Diario de León

La muerte estaba en el tercer vagón

La última bomba estalló en la mitad del convoy que acababa de coger más viajeros; decenas de voluntarios y vecinos ofrecieron los primeros auxilios a las víctimas

Publicado por
Alejandro Posillo
León

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«Noté que algo me tiraba hacia atrás y todo el vagón se llenaba de humo y de chispas. Cuando quise reaccionar y salir del tren, me di cuenta de lo que había ocurrido. Vi varios cadáveres en el suelo y gente corriendo llena de sangre en la cara y en el cuerpo. A más de uno le faltaba algún miembro». Quien así se expresa es Manuel Moya, un hombre de mediana edad que a las ocho menos diez de la mañana cogía el tren de cercanías en la estación de Santa Eugenia, un barrio popular en el este de la capital, para ir a Atocha a trabajar. Su suerte fue que se montó en el cuarto vagón (el convoy era de seis). La muerte aguardaba en el tercero. Fernando San José es un funcionario del área del Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid que a la hora del atentado trabajaba en un jardín contiguo a la estación. Tras oír la explosión, salió corriendo hacia el tren. «Nada más entrar en el vagón que había estallado vi cuatro o cinco cadáveres. Tomé el pulso a un par de ellos y no tenían. Después socorrí a una mujer que tenía el cuerpo entre el andén y el vagón, con la cabeza colgan-do hacia abajo y los piés hacia arriba. Nos costó mucho sacarla. Luego ayudé a un chico a cortar la hemorragia que tenía en una pierna. Ha sido un autén-tico horror», señaló este voluntario de Cruz Roja. Colapso en el andén Junto a este funcionario, varios sani-tarios de una residencia de ancianos cercana llegaron a la estación en un par de minutos para atender a los heri-dos. Una joven auxiliar de enfermería explicaba que había «muchísima gente ensangrentada tirada en el suelo. El andén se encontraba absolutamente colapsado». En pocos minutos, nu-merosos voluntarios comenzaron a ayudar a los heridos, incluso alguno de ellos fue trasladado a los hospitales en coches particulares. El atentado también afectó a cientos de vecinos que residen en los edificios ubicados a unos cincuenta metros de la estación. Isabel, una mujer que reside con su madre en una vivienda del número 6 de la Calle Castillo de Aza, cuyas ventanas dan a las vías del tren, expresaba cómo vivió el suceso: «Estaba en la cama. Primero oí una ex-plosión lejana y luego un estruendo. Tembló todo el edificio. Escuche gri-tos de mis vecinas y salí a la ventana. Había una gran columna de humo y vi gente que corría sangrando y con la ropa destrozada. Luego comenzó a lle-gar la policía, el Samur y los bomberos. El espectáculo era horroroso».

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