Así empezó ZP
De León a la Moncloa, los comienzos de José Luis Rodríguez Zapatero. Diario de León recupera un perfil realizado en julio del año 2000 tras su elección como nuevo líder nacional del PSOE

El joven José Luis Rodríguez Zapatero impartiendo clases de derecho Político en la Universidad de León.
Un coche para en un semáforo en rojo, en las proximidades del edificio de la Junta en León. En su interior, un joven habla desde su teléfono móvil. Jersey azul marino, pantalones vaqueros. Se coloca las gafas, de ver, montadas sobre una delgada estructura metálica y a través de la ventanilla saluda a un viejo conocido. Un gesto habitual en una ciudad pequeña como León. El hombre que viaja en el Lancia K será, pocos días después, secretario general del PSOE.
Ese hombre viaja ahora en coche oficial blindado y, desde el domingo a las cinco de la tarde, está rodeado de un impresionante dispositivo de seguridad, guardaespaldas incluidos, puesto a su servicio por el Ministerio del Interior. Es el jefe de la oposición.
Es José Luis Rodríguez Zapatero. En pocas horas ha dado un vuelco espectacular al partido que lideraba Felipe González. Consciente, en palabras de Giulio Andreotti, de que el poder desgasta sólo al que no lo tiene, él lo ha detentado siempre.
El 19 de junio de 1988, con sólo 27 años, es elegido secretario provincial de los socialistas leoneses, con un 66% de los apoyos en un tenso congreso en el que se estuvo a punto de llegar a las manos. Fue la primera de sus grandes maniobras políticas.
Estratega nato y trabajador incansable, convenció entonces a todas las facciones críticas y a la incipiente pero poderosa familia guerrista para que le apoyaran. Fue en un hotel de Astorga. El acuerdo se bautizó como el «pacto de la mantecada». Su objetivo: barrer a los «dinosaurios». Exactamente igual que ha hecho ahora, borró de un plumazo a la vieja guardia del socialismo leonés. Y no le tembló la mano. Militantes insignes pasaron a ser simples afiliados de base. Maximino Barthe, hasta entonces el referente del PSOE provincial, sucumbió ante una maniobra perfectamente calculada. La Federación de Laciana, la más poderosa del socialismo de todo Castilla y León, votó en bloque por el joven profesor de Derecho Político en la Universidad leonesa. Su «caudillo», Pedro Fernández, logró un puesto como vocal en la nueva ejecutiva, pero inició entonces un viaje a ninguna parte. Rodríguez Zapatero aglutinó el voto «antiBarthe», como ahora ha hecho con el «anti-Bono». Sólo les unía un objetivo común: dar un golpe de timón.
El brillante y prometedor nieto del capitán Lozano, un militar republicano fusilado en julio de 1936 junto al entonces alcalde de León, Miguel Castaño, el presidente de la Diputación o el padre del pintor y muralista Vela Zanetti, tocaba por primera vez poder. Durante estos trece años, ha gobernado el PSOE leonés con mano de hierro. Elección tras elección, ha revalidado su cargo y ha neutralizado a sus adversarios, controlando el aparato del partido pero también componiendo con habilidad y dureza las mayorías necesarias para mantenerse.
Dos años antes, en 1986, se convirtió en el diputado más joven del Congreso. Con 26 años, llega a la Carrera de San Jerónimo para ocupar escaño en las segundas elecciones ganadas por Felipe González. Ya entonces, era un apasionado admirador del carismático líder. Lo vio por primera vez en Gijón, en 1977, durante un mitin al que acudió con toda su familia. El discurso del joven y reformista líder del PSOE dejó huella en un chaval que sólo tenía 17 años y que procedía de una familia de izquierdas, acomodada y discreta, que había renunciado a practicar la política. Al año siguiente, se afilió al PSOE.
Para entonces, ya era mayor de edad. Informó a su familia de la decisión cuando ya tenía el carnet en la mano. Es una impronta de su carácter. Estudiante brillante, sus profesores recuerdan que tenía ideas propias y una voluntad inquebrantable. Contra viento y marea, ha sostenido su lealtad a Felipe González, con el que habló por primera vez poco antes del 24 de junio de este año, fecha en la que comunicó oficialmente que se presentaba como candidato a secretario general. Ni en los días más grises del Partido Socialista, acorralado por escándalos, atribulado por la fuga de Luis Roldán y sorprendido por la figura emergente de un agresivo Aznar dispuesto a ser presidente del Gobierno, se dejó arrastrar por el canto de la derrota.
