EFFROSYNI
Sorbos de libertad para presas
El módulo mixto aumenta del 18% al 27% el número de permisos que disfrutan las internas de Mansilla.

Cinco de las presas que han disfrutado el último permiso penitenciario para mujeres se dan cita en la plaza de la Catedral, un punto de encuentro común.
Esta noche nadie vino a cerrar la puerta. (Un sorbo de libertad). Rosa duerme con la ventana abierta. (Otro sorbo). Escucha a su compañera hablar durante más de dos horas con su hija. Es la primera vez que Maribel consigue contactar con la cría en cuatro años, desde que cayó presa en Barajas. «Yo quiero hablar con usted de mujer a mujer», le dice la niña de 12 años desde el otro lado del océano, Caracas, por teléfono.
A Rosa se le saltan las lágrimas de la emoción. Se está acordando de su familia: «Hace muchos años que no sé nada de ellos, quisera encontrar a mi madre y a mis hijos. Que alguien me ayude». Es su primer permiso en seis años y medio de cárcel. Fue detenida en el aeropuerto de Caracas y pasó cinco años en prisiones venezolanas. «Un horror, muy duro». Se le quiebra la voz.
Hace año y medio Rosa consiguió la extradición y fue trasladada a la cárcel de Alcalá Meco y luego a Dueñas (Palencia), pero cerraron el módulo de mujeres y acabó en Villahierro, primero en el módulo 10, sólo de mujeres, y ahora en el mixto, que comparten hombres y mujeres. «La educadora me dio la oportunidad de trabajar en la lavandería; estoy encantada, las compañeras me ayudan en todo», apunta.
La población penitenciaria femenina en León es apenas el 10% del total. El 80% de las reclusas son extranjeras y la gran mayoría cumplen condenas por delitos contra la salud pública. Salir sin tener familia en León hubiera sido imposible de no existir el programa de tutela externa de permisos y salidas penitenciarias de Cáritas Diocesanas de León. Rosa, aunque es española, tampoco lo habría tenido fácil al carecer de una familia que le apoye.
«La creación de módulo de respeto mixto ha permitido ha permitido acceder a las internas a un régimen de vida participativo, favoreciendo la implicación en su proceso de reinserción social», subraya la trabajadora social responsable del programa, Eva González. De hecho, en el 2008 hubo un 18% de permisos disfrutados por mujeres y en el 2010 aumentaron hasta el 27%. Las salidas son de cuatro días. En estas jornadas presos y presas, que siempre salen por separado, se alojan en la casa de acogida de Cáritas.
Los permisos, si todo transcurre normalmente, son la antesala a la libertad. Effrosyni cumple lo que le queda de condena en el CIS Jesús Haddad y disfruta su tercer permiso. «Cuando salí por primera vez estaba expectante y un poco estresada. Aunque había tenido ocho salidas programadas desde la cárcel, el permiso es otra cosa», explica.
Effrosyni, que es griega, tiene planes para quedarse en España, pese a que su aterrizaje en Tenerife desembocó en su inmediata detención y encarcelamiento en un centro penitenciario de Canarias. «Allí no hay actividades, no sales del módulo, la habitación era muy vieja y había humedad... En el patio todo el mundo se drogaba y si no lo hacías eras rara», cuenta.
Allí el tiempo transcurrió lentamente. Al principio, no sabía ni una palabra de español. En Mansilla, todo ha sido veloz. Ha colaborado en la revista y el canal televisivo de la cárcel, fue secretaria del módulo 7 y se ha convertido en mediadora juvenil; ahora realiza las prácticas en una asociación de León.
La libertad no es lo más importante para otra de las reclusas que disfruta este permiso. Es la veterana: ya hace dos años que disfrutó su primera salida de cuatro días. Pero cada vez que sale es un acontecimiento: «Hablo con mis hijos y los veo a través de Internet. Eso me da más fuerza para seguir la condena», explica. Tiene cuatro hijos y es el puntal económico y moral de su casa. Con el dinero que ella manda de su trabajo en el economato de la cárcel se puede permitir pagarles una escuela privada. «Renuncié a la expulsión porque yo soy la que les matengo con mis 300-400 euros de sueldo. En mi país encontraría un trabajo de no más de 100 euros al mes», apostilla. Su objetivo es terminar la condena, quedarse en León y casarse con su nueva pareja. Y en el futuro reagrupar a su familia. Una tarea titánica.
Para esta mujer de 38 años, que prefiere permanecer en el anonimato, las salidas son también una bocanada de libertad. «Pasar un día entero al aire y fijar la vista a bastantes metros te da sensación de libertad», añade.
Otra de las internas destaca la confortabilidad de la casa de acogida de Cáritas: «Cama buena, ducha, muy acogedora y tranquila...», dice en su escueto español. Enseguida se suelta y recuerda una sensación curiosa de la vida en semilibertad: «Lo más importante es entrar a cocinar con esos cubiertos que no son de plástico. Hasta me pesaba la bandeja...», ríe. Que no se cierren las puertas, ni se apaguen las luces automáticamente es otra señal de libertad. «Al principio me dejaba el grifo abierto porque en la cárcel se apagan automáticamente y en la casa nos tenían que recordar que las luces no se apagan solas», comentan todas.
La sensación de ser libre. «Esto no es la libertad real, pero es una sensación cierta de libertad», comenta esta mujer de 48 años que vive en el CIS y espera, en no mucho más de seis meses, poder reunirse con sus cuatro hijos y sus ocho nietos para «jugar con ellos». Recuerda que en su primer permiso «tuve una sensación de mucha tranquilidad. Comí mucho y caminé mucho», explica antes de dirigirse a una tienda de souvenirs del centro de León para comprar un mapa.
Como las demás mujeres con las que comparte estos cuatro días de asueto también tiene pareja en la prisión, pero no en el módulo mixto donde vivió la última etapa. «No está permitido, se trata de fomentar la igualdad entre hombres y mujeres dentro de la cárcel. En el módulo 10 (sólo mujeres) no teníamos acceso a los beneficios que tienen los hombres», aclara.
Estar en el módulo mixto es una opción que Maribel, de 34 años, no ha elegido. «Estoy muy tranquila en el 10: bordo, hago uñas, hago gimnasio... cada quien busca la manera de distraerse». Eso sí, sabe que no puede salir de ese pabellón. Es de los pocos módulos que tiene su propia escuela. Los módulos de respeto van al sociocultural. Maribel sólo sale del módulo los sábados por la tarde a misa y no necesita ir a la escuela: «Soy ingeniera civil», asegura.
Lleva cumplidos tres años y tres meses y le restan otros tres para la total. Pero espera salir en libertad condicional con la expulsión a Venezuela en un año. Le han rechazado varias veces la petición, pero mantiene la esperanza. De momento, vive el presente y disfruta de León: «Me impresiona su belleza arquitectónica y sus tapas: es el único sitio donde te dan más de comer que de beber».