«Estamos listos para luchar»
Eduardo Soto-Trillo, experto internacional en derechos humanos, hace un repaso a la situación histórica del Sáhara en un momento en que sus habitantes se declaran dispuestos abiertamente a luchar por su futuro. La «intifada» ha comenzado
Tiene más de sesenta años y el rostro ajado y enjuto de un hombre del desierto, su turbante negro transmite fuerza, tesón. Es un refugiado saharaui, lleva más de treinta años alejado de su patria. A finales de 1975, Brahim Sadi huyó de los bombardeos marroquíes para poder salvar su vida y la de su familia. Con gran ceremonia, pasa de un vaso a otro el té azucarado hasta encontrar la medida precisa. No hay prisa, aunque el siroco ruge en el exterior de la jaima, Dios está de su parte. Finalmente, llena todos nuestros vasos. Se inicia así la tradicional ceremonia del té del pueblo saharaui; el primer té es amargo como la vida, el segundo, dulce como el amor; el tercero, suave como la muerte. Amargo como la vida Los saharauis vivieron durante siglos alejados de la historia. Pueblo mestizaje de árabes, bereberes y subsaharianos, agrupado en tribus nómadas dedicadas al pastoreo, su órgano de gobierno era un consejo de jefes que se turnaban en el liderazgo para hacer frente a los enemigos exteriores, eso era todo. El imperialismo europeo del siglo XIX rompería inevitablemente este equilibrio. Francia, que poseía ya Argelia, ocupa Mauritania y empieza a introducirse en Marruecos. La España de entonces, alarmada, para proteger las Canarias, decide reclamar las costas del Sáhara y funda un primer asentamiento, Villa Cisneros. Poco después, en 1885, gracias al apoyo de los británicos, las pretensiones españolas son reconocidas internacionalmente en la Conferencia de Berlín, que reparte África. Los siguientes años no alteran la vida de los saharauis, los españoles permanecen en la costa dedicados a la pesca y al comercio. Pero Francia no se resigna, sus constantes incursiones militares en el interior van a obligar a los gobiernos de Alfonso XIII a negociar las fronteras en 1912. Finalmente, en 1934, ya bajo la Segunda República, en una operación conjunta con los franceses se somete todo el territorio. En 1956, Francia concede la independencia a su protectorado en Marruecos creando la monarquía alauí. Meses más tarde, se le agrega el protectorado español. Inmediatamente, en el Sáhara español estalla la rebelión, los saharauis también quieren la independencia. Otra operación militar conjunta hispanofrancesa, con el apoyo del recién creado ejercito marroquí, acaba con los insurgentes. En agradecimiento, Franco cede a Marruecos Tarfaya, donde también se asentaban tribus saharauis. En ese momento, Mohammed V, heredero de las aspiraciones francesas, reclama el Sáhara español. La reacción de Franco es drástica: la provincialización del territorio en 1958, equiparando jurídicamente a los saharauis con los ciudadanos españoles, y, a iniciativa de Carrero Blanco, la lenta preparación de la población para una independencia siempre bajo la protección de España. La colonización activa pone de manifiesto las enormes riquezas naturales del Sáhara: fosfatos y hierro, y posiblemente, petróleo. En los sesenta, la monarquía alauí tiene otras prioridades, limitándose a exigir la autodeterminación ante la ONU. Hasán II, el heredero de Mohammed V, confía en la fácil manipulación de las tribus saharauis a través de la corrupción de sus jefes. Sin embargo, la aparición de un movimiento nacionalista saharaui, inspirado en la revolución argelina, trastoca todos los planes. En 1970, en El Aaiún, capital del Sáhara español, una manifestación oficialista es saboteada por otra organizada por ese nuevo movimiento. El gobernador, con el apoyo de los jefes de tribu, la reprime violentamente. La política a largo plazo del régimen es insostenible, no obstante, Carrero ofrece autonomía temporal e independencia progresiva. Demasiado tarde: ese mismo año, 1973, en mayo, nace el Frente Polisario, que opta por la lucha armada para conseguir la independencia, y meses más tarde, Carrero es asesinado. Mientras, Hasán II sobrevive a dos golpes de