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Un baño de nostalgia

Soler ha escrito en «El camino de los ingleses» un libro de recuerdos
La nostalgia es para los seres humanos como la miel para las abejas. Nos gusta hundirnos en ella. Es un sentimiento dulce y, a la vez, amargo, un espejo que nos refleja y nos diluye. Antonio Soler (Málaga, 1956) se llevó el prestigioso Premio Nadal con un baño de nostalgia. El camino de los ingleses es como el último verano del 42 o del 52 o del 62, los helados Camy, las revistas de artes marciales, Lana Turner. Es el último peldaño de unos adolescentes que dejarán de serlo para darse de narices con la tapia de la realidad. Lo mejor de la prosa de este veterano escritor está en el libro. Soler, que ha ganado todos los galardones importantes en este país, es de los que usan las metáforas como fuegos artificiales, en ocasiones demadiado cegadores. Cuando acierta, se pone tan estupendo como el Max Estrella de Valle. Un ejemplo: «Ella se movía como las pompas de jabón». En El camino de los ingleses se nota mucho que Antonio Soler ha medido su capacidad de fábula, su riqueza, para construir un libro para todos los públicos. En la propia composición de la obra, con respecto a libros anteriores, ha eliminado su tendencia a enhebrar voces, a alternar discursos, tiempos, con el único cambio de rasante de una coma. Ha perdido genialidad, pero le ha quedado todo más claro. Digamos que ha cedido a la tentación de ser Lobo Antunes y se ha ido a un corte más tradicional, más sujeto, verbo, predicado, para no asustar a los lectores que no tienen ganas de complicarse la vida. En definitiva, literatura hecha con pasta de literatura. EL CAMINO DE LOS INGLESES. Antonio Soler. Destino. 350 páginas. 19,50 euros. Calificación: