PERFIL MARTA ROVIRA
Del casi anonimato a la primera escena política

La secretaria general de ERC, Marta Rovira. MARTA PÉREZ
Marta Rovira era hasta hace nada una desconocida fuera de Cataluña. Pero de golpe y porrazo el rostro de la secretaria general de Esquerra con pelo rizado y gafas de pasta que le dan un aire de empollona se ha hecho familiar. Ha pasado del anonimato al primer plano del escaparate político con tres episodios consecutivos: las lágrimas tras el encarcelamiento de su jefe y amigo Oriol Junqueras; el lanzamiento de su candidatura a presidenta de la Generalitat teledirigida desde la prisión por el líder del partido; y las duras acusaciones que lanzó al Gobierno de Rajoy sobre una supuesta amenaza de sembrar de «muertos las calles» de Cataluña si no se abortaba el proceso independentista.
Su única aparición en el teatro de la política nacional se remonta a 2014, cuando acudió al Congreso a defender el traspaso a Cataluña de la competencia para convocar referendos. Su intervención balbuciente y deslavazada no pasará a los anales del parlamentarismo. Pero alguno ya se fijó que en aquel discurso sacó a relucir «el ruido de sables» contra el proyecto independentista catalán. Así es, «dura como el pedernal» en los debates políticos, reconocen en su partido, donde también subrayan que la cintura política no es su fuerte. Vamos, que lo que se dice simpática, no es. En Esquerra alaban, en cambio, su capacidad de trabajo y lo concienzudo de sus análisis siempre desde la izquierda. «Lo suyo es la defensa de la ideología y que no se diluya en aras de supuestos pragmatismos», rememora un dirigente republicano.
Una vez que el partido toma una decisión la hace suya, aunque no la comparta, y no hay forma de que se apee. Así ocurrió con las dudas de Carles Puigdemont sobre la convocatoria de elecciones. Un engaño, a su entender, y ante el que ni corta ni perezosa se presentó en el despacho del president y amenazó con su dimisión y la de los consejeros de Esquerra en el Gobierno. Fue el órdago definitivo que hizo recular a Puigdemont, que ya tenía convencidos a Artur Mas, al PDeCAT y dicen que a Junqueras.
Es la número dos indiscutible del partido, y ha tomado las riendas en ausencia del líder republicano, que ha depositado una confianza ciega en ella como se pudo comprobar en el panegírico que le dedicó desde la cárcel para ungirla como candidata en previsión de que él no pueda serlo por el futuro judicial y carcelario que tiene por delante. Ella, en cambio, está limpia como una patena. Sin responsabilidades gubernamentales ni legislativas, sus cargos como secretaria general de Esquerra y portavoz de Junts pel Sí en el Parlamento catalán le han puesto a salvo de querellas por el proceso secesionista. Una virginidad penal que le sitúa como la dirigente independentista con más peso político sin problemas en los tribunales, una rara avis.
Esta abogada de 40 años que todos los días se hace en coche los cien kilómetros de ida y cien de vuelta de su casa en Vic a Barcelona es poco amiga de las conspiraciones en un partido con larga tradición de conflictos y luchas fratricidas. Atrás han quedado los años de las puñaladas con Pilar Rahola, Angel Colom, Joan Puigcercós o Josep Lluis Carod Rovira; con Junqueras y Rovira de la mano en 2011 llegó la paz y los mejores años del partido. Hasta entonces había sido una gris responsable de relaciones internacionales, cargo que asumió en 2008, y que hizo amistad con un Junqueras eurodiputado en Bruselas.