Diario de León

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Mira Rolindes la tele y pone mueca cínica cada vez que ve subir a los altares la «dieta mediterránea» como la madre de todas las saludes. Dice ella que su dieta fue siempre más norteña y pastorona que de esas tierras y mares lejanos... dieta cantábrica, si acaso. Anda Rolindes por los noventaidós ¡y lo que no tendrá comido y bebido como para hacer encuesta sin salir de su pellejo!... Que le vengan con la huerta levantina y frutas y verduras cinco veces al día se le cuadra mal. Ni berenjenas ni calabacines ni cardo ni alcachofas ni apio ni judiones ni espinacas se vieron en su vieja huerta, limitada sólo tres meses a tomates, pimientos, fréjoles, acenorias, quizá unos guisantes, patatas, tres lechugas y, eso sí, berza sin duelo, la de asa de cántaro y repollo... ni más frutos secos que unas nueces, alguna avellana y una manzana al día. El aceite virgen jamás lo conoció hasta que su nuera se le pinó (pues que lo traiga ella), que aquí lo propio le fue freír con manteca de vaca (como el francés), de cerdo (como el cristiano viejo) o con sebo en patata revolcona (como el pobre), grasa a manta, y mucho hidrato de carbono con lentejas, alubias y garbanzos en potajes de a diario, además de huevos, gallina vieja, algún conejo o la machorra en fiestas... sin olvidar que todo debía entrar «a fuerza de pan», hogaza metida en harina para aguantar una semana, y con mucha leche hasta en las sopas de ajo, y formando todo ello un conjunto nutricional con pastas de horno, flanes o arroz con leche que hoy escandaliza a la peña dietista y al coro de conversos de la alimentación sana. Y ahí está Rolindes, sonriéndose con la dichosa dieta mediterránea y viendo además que la mayor longevidad no la alcanza la España levantina ni la olivarera ni la manchega ni la navarra, sino Orense (la provincia con más centenarios), Asturias, Zamora o León, este bendito noroeste de dieta burra que quemó sus grasas laborando como esclavos. Y no quiere citar Rolindes su vasito de vino en las comidas para que no la malinterpreten; vino de pelea, que en eso no es de gastar. Otra cosa es el orujo cuando hace sequillos y un traguito pícaro se le va al coleto. E insiste: de lo que comiste, come.

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