida postura de 007. «Mi preferido siempre fue Sean Connery», aseguró risueño. Poco tiempo después abandonábamos el recinto. Un guiño final. Mientras íbamos hacia el coche, B.B. pasó en un haiga negro. Nos reconoció y saludó una vez más. Fue realmente un placer.