EDUCACIÓN ¿Juego de tronos?

S e avecina una arrolladora ola de cambios políticos en la sociedad que tendrán, como no, incidencia en la educación. Con motivo de las elecciones pasadas publicamos en el Diario de León (11/01/2012) un decálogo para la educación que viene. En él ocupaban los mandamientos: el conocimiento, la autoridad del profesor, los idiomas, (fundamentalmente el inglés) la calidad educativa, las tecnologías, legislación con vocación de permanencia, implicación personal y familiar, relacionar la educación con el empleo, la investigación de impacto y la generación de ilusión, en línea con la educación emocional y el empoderamiento. Ninguna de las propuestas de entonces encontró eco en los políticos, a pesar de haberlas enviado a los responsables de la educación a nivel nacional y autonómico. Por eso ahora, aunque mis expectativas son limitadas, vuelvo a revisar las ofertas más llamativas de los candidatos en materia educativa, y a reflexionar en público sobre ellas.
Las propuestas sobre el papel de los candidatos en el tema educativo son, como siempre han sido, buenas y aceptables, pero hipócritas. Uno de los temas más discrepantes en educación es la Religión en las aulas. Todos menos el PP señalan que la Religión debe ser extraescolar, la sacan del currículum y la relegan a un asunto particular. El Partido Socialista la cambia por una asignatura curricular y obligatoria: Educación para la Ciudadanía, que no estaría mal si el programa de la misma no fuera un calco del ideario socialista, que es evidente que no debe enseñarse en las aulas de forma general. Con lo cual este tema se reduce a un adoctrinamiento en uno u otro sentido. ¿No podría consensuarse el contenido de una materia de educación cívica?.
Los principales partidos como el PP, el PSOE, Ciudadanos y Podemos se llenan la boca con el tema de que la educación obligatoria debe ser universal, gratuita, pública; además los tres últimos, añaden que debe ser laica. Todo son buenos deseos. No sabemos lo que harán si gobiernan los dos partidos emergentes, pero sí conocemos lo que ha hecho el partido socialista en este tema, ya que es el partido que más tiempo ha gobernado en democracia. Un partido que dice querer universalizar la educación «pública y laica» de 0 a 18 años y que lleva a los hijos de sus dirigentes a colegios privados y religiosos (véanse los datos bien cercanos de los líderes de este partido en León), es poco o nada creíble; esa educación parece muy buena para los demás, pero no para sus propios hijos que son escolarizados en centros contrarios a lo que figura en su programa de gobierno. Es idéntica a las propuestas de Mas que obliga a todos los niños de Cataluña a estudiar solo en catalán (inmersión lingüística) pero sus hijos iban al colegio Aula, privado y plurilingüe. Ciudadanos también apuesta por la educación pública y gratuita. Añade que sea trilingüe en autonomías con distintas lenguas cooficiales y bilingüe en el resto para «que los hijos de cualquier español aprendan inglés como los hijos del presidente». Aquí se expresan más panfletos demagógicos para las elecciones que intenciones verdaderas que ya se pudieron llevar a la práctica y no se hicieron. ¿Por qué no tenemos un modelo educativo eficiente y público como el francés y aprendemos el inglés correctamente?
Sobre la enseñanza concertada, vemos que los Populares la defienden junto a Ciudadanos, aunque éste, con buen criterio, eliminando las cuotas «voluntarias» para que todos tengan la misma oportunidad de elegir centro. Realmente esas cuotas lo que hacen es financiar una hora más de clase diaria que beneficia a los alumnos de los centros concertados, ya que al final de la escolaridad éstos han cursado, sumando la hora diaria a los 10 años de escolaridad obligatoria, un año más que los de la enseñanza pública. Los socialistas no pueden combatir los conciertos porque fueron ellos en 1985, con la LODE, quienes los implantaron en España, bien es verdad que con ánimo de control, que perdieron ante el Tribunal Constitucional con el tema del ideario o Proyecto Educativo propio. Podemos admite conciertos solo cuando no haya oferta suficiente en centros públicos y hasta considera poco compatible su existencia con la libertad de elección de centro. La cuestión admite variaciones, pero no parecen correr peligro estos centros, cualquiera que sea el resultado, aunque alguna corrección sí sería necesaria.
Cobra relevancia por ser ya algo presente, la propuesta del llamado MIR educativo, para el acceso a la profesión docente. Los populares introducen un nuevo modelo de selección de profesores, aunque no lo llaman MIR, con prácticas remuneradas de dos años de duración; los socialistas abogan por el MIR, con la misma duración y triple filtro de acceso: prueba de madurez cultural, entrevista (aspecto cuestionable por subjetivo: ¿quien entrevista y valora?) y buen expediente académico. Ciudadanos también apuesta por el MIR educativo y además por un sistema de evaluación de los docentes (tema sobre el que recientemente hemos incidido en su necesitad en las páginas del Diario 12/11/2015: la evaluación de los profesores: el cascabel al gato) vinculada a los incentivos económicos para que los buenos profesores cobren más que los malos. Al coste y el diseño de esa formación, vinculada a prácticas profesionales, se añade la selección de los tutores. Por experiencia en evaluación del Prácticum de Maestros, sabemos que existe una correlación directa entre el buen profesor-tutor y el aprovechamiento y nota del profesor novel. ¿Quién determina qué profesor puede tutorizar? ¿con qué criterios? El problema es que incluye en la evaluación de los profesores a los alumnos y ello conlleva perversiones que se mostrarán en docentes-colegas o títeres de la voluntad de éstos: ya decía un docente que antes los alumnos hacían la pelota al profesor y hoy es a la inversa. Sí se puede evaluar a los profesores y ligar a los resultados los incentivos, pero es una delicada cuestión que hay que tomar con mucha precaución si no queremos degradar más nuestros resultados en los informes Pisa, como ha venido sucediendo desde la Logse
El tema del esfuerzo de los alumnos es otra de las cuestiones controvertidas entre los partidos. Unos preconizan tiempo y trabajo, mientras otros abogan por juego y felicidad. Como si ambas cuestiones fueran incompatibles. A la escuela, decía Savater, se va a aprender, porque para jugar los alumnos se bastan y se sobran solos. La valoración de los conocimientos en educación no ha tenido la relevancia que debiera: hay pocos incentivos al saber, y menos aún a la correcta gestión del conocimiento, tanto individual como social. Los alumnos no desean ser sabios, desean ser famosos, aunque sean «frikis». Se hace preciso un aprecio al conocimiento, más allá de considerar a la escuela como máquina de aprender, y más allá de considerarla un juego de tronos entre los políticos. Por ello todos clamamos en el desierto por el pacto educativo, que Gabilondo en su etapa de Ministro del ramo estuvo a punto de conseguir, pero que mezquindades partidistas malograron. La permanencia de la legislación educativa es un requisito en sociedades avanzadas como Finlandia, que tiene leyes con más de veinte años de permanencia, lo que da seguridad y estabilidad al sistema y desde luego, buenos resultados. ¿Será esto posible en una legislatura que se aventura de pactos y tronos?