Ese mismo discurso es el que enarboló en el XXXV Congreso del PSOE y con el que derrotó a un sorprendido Bono. Eso, y el trabajo de pasillo, en el que Zapatero se ha desenvuelto siempre con suma facilidad. Sus colaboradores destacan su gran instinto para abrirse camino y fraguar los pactos que le hagan falta. Sus adversarios reconocen en él las mismas facultades y una más: absorber como una esponja los proyectos de otros y convertirlos en opción ganadora. Todos ellos, partidarios y detractores, le profesan además un gran respeto. Quienes están de su lado, lo dicen abiertamente. Los demás, simplemente lo demuestran. Le critican, pero en su presencia, inexplicablemente, guardan silencio.
Convencer no es vencer. Es una de las máximas de Zapatero. Él ambiciona las dos cosas. Por eso siempre ha contado voto a voto sus apoyos. Sólo después de resuelto el crucigrama da el primer paso. Luego, no hay vuelta atrás. Eso fue lo que hizo en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid.
Dirigir el PSOE leonés ha sido una buena escuela. Resistente al asedio, está bregado en las intrigas y ha sabido sobrevivir políticamente en una ciudad en la que, tradicionalmente y salvo excepciones, el PP controla el Ayuntamiento y el PSOE, la Diputación Provincial. Y en una Comunidad Autónoma en la que batir al Partido Popular se ha convertido en una obra destinada a titanes. A Madrid había llegado ya con los votos contados, pero no le bastaban. Confió entonces en el poder de su oratoria, desconocida para el gran público y para la mayor parte de sus compañeros socialistas, que le habían visto en contadas ocasiones en la televisión. Un arma que no pasó inadvertida para el ministro Rajoy, a quien Zapatero había colocado contra las cuerdas en la primera legislatura del PP al dejarle en evidencia sobre el pretendido recorte de altos cargos en su Gobierno. Jugó además otra baza. Sus colaboradores recorrieron pasillos diciendo a quienes les quisieron oir que iban a ganar. Mientras, en los despachos, otra vez, Zapatero ganaba la batalla al conquistar, al menos temporalmente, el apoyo de sus viejos y conocidos adversarios: los guerristas.
La táctica la traía aprendida de León. Inteligente y metódico, no se dejó convencer por el aparato del partido y rechazó los pactos para ocupar un segundo puesto tras Bono. Si podía ganar, lo haría. Nunca se conforma con menos. Y tenía menos que perder que el presidente castellano-manchego.
Conocedor en profundidad del funcionamiento del PSOE, sabía que el secretario general será el candidato a presidente del Gobierno, que a La Moncloa sólo se llega desde Ferraz. Y esa, no otra, es su meta. Como cualquier otro político, y como la mayoría de las personas, le tienta ser elegido por aclamación, pero no le asustan las listas alternativas. «Sólo necesito un voto. Con un voto me basta para ser secretario general», aseguró dos días antes, rozando la medianoche, en una entrevista telefónica en la Ser. Obtuvo nueve. Y Bono, el candidato preferido del sanedrín socialista, sólo acertó a pronunciar, estupefacto, un lacónico «comprenderán que hoy no es mi día».
Como a Maximino Barthe, trece años antes en León, el joven político leonés le sorprendió. Para Zapatero, que no cree que ningún enemigo sea pequeño, ganar a José Bono era difícil, pero no imposible. Por consiguiente, tampoco a Aznar. Ganó por un escaso margen, primero, y con el apoyo del 90% del partido después. Su discurso, bien estructurado, optimista y potente, le instaló definitivamente en las cabezas de los delegados como el hombre llamado a sacar a José María Aznar del banco azul. «Pronto los necesitaremos como oposición democrática», dijo ante los 988 delegados, convencidos ya de que estaban ante el mismísimo Tony Blair español. Luego vino su mención al compañero Felipe, al que él generalmente se refiere siempre por su apellido. «Nada de defenderse desde la figura de Felipe González, pero nada de esconderle». No fue un guiño. No se avergüenza de admirar a Felipe González. Nunca lo ha ocultado. Cuando se trata del ex presidente del Gobierno, en Zapatero se impone una vena sentimental, que mantiene siempre a buen recaudo, a su evidente pragmatismo. El mismo que utiliza para su proyecto económico, más cerca otra vez de las tesis de Felipe González y Carlos Solchaga _que ha confesado abiertamente su apoyo al nuevo líder_ que de Borrell. El mismo que aplica con sus adversarios políticos. Antes, en León, los guerristas. Ahora, en Madrid, el PP.
