Diario de León

Reportaje | ana gaitero

Mujeres en la sombra

Un centenar de mujeres «viven» en la cárcel de Mansilla de las Mulas, el 5,5% por ciento de la población reclusa del centro, la mayoría inmigrantes condenadas por tráfico de drogas

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«En la prisión no se vive bien porque estamos sin libertad, pero si lo comparo con lo que hay en Brasil... aquí no estamos mal». Lucilaine Dos Santos cumple seis años de condena en la prisión de Mansilla de las Mulas por tráficio de drogas, como el 75% de las mujeres encarceladas.

Brasil es uno de los países que se ha interesado por los módulos de respeto gestados en el penal leonés y extendidos por todo el país, pero al que no pueden acceder las mujeres porque son minoría y el diseño arquitectónico del módulo -”igual que los otros 13-” no permite diferenciar espacios.

El tráfico de drogas es la causa más común entre las presas del centro penitenciario leonés, un centenar sobre 1.800 personas que abarrotan sus catorce módulos, diseñados para un millar. Lucilaine tiene 22 años y un hijo de seis que sabe que está presa, aunque se olvida y en Navidad reclama su presencia. «Un día le preguntaron en el colegio qué hacía yo en España y contestó: Mi mamá es traficante, como si fuera un oficio...», cuenta entre risas.

El 20 por ciento de las mujeres presas han cometido delitos contra el patrimonio y el orden socioeconómico, robos en todas sus modalidades. Remedios, de 64 años, pertenece a este grupo de penadas. Está a punto de finalizar la condena de cinco años y sueña con volver a Valencia.

Hombres y mujeres se diferencian en su comportamiento criminal: los delitos contra el patrimonio y el orden socioeconómico ocupan el primer puesto en la escala delictiva masculina con el 37,7% y el tráfico de drogas el segundo, al ser la causa por la que están en prisión el 28,1% de los hombres. Más del 7% están por delitos contra la libertad sexual, el 5% por homicidio y otro tanto por lesiones y casi el 3% por causas contra las relaciones familiares.

Los homicidios son el tercer grupo de delitos con más presencia en los módulos femeninos, pero a mucha distancia de los otros dos: menos del 3% de las reclusas. «Estoy aquí por un muerte», confiesa una mujer que lleva 19 años entre rejas, casi la mitad de su vida. Va a la escuela de la cárcel para recuperar el tiempo perdido y oportunidades que le negó la vida: «De pequeña nunca fui», aclara.

La cárcel es la primera escuela para algunas presas. Zoraida lo corrobora: «Lo poco que sé lo aprendí aquí», confiesa la mujer suramericana, tres años de prisión y 52 de vida. «Ahora que salga voy a seguir estudiando», añade. De momento, no pasa un día sin leer unos párrafos de la Biblia y participa en la revista Hipatia que realizan con el Musac. Dos de las cinco «escuelas» que hay en la prisión son mixtas. Una joven aprovecha para solicitar formación más específica y adaptada a los tiempos que corren, especialemente en informática. «Sería bueno tener alguna preparación para cuando salgamos de aquí», comenta. Entre las universitarias figura una de las dos presas de ETA, estudiante de la Uned, que echa en falta más tutorías presenciales.

El departamento de mujeres acoge a presas de segundo grado, la mayoría, y también de primer grado. Su régimen de vida penitenciario está condicionado por la falta de espacio. «No hay posibilidad de clasificar a las presas porque sólo tenemos un módulo», reconoce el director, José Manuel Cendón.

De hecho, la guardería, uno de los espacios más vistosos y coloridos del centro cuando se abrió la cárcel de Mansilla en 1999, se ha transformado en sala de exposiciones para los trabajos que se realizan en talleres y cursos, entre ellos faldones de recién nacidos y trajes de primera comunión confeccionados por las presas. «La mayoría de las mujeres que hay en este centro son extranjeras y en general tienen los hijos en su país de origen», aclara el director. El 80% de las mujeres son extranjeras, frente a un 57% por término medio en la cárcel leonesa y un 30% en los centros de la administración estatal. Como consecuencia, la mayoría de las penadas carecen de arraigo familiar y sólo tienen opción a los permisos tutelados por Cáritas.

Así que muchas tienen la mirada puesta en el artículo 89 del Código Penal, que permite «conmutar» la mitad de la condena por la expulsión. La venezolana Sandra Contreras calcula cuatro meses para empezar una nueva vida vía artículo 89... ¿quizá en el mundo de los medios de comunicación? «Me gustaría muchísimo...», confiesa. Es la presentadora del programa televisivo Ahora sí y la única mujer que estos días trabaja en el equipo de In Voce, compuesto por una quincena de penados que han aterrizado en el mundo de la comunicación desde talleres y cursos. In Voce produce y realiza la televisión intramuros, la primera revista carcelaria que sale a la calle e intenta abrirse camino laboral en el mundo del diseño.

El trabajo es un privilegio que disfrutan en la cárcel leonesa el 13% de su población. Tan sólo 240 personas de las 1.800 que hay en la prisión realizan trabajos remunerados. La crisis también ha golpeado el trabajo entre rejas y se han cerrado algunos talleres productivos. Uno de costura para mujeres se fue abajo por falta de presas dispuestas a trabajar bajo las condiciones impuestas.

Las mujeres que trabajan están en destinos de la prisión, como la lavandería, la cocina, el economato, la limpieza de las salas de comunicaciones. El destino con más sueldo es el economato, 290 euros al mes, a donde acaba de llegar Gladys. Su paga, un potosí en Paraguay, «volará» casi íntegra para mantener a sus cuatro hijos. Muchas mujeres son cabezas de familia a distancia y resuelven como pueden. «Algunas se hunden porque tienen hijos pequeños y resolver por teléfono es muy difícil...», comenta una interna. Ella tiene «la suerte» de que los suyos «ya están mayores» y viven en España. Y hay quien los ha llorado en la cárcel, como la brasileña Linda Alva, que perdió a un hijo de nueve años recientemente.

La mayoría pasan la mañana en el salón del módulo 10. Leen, escriben, conversan... van al gimnasio. A falta de un programa oficial para el módulo, se «regalan» conocimientos y habilidades entre ellas: una sesión de yoga, una clase de español o un peinado en la peluquería... «Cada quien busca su ocupación», señala Sofía, hondureña que ofrece clases de español de forma voluntaria.

El coro y las clases de guitarra son dos de las actividades que permiten salir fuera del módulo 10 e incluso fuera de la cárcel, como los proyectos con el Musac. Los talleres ocupacionales están cerrados por obras, pero en el último año han tenido opción a cursos de cocina, orientación laboral y confección industrial.

Las mujeres -”señalan educadores y vigilantes-” reivindican más que los hombres, asumen las normas fácilmente y, en general, son más cuidadosas. Y hay otro rasgo diferenciador: tienen condenas más «severas» porque el tráfico de drogas tiene una gran carga penal, pero están menos «castigadas» por el consumo.

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