| Crónica | Un clima de normalidad |
El silencio de los verdugos

Imagen de televisión de algunos de los acusados por los atentados
La maquinaria judicial del proceso del 11-M está empezando a coger velocidad de crucero. Ayer sólo hubo sesión matinal y se desarrolló un clima de absoluta normalidad. Nada más comenzar, el presidente reiteró en público las disculpas que ya en la tarde del jueves le había anticipado por teléfono al abogado Endika Zulueta, defensor de El Egipcio. Gómez Bermúdez destacó la labor y buena fe del letrado y lamentó si en algún momento había cometido algún exceso, que espera que no se vuelva a producir durante el juicio. Lo cortés no quita lo valiente. Ayer declararon Youssef Belhad, presunto jefe del ala militar y portavoz de Al Qaida en Europa y Hassan El Haski, supuesto responsable máximo del Grupo Islamista Combatiente Marroquí (GICIM), y cerró Jamal Zougam. Los dos primeros están en el banquillo de la pecera como presuntos instigadores de los atentados de Madrid y el tercero como presunto autor material. Belhad y El Haski, siguieron la pauta de El Egipcio y sólo respondieron a las preguntas de sus respectivos abogados defensores. Pero el silencio de los verdugos -de momento presuntos- difícilmente les va a librar de los más de 38.000 años de cárcel teóricos y 40 efectivos que el fiscal pide a cada uno de ellos. Youssef Belhad, Abu Dujanah el Afgani, usaba un alias que no es casual, Abu Dujanah fue un guerrero del ejército de Medina, a las órdenes del profeta Mahoma, que se juramentó estar en los lugares de mayor peligro en las batallas y, para que todos lo pudieran distinguir, se colocaba un pañuelo rojo en la cabeza. Este marroquí de 30 años está cogido por las declaraciones de uno de sus sobrinos, quien le oyó decir que pertenecía a Al Qaida, le vio guardar dinero procedente de la recaudación en la mezquita de Bruselas y le enseñó páginas web con contenido yihadista, al tiempo que le invitaba a incorporarse a la guerra santa. Ayer alegó que su sobrino hizo esas declaraciones por miedo, ya que, tras su primera detención en Bélgica, fueron arrestados sus parientes y recibieron insultos y ma-los tratos. A pesar de que el sobrino le oyó decir que los atentados de Madrid «le parecían poco», trató de convencer al tribunal de que no es un islamista radical, sino «un musulmán normal». Las declaraciones que tuvo a bien hacer Hassan El Haski a preguntas de su abogado fueron aún menos convincentes. No tuvo inconveniente en reconocer que se fue a estudiar teología islámica a Paquistán y Siria, para acabar instalándose en Lanzarote, aunque su familia sigue viviendo en Siria. En las vísperas del 11-M, según algunos testimonios, se encontraba en la región de París «muy nervioso e inquieto, buscando un escondite seguro». Cuando la preguntaron si rechaza la Yihad, no dijo que no: «Es una lucha, una superación. La defensa propia es una forma de Yihad». Jamal Zougam no se negó a responder a las acusaciones y no necesitó de intérprete. Pero tampoco ofreció argumentos convincentes de su inocencia. Fue el primero en ser detenido, nada más aparecer la mochila que no explotó, porque su locutorio vendió las tarjetas de los móviles que activaron las explosiones. Cuatro testigos diferentes lo reconocieron como uno de los mochileros de los trenes. A pesar de las evidencias, insistió que a esas horas dormía plácidamente en su casa.