«No practicaremos la infamia ni la injuria, no buscaremos la destrucción de nuestros adversarios», dijo en su discurso como secretario general del PSOE. Zapatero practica con ellos otra política. Posee la habilidad de neutralizarlos. Pero rara vez se ensaña, al menos en público. Tal vez lo aprendió en su propia familia. Su hermano Juan, abogado alineado en su juventud con la izquierda antifranquista, ha defendido sistemáticamente en los tribunales al ahora ex alcalde de Villablino, el guerrista Pedro Fernández, convertido en acérrimo enemigo político de Zapatero prácticamente desde que le dio sus votos en el Pacto de Astorga. Y su padre, Juan Rodríguez Lozano, el hijo del capitán fusilado e influyente abogado en León, ha sido asesor jurídico del Ayuntamiento, gobernado desde siempre por la derecha.
Zapatero está radicalmente alejado de la filosofía de Alfonso Guerra de «al enemigo, ni agua». Él les invita a comer, y les ofrece. Pero, desde luego, si puede, no salen en la foto.
Su sagacidad política no le ha ahorrado al PSOE leonés algún que otro susto con amplia repercusión nacional. Poco antes del XXXIII Congreso Federal del PSOE, el que selló el cisma en el partido, desató un escándalo sin precedentes al denunciar la afiliación masiva de 1.600 militantes contra su voluntad y filtrar, con nombres y apellidos, la identidad de esos falsos afiliados, una artimaña tejida por su oposición interna para debilitarle. Ferraz tuvo que mandar a la provincia a sus bomberos, encabezados por el ex ministro Cosculluela, conectado al otro lado del teléfono al mismísimo Txiqui Benegas. La crisis se saldó con reprimendas y sin sanciones. Pero el escándalo dejó al descubierto otra de las tácticas de Zapatero: disolver en vísperas de los congresos provinciales las agrupaciones locales que le eran hostiles.
En León, nunca le ha temblado la mano. Viendo las fotos del pasado domingo, tampoco en Madrid. De un plumazo barrió a la «vieja guardia», pero haciendo gala de una gran habilidad -generosidad, dicen sus partidarios- reservó el puesto hasta ahora honorífico de presidente del partido para un hombre partidario de Bono, Manuel Chaves, el único «dinosaurio» que se mantiene en la nueva ejecutiva y líder de la federación más fuerte del PSOE, la andaluza, que supone el 40% del partido. Lo hizo por sugerencia de Felipe González.
En Madrid ha-hecho-lo-que-ledio-la-gana, dicen en los corrillos. Ha formado una ejecutiva joven y desconocida. Y ha colocado en ella a su más próximos colaboradores. Siguiendo su máxima de «los mejores y si son amigos, mejor», su equipo de confianza lidera desde esta misma semana el nuevo PSOE. En 48 horas, dio un vuelco histórico a un partido sumido en la desesperanza. Y, sin pestañear, pero negociando duramente, hizo lo que tanto pedían, desde su partido y desde la prensa: renovación total.
Impone la cuota del 50% de mujeres a rajatabla. Lo ha hecho desde siempre, también ahora, en su nueva ejecutiva, pero más por convicción que por obligación. No es casualidad que una mujer, Trinidad Jiménez, haya sido la artífice de otro pacto, esta vez llamado Nueva Vía, que ha llevado finalmente a Zapatero hasta la planta noble de Ferraz. El nuevo líder del PSOE se ha rodeado siempre para trabajar de mujeres y cree a pies juntillas en la igualdad de oportunidades. Tiene, además, gancho entre las votantes. Parecido físicamente a su padre, uno de los hombres más atractivos de la época en León, tiene la suerte, en palabras de sus colaboradores, de ser alto, rubio y de ojos azules. O, textualmente, «él no tiene la culpa de, además, ser atractivo». Algo que Zapatero toma siempre con cautela y cierto sonrojo. Tímido reconvertido, intenta aún superar la costumbre de apartar la mirada. Algo en lo que incide, de forma obsesiva, su equipo más directo. «No mires al atril, José Luis, que no te hace falta». Pero el sábado y el domingo, en el estrado de oradores, lo hacía instintivamente. No llevaba discurso escrito, sólo unas notas. Pero mirar los papeles, y desde hace meses refugiarse tras sus gafas de treintañero a punto de cumplir los 40, es su vía de escape.
