Diario de León

El español que sobrevivió a los dos tsunamis

David Casademont, un barcelonés que ha vivido los dos maremotos y el terremoto de Java, ha decidido permanecer en el país para ayudar en su reconstrucción

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GABRIEL TIZÓN | texto y foto
León

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El tsunami del pasado lunes provocaba más de 500 muertos y arrasaba con la isla de Java (Indonesia), el país más afectado por la anterior ola gigante que, en diciembre del 2004, dejó tras su paso casi 300.000 muertos y en el que, el pasado mayo, un terrible terremoto provocaba 6.000 víctimas y 500.000 damnificados. En Java, en medio de todo este caos, vive David Casademont, un barcelonés de 32 años superviviente de todas estas desgracias. David reside allí desde hace 9 años y es propietario de una empresa de diseño y construcción de muebles que da trabajo a más de 100 familias y de la que, como apunte moral, me dice: «Cuando monté la empresa, lo primero que hice fue crear unos fondos con los beneficios para crear una especie de seguridad social, ya que en Indonesia no existe. Creo que somos la única empresa, en un país de 300 millones de habitantes, que hace algo similar». Se le ve desbordado por tanta desgracia, pero, al mismo tiempo, muestra una serenidad y un saber estar al alcance de muy poca gente. David explica cuál es el estado moral de la gente y el suyo propio es esta situación: «Pues imagínate. Después de un tsunami como el de hace año y medio, la gente, y uno mismo, ya empezaba a levantar cabeza, a asimilar algo que no te imaginabas ni en la peor película americana». Un año después, viene el terremoto del pasado mayo. Este fenómeno acabó de hundirlos del todo, creó un caos total. La gente se pasaba sentada días enteros delante de las ruinas de su casa, viendo pasar las horas, como preguntándose qué más puede suceder, si vale la pena reaccionar y empezar a restaurar o simplemente esperar a que ocurra otro desastre. «Yo me vi en la obligación de quedarme, de ayudar a toda esta gente en la medida de lo posible, y así lo hice. Evacué a mi mujer y a mi hijo de la zona, a más de 400 kilómetros de distancia, fuera de peligro, me gasté todo el dinero que tenía en alimentos y demás necesidades básicas para mis empleados y vecinos, intenté crear un equipo logístico en mi barrio, dentro del caos, para que la gente se viese ocupada y reaccionase, que se sintiese viva y afortunada. Estaba realmente contento, veía que el esfuerzo valía la pena, la gente empezaba a sonreír y a estar ilusionada de nuevo», explica David. Pero después de este último tsunami del pasado lunes la moral vuelve a estar por los suelos, fue un golpe durísimo para todos. Unos valores diferentes Uno se pregunta cuál es la causa de que, teniendo la posibilidad de marcharse de una zona con tantos desastres naturales, David no haga las maletas y arranque, sobre todo porque económicamente podría permitírselo. «Si me vieras cuando llegué, hace nueve años, me entenderías. El recibimiento de este pueblo fue algo increíble, maravilloso, es una cultura totalmente diferente a la de España. Al principio es duro entender ciertas cosas, pero los valores de esta gente lograron que mi compromiso con ellos llegase a esto: quedarme y jugarme la vida por ellos, simplemente porque ellos lo harían por mí. A lo mejor esto en España no lo entendería mucha gente, ¿verdad?». El Gobierno de Indonesia había recibido el aviso de este tsunami, ya que los nuevos dispositivos colocados después del desastre del 2004 habían funcionado. Sin embargo no avisaron a la población, justificándose en que no tenían medios para hacerlo, como, por ejemplo, altavoces en las playas. A David estas explicaciones le parecen increíbles. Comenta que sus ideas democráticas y cívicas, después de esta y otras barbaridades se tambalean, porque no entiende para qué vale la política. Tras el pasado terremoto, justo después del temblor, solicitó ayuda al Gobierno indonesio y a la embajada española, proponiéndoles, ciertas ideas para llevar a cabo en colaboración con sus empleados y los vecinos de su barrio que harían aliviar una zona bastante amplia. Se trataba de ideas logísticas que no entrañaban gastos, pues aprovechaban los medios que ellos los organismos tenían. «Todavía estoy esperando que alguien me conteste», concluye. Los expertos también vaticinaron que después del terremoto, durante unos 150 años no habría peligro de otro, y recomendaban tranquilidad a la población. «Ya ves, un mes después pasa esto: dos terremotos fortísimos que provocan un tsunami. Cuando vives cosas así, tan extremas, rodeado de cadáveres y destrucción, te das cuenta de que, al final, lo que vale es el civismo entre vecinos. Yo acepto uno, dos o los desastres naturales que sean, es la vida, pero estas actitudes políticas no vale la pena ni comentarlas, tengo muy pocas fuerzas y las necesito para ayudar a la gente del pueblo, a mis amigos». Tampoco le parece justa la importancia que se da globalmente a la gripe aviar en comparación con la atención que se dedica en los medios a estos desastres. Critica que aparezca un caso y «el planeta en entero se moviliza: sale más información de Indonesia sobre la gripe aviar que sobre ninguna otra desgracia. La gente de aquí no entiende nada, mueren miles de personas por terremotos, mosquitos, tsunamis... y eso es noticia unos pocos días, pero con lo de las aves enfermas nos bombardean todos los días». Cree que los Gobiernos se gastan millonadas en una de las enfermedades que para los indonesios es de las menos importantes, que todo ese dinero, que aquí salvaría miles de vidas, está muy mal gestionado, «por no decir en muchos casos tirado». Unos simples altavoces en las playas para avisar a la gente de que viene un tsunami «no valen tanto». Con respeto a su familia, a David le cambia el tono de voz cuando se le pregunta cómo ven todo lo que está haciendo y por qué no se marcha con ellos, «tengo una mujer y un hijo de 4 años, lo primero lo tuve claro, y así lo hice: fue ponerlos a salvo. Ahora mi mujer me pregunta cada día por teléfono cuándo me voy a reunir con ellos. Es duro, muy duro, pero creo que estoy haciendo lo mejor». Dice que cuando no pueda más se marchará, pero que ahora todavía hay demasiado trabajo moral y físico que realizar. El otro día fue el cumpleaños de su hijo. Se enfadó mucho, porque no entendía por qué no estaba con él: «Cuando le pregunté qué quería de regalo, me dijo que una casa nueva. Ha sido uno de los momentos emocionales más duros de mi vida, no sabía qué decirle». Le contestó que eso era lo que estaba haciendo, una casa «más bonita para vivir todos: mamá, tú y yo». Tuvo que sacar a su hijo en brazos durante el terremoto de finales de mayo, mientras veía cómo quedaba en ruinas su casa. Su familia tampoco entiende muy bien lo que hace. Así que le pide al reportero, que ha visto, conocido y retratado a esta gente en medio del caos, que les explique -mejor que él mismo- que hay cosas en la vida «que uno, si no las hace, no se las perdonará jamás, y eso vale más que todo el dinero del mundo».

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