MAR DE FONDO
Salir de pozo

Inmigrantes en una actividad comunitaria en el Chalé del Pozo
H ace un año saltaron las alarmas. El miedo corrió como la pólvora y no faltaron los agoreros que anticipaban una avalancha de inmigrantes que pondrían en peligro la seguridad en las calles de una zona tranquila de León. El miedo, que es libre, desplazó a la razón, que se empecina en salir a flote más pronto que tarde. Y ocurrió que a los pocos días de que los nuevos inquilinos llegaran al Chalé del Pozo ya nadie se acordaba de las concentraciones y las protestas de algunos vecinos que, con el tiempo, han encontrado entre sus calles no a ese anticipado sin razón riesgo, sino a personas que han convivido en la más absoluta normalidad, se han esmerado en aprender el idioma, han participado en actividades comunitarias y se han esforzado en conseguir un empleo. En realidad, el peligro siempre lo han sorteado ellos. Desde que salieron de sus casas para vivir travesías tan trágicas que solo nos espolea cuando las vemos de cerca, como las imágenes de la muerte de cuatro mujeres y dos niñas en el cayuco que volcó en El Hierro con más de 150 personas abordo. El horror nunca puede ser indiferente.
«La hospitalidad transforma tanto a quienes la reciben como a quienes la ofrecen», dijo la coordinadora del Programa de Protección Internacional (PPI) de San Juan de Dios, Dolores Queiro. Esa hospitalidad que comenzó con recelos se ha transformado en un ejemplo para una sociedad que no tiene que tener miedo a las personas solo porque sean negras.
Los 445 subsaharianos acogidos en el Chalé del Pozo, procedentes de Mali, Senegal, Marruecos, Ghana, Gambia, Costa de Marfil, Guinea Conakry, Guinea Bissau, República Centroafricana, Burkina Faso, Mauritania, Nigeria y Camerún, han recibido 486 horas de clases de español, se han conseguiro 271 solicitudes de protección internacional y 80 empresas se han implicado en colaborar para intentar ofrecerles un empleo, una contribución que ha permitido formalizar 78 contratos de trabajo, mayoritariamente en la ciudad de León y su provincia.
El Chalé del Pozo cierra sus servicios tras terminar el periodo del decreto de emergencia que surgió por la crisis migratoria ante la llegada a las costas canarias y andaluzas de miles de personas procedentes de África. Pero el problema sigue.
El rifirrafe político se mantiene en el reparto de menores inmigrantes que llegan solos a las costas de Canarias. Piense en su hija o su hijo de nueve o diez años e imagine el infierno de una travesía, la llegada a un mundo desconocido, hacinados en centros en condiciones insalubres. Llegan solos, pero desconocemos si han perdido a sus padres o madres durante el camino y se enfrentan al desamparo tras sobrevivir al infierno Los políticos se los lanzan como números y pelotas de ping pong.
Hoy no queda nadie en el Chalé del Pozo. «Luchamos contra tres gigantes, querido Sancho. La injusticia, el miedo y la ignorancia», dijo Alonso Quijano a su escudero. De los tres gigantes hemos aprendido mucho en un año.