No aceptará la bicefalia, aunque la haya impuesto en Castilla y León, donde el líder del PSOE autonómico, Jesús Quijano, fue durante varias legislaturas incapaz de remontar votos. Para combatir a Juan José Lucas, colocó a un leonés, Jaime González, como cabeza de lista y dejó a Quijano como líder del partido. González no ganó al incombustible Lucas, una gesta que se antoja poco menos que heróica en Castilla y León, pero por primera vez en muchos años, el PSOE rompió su techo electoral y Juan José Lucas, que domina el «granero» electoral de Aznar, perdió escaños en las Cortes regionales. Su otro hombre de total confianza en León, Miguel Martínez, consiguió mayoría absoluta como alcalde de San Andrés del Rabanedo, el tercer municipio de la provincia, que comparte acera con León.
Martínez es el responsable de relaciones con los medios de comunicación de la ejecutiva provincial y, junto con Pepe Giménez, secretario de Organización, forma el núcleo fuerte del PSOE leonés. Desde Ferraz, Zapatero dirige ahora su empeño en poner orden para llegar a la Moncloa. Él, que nunca ha sido candidato a alcalde ni a presidente de comunidad autónoma. Y aspira a ganar.
Quienes le conocen bien en el partido dan por seguro que lo hará. Y destacan, sobre todo, su temple. Una virtud que comparte con el actual inquilino de Moncloa. Tiene con el presidente Aznar algunas cosas más en común. Su falta de sentido del humor, su ascenso a la política nacional desde Castilla y León, su llegada al máximo cargo de su partido planeando sobre ellos la sombra de un gran «patrón», Felipe González y Manuel Fraga, y su ambición. Y una evidente diferencia, su mujer, Sonsoles Espinosa, una licenciada en Derecho que ha optado por dedicarse a su otra carrera, la música, como profesora en el Colegio Leonés, asiste con estupefacción al ascenso político de su marido con cara de «enque-lío-nos-hemos-metido». Lejos del insistente empeño de Ana Botella por convertirse en «segunda dama», Sonsoles desgrana un perplejo «estoy haciéndome a la idea». Más próxima a Carmen Romero que a Botella, es, como la mujer de González, hija de militar y, como ella, mantiene un importante círculo de amigos al margen de los de su marido, independencia económica y un trabajo alejado de la política.
La carrera política de Zapatero guarda también similitudes con la de Felipe González. Cuando el nuevo líder del PSOE tenía apenas 14 años, otro joven apostó por la renovación total y dio un golpe de timón en el congreso de Suresnes. Era un desconocido y se rodeó de un equipo de desconocidos. Y con ellos llegó al poder y se mantuvo imbatible durante tres legislaturas consecutivas. Y, como el ya ex líder socialista, levanta adhesiones inquebrantables entre quienes trabajan a su lado Nadie sobra en este partido, contaré con todos», dijo ante el cónclave socialista Rodríguez Zapatero. Pero, también, «hoy empieza el cambio». Y lo cumplió. Ni uno solo de los socialista viejos tiene ya cargo en el PSOE. No es de nadie y no está marcado por los escándalos del socialismo reciente. Tal vez a eso deba su triunfo en el congreso.
Este joven leonés, casado en 1990 en una ceremonia religiosa en la que no hubo misa, y con dos hijas de seis y cuatro años, gestiona desde esta semana 8,5 millones de votos y en sólo 48 horas puso en jaque a Chaves, Guerra, Bono, Almunia, Ibarra y Borrell. Y logró lo que ninguno de ellos: el apoyo del 90% del partido. Propugna el cambio tranquilo, un eslogan que encaja con su talante sereno, poco apasionado, triunfador y moderado en todos los sentidos, también en el político. Trabajador desmedido, sólo se le conoce su afición a la política y a leer la prensa, y su pasión por Laura y Alba, sus hijas, las dos únicas personas que logran que cambie su mirada fría, penetrante y, a menudo, ausente. Sigue el consejo que le dio su padre, de ser prudente, reflexivo y modesto.
Pasa por ser austero en su vida privada, es un hombre extremadamente familiar, le gusta la comida casera, huye de la ostentación, le disgusta que sus comensales se excedan en lujos gastronómicos, si es necesario les recrimina que no hagan lo que predican, y practica, sólo de vez en cuando, footing y la pesca de la trucha en los ríos leoneses en compañía de Jaime González, portavoz del PSOE en las Cortes autonómicas.
Aún no tiene el famoso cuaderno azul de Aznar, pero sí la «agenda del cambio». Y, aseguran sus incondicionales, carisma. En León, le llaman el encantador de serpientes. El último día del congreso socialista, los delegados le recibieron al grito de «presidente, presidente». El lunes al medio día, en León, un grupo de mujeres lo hizo al de «guapo, guapo». Desde el domingo, su familia observa con curiosidad y orgullo el vertiginoso ascenso de José Luis. Como su admirado Felipe González, su nombre se escribe ya en los periódicos con siglas. ZP.