Diario de León

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Quizá quien ha reflexionado con mayor contundencia sobre las instituciones artísticas contemporáneas sea uno de nuestros escritores más preclaros: el novelista Luis Mateo Díez, quien en su obra «Los desayunos del Café Borenes», un libro delicioso sobre el arte de la ficción, arguye que son «el colmo de la contradicción» en cuanto se pretenden «museos de lo venidero». Hubo un tiempo, antes de lanzarse a construir aeropuertos, en que cada comunidad erigió su propio museo del arte del mañana. Ahí se anda el éxito de unos y otros, contado en visitantes y viajeros, en inauguraciones y vuelos. Nacieron con una semilla maligna dentro: reciclar esos espacios en los que tanto se ha invertido cuesta otra millonada, así que en general la única alternativa factible ahora está a medio camino entre la huida hacia delante y dejarlos morir a su abandono. Usted, que no los usa, los ve exteriormente como siempre, pero por dentro se deterioran a toda pastilla: se van reduciendo presupuestos, no se renueva personal, los directores se dejan ir en cuanto verbalizan de puertas afuera la primera discrepancia: son muertos medio vivos sin enterrar, porque no hay con qué.

Estos museos del futuro son galerías que exponen una apuesta por lo venidero, pagada con las arcas del común ―igual se subvencionan muchos vuelos desde los aeródromos de proximidad y postín―, lo cual es grave por varios motivos, pero sobre todo uno: el Poder tarde o temprano querrá que su apuesta cuaje, ejerciendo un dirigismo sobre dicho arte determinado por él mismo y sus sacerdotes, creando un canon estético falso. Individuales, adquisiciones, seminarios y publicaciones coadyuvarán a hacer firme lo que comenzó siendo nada más una apuesta gaseosa, a crear un escalafón en cuya cima de la pirámide estarán los autores promocionados por las entidades públicas, sacralizando así su inversión. Se trata de un prestigio autocatalítico, de una espiral que se retroalimenta a sí misma, falsa de nacimiento. En el otro sentido, el de la relación del artista con su mecenas, el peaje que el primero tiene que pagar seguramente no vaya más allá de cierto apoyo ideológico en determinados momentos, y como muestra recuerden el botón de un sector subvencionado en exceso: el cine español y sus politizadas ceremonias de los Goya, en algunos casos sonrojantes hasta para quienes estaban de acuerdo con sus reivindicaciones. Subvencionar la creación seguramente continúa siendo imprescindible, pero intervenir en el canon no.

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