El gen populista
Los discursos contra la plebe, conocidos desde la Antigüedad, suelen estar circunscritos hoy a las campañas electorales, que son situaciones potencialmente revolucionarias, aunque enmarcadas en el tiempo y perfectamente controladas por el Gobierno Civil. Integradas, digámoslo así, en el «funcionamiento regular» del sistema político al que hemos convenido en denominar democracia o gobierno del pueblo. Pero que estén integradas no equivale a decir que estén domesticadas, y por eso durante los procesos de captación de votos le es posible escuchar al electorado —el resto del tiempo, chusma, como muy bien vieron los Siniestro Total— barbaridades sin cuento, mentiras verdaderas y verdaderas mentiras, promesas imposibles e incluso hermosas utopías que jamás harán mejor el mundo pero sirven para ensoñar durante un par de cabezadas con sociedades más humanas. Aunque, como lo que es cielo para uno puede resultar infierno para otro, ni en esos asuntos somos capaces de ponernos de acuerdo y así, peleándonos, se nos pasan esas ocasiones únicas para poner en su sitio a nuestros políticos, que nos engañan como si fuéramos contertulios rosas.
Aunque todavía no se habla mucho del gen populista, casi seguro que algún día se hará, porque si hay un gen egoísta, siendo sociales como somos, tarde o temprano a alguien se le ocurrirá reivindicar ese lado cooperador y colectivo del que probablemente nacen todas las bondades de las que somos capaces como especie. Claro está que no es lo mismo ser sociable que manipulador, pero en el mundo de la política resulta tan parecido que repartir abrazos a las farolas y aupar bebés para una foto son acciones que siguen dando votos.
Históricamente, el populismo es una moneda con dos caras. Una apela a la tradición de lo que siempre fue; la otra, a la opinión pública, al presunto sentir de la mayoría, a la «falacia ad populum». Pasado y presente como modelos para configurar el futuro en torno a medias verdades o verdades ningunas, porque, como todo, dependen del punto de vista, el según y el cómo y el con quién. Inscribir en las tablas de la ley, sin más ni más, los usos o costumbres pasados puede conducir a la incoherencia del inmovilismo que rechaza todo avance y ensalza bárbaros hábitos. La dictadura de lo favorito, de lo más vendido, aboca a otro despropósito: el de la multitud de moscas que no pueden estar equivocadas cuando eligen bosta. Cuidado con la manipulación de las emociones. Estamos en campaña