Estado sucesivos y necesita urgentemente una causa populista que refuerce su monarquía autocrática. Y le surge un aliado, Estados Unidos, que en el contexto de la guerra fría va a apoyar las aspiraciones marroquíes y presionar a Madrid en este sentido. En 1975, Hasán II ya sabe que no puede ganar ningún referéndum, pero Arias Navarro promete a la ONU realizarlo. Marruecos acude, entonces, al Tribunal Internacional de la Haya para ganar tiempo. Las acciones del Polisario contra la presencia española crecen. En octubre, en plena agonía de Franco, los hechos se precipitan, el Tribunal falla en contra de Marruecos y de su aliada Mauritania, y a favor de la autodeterminación. Ese mismo día, Hasán II convoca a todos los marroquíes a ocupar pacíficamente el Sáhara, es la Marcha verde. A principios de noviembre, 350.000 personas avanzan hacia el Sáhara. Las presiones de Washington aumentan y el Ministro Solís defiende las tesis marroquíes por sus negocios con Hasán II. El 14 de noviembre, el Gobierno español, en contra de sus promesas a la ONU, cede el territorio a Marruecos y Mauritania. El ejército marroquí invade el Sáhara y la mayor parte de la población se refugia en Argelia. El 27 de febrero de 1976, un día antes de la retirada de las últimas tropas españolas, el Polisario proclama la independencia del antiguo Sáhara español. Dulce como el amor Fatma, presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis, nos relata los primeros años, envuelta por los vivos colores de su melfa: «Argelia enseguida nos dio la mano, de lo contrario, habríamos muerto. En Tinduf levantamos nuestros campamentos; con la tela de nuestros velos construimos las primeras tiendas. Allí nos quedamos las mujeres y los niños, nuestros hombres regresaron al combate». El problema del Sáhara pasa al olvido, España navegaba en la transición. Inesperadamente, el Polisario planta cara a las fuerzas de ocupación. Utilizando con éxito la estrategia de atacar el flanco más débil, las guerrillas saharauis consiguen la rendición de Mauritania, que en 1979 se retira y reconoce al Polisario como el legítimo representante del pueblo saharaui. El problema del Sáhara comienza a atraer la atención internacional. En los ochenta, los saharauis están imparables. A Tinduf llegan centenares de prisioneros de guerra, el Polisario se aprovisiona directamente de la captura de armas al ejército marroquí, se producen incluso apresamientos de pesqueros españoles frente a las costas del Sáhara. En 1984, la Organización para la Unidad Africana reconoce al nuevo Estado. Hasán II, con la ayuda de Francia, Estados Unidos e Israel, total construye muros defensivos para evitar la derrota. Su objetivo es proteger el «Sáhara útil», las ciudades costeras y las minas de fosfatos, y progresivamente arrinconar a los saharauis hacia la frontera argelina. Al mismo tiempo, promueve mediante incentivos el asentamiento de miles de colonos marroquíes para crear artificialmente una población a su favor. Durante esos años, los Gobiernos de Felipe González asumen la defensa del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui ante la ONU. Sin embargo, a pesar de los muros defensivos, el desgaste de Marruecos es insostenible. Hasán II acepta la mediación de la ONU y en 1991 acepta un plan de paz que supone finalmente la celebración del ansiado referéndum. A partir de ese momento, la estrategia de Marruecos es bloquear el proceso lo máximo posible hasta anularlo y hacerse definitivamente con el territorio por la vía de hecho. En 1996, James Baker, antiguo secretario de Estado norteamericano, es encargado por la ONU de desbloquear la situación. La ayuda humanitaria internacional comienza a llegar a los campamentos de Tinduf. La cooperación con las comunidades autónomas y entidades locales españolas se activa, se construyen escuelas y hospitales para la población refugiada. Los campamentos, poco a poco, pierden su aire de provisionalidad, transformándose en pequeñas ciudades. Las familias dejan las jaimas y construyen casas de adobe, sus condiciones de vida mejoran. Las expectativas de un rápido retorno crecen. El cese el fuego va a permitir conocer mejor la realidad de la cultura saharaui, una de las sociedades más libres del mundo árabe. Así, la mujer saharaui no esconde su rostro, posee tradicionalmente los mismos derechos que los hombres en cuanto al divorcio y los hijos, y no viven apartadas, como ocurre en las sociedades marroquí o argelina. Con frecuencia encontramos mujeres con importantes responsabilidades políticas dentro del Polisario. La religión musulmana se vive en general de forma relajada, libremente. Su gran valor es la hospitalidad. No importa quién seas, de donde vengas, a la hora que llegues, siempre eres bienvenido, lo poco que tengan lo comparten. Suave como la muerte Tras varias propuestas infructuosas, en el 2003 aparece el llamado Plan Baker, que contempla un período transitorio de amplia autonomía bajo soberanía marroquí y, al cabo de cinco años, la celebración del referéndum. Como gran concesión a Marruecos, se amplía el censo a los colonos marroquíes llegados a los territorios ocupados antes de 1992. Estados Unidos y el gobierno de Aznar inmediatamente presionan al Polisario advirtiéndole que es la última oportunidad de llegar a un acuerdo con apoyo internacional, y éste, finalmente, lo acepta. En Marruecos el plan es rechazado, las esperanzas de apertura democrática puestas en el nuevo rey Mohammed VI se han desvanecido, la monarquía alauí ya no confía ni en el voto de sus propios colonos para el referéndum. Sus consejeros insisten en la estrategia anterior, dilatar el proceso hasta el agotamiento. A esta estrategia colaboran, por influencia francesa, a juicio del Polisario, el Acnur y la Comisión Europea, que en el 2005 reducen su ayuda humanitaria sólo a los 90.000 más vulnerables de un total de 160.000 refugiados. Por otra parte, aparecen las primeros signos de resquebrajamiento interno entre los refugiados. La llegada de dinero a algunas familias con parientes en el exterior y la aparición del comercio aumentan las diferencias económicas, al mismo tiempo, se producen acusaciones de corrupción contra algunos dirigentes. A pesar de todo, aparece un factor nuevo, la población saharaui de los territorios ocupados. Hasán II intentó comprarlos con subsidios y exenciones fiscales, pero fracasó: las nuevas generaciones han perdido el miedo al ocupante. Desde mayo del 2005 no pasan los días sin que se produzcan manifestaciones, la intifada saharaui ha comenzado. «La represión marroquí se ha recrudecido con detenciones ilegales, juicios sin garantías y torturas. Hay espías e infiltrados. Se impide la llegada de periodistas extranjeros y de observadores internacionales», denuncia Felipe Briones, fiscal español. «La consigna de Marruecos es evidente: que nada trascienda al exterior». El horizonte El pasado 27 de febrero el Polisario celebró el 30 aniversario de la República Árabe Saharaui Democrática. Tras un desfile militar, muy significativo dee las alternativas que ahora están en juego, Mohammed Abdelaziz, su presidente, declaró: «Nunca vamos a renunciar a nuestro derecho a la autodeterminación. Hemos aceptado el último plan de la ONU, nuestra voluntad de paz está plenamente demostrada, pero tenemos un límite». Dos días antes, a una conferencia internacional en Tinduf, acudieron numerosas delegaciones españolas. Clemencia Torrado, por el PSOE, defendió un acuerdo entre las partes, lo que suscitó rechazo al equiparar ocupante y ocupado. Guillermo Mariscal, por el PP, resaltó la necesidad de mantener la legalidad internacional y defendió el Plan Baker, sin embargo, también fue criticado por la pasividad de los gobiernos de Aznar ante el problema. Encarna Otero, del BNG, denunció el abandono de la ONU a los refugiados, los intereses económicos que se esconden detrás de las tesis marroquíes, y la necesidad del referéndum de autodeterminación. Afuera, pegados a las ventanas de la sala donde se celebraba la conferencia, los refugiados saharauis se empujaban unos a otros para escuchar. Les preguntamos qué esperaban del mundo. Su respuesta fue unánime, «ya no esperamos nada, treinta años son demasiados, no podemos más. Estamos preparados para volver a luchar...».