EL MIRADOR
El baile de San Vito
El consumo de drogas es muy malo y las elecciones en Aragón lo han demostrado una vez más. En un momento dado, a alguien en el PP se le ocurrió que el agitador ultra Vito Quiles podría ser su Bud Bunny. Me imagino al portentoso estratega con los pelos desordenados y las gafas caídas, febril, con mucho sueño atrasado, sentado en una mesa con los papelotes revueltos, probablemente anfetamínico o con dosis suicidas de cafeína en la sangre.
Yo lo comprendo. Hay veces en las que uno cree tener ideas brillantes y osadas, como de película de Tom Cruise, y no ve el momento de ponerlas en práctica. A mí eso me solía pasar mucho de joven, los sábados a las cinco de la mañana después de visitar seis o siete bares. En ese momento llegaba, indefectible y puntual como un AVE de los de antes, la inspiración. Eran todas ellas intuiciones geniales, sin fisuras, de una perfección esférica, que solo podían conducir al éxito literario o profesional. Por desgracia, los domingos a las once de la mañana, el café y el ibuprofeno volvían a poner las neuronas en su sitio y a aquellas ideas magníficas les pasaba como al conde Drácula: la luz del sol las hacía fosfatina.
Deberíamos implantar con urgencia el control antidopaje en los partidos políticos, aunque solo fuera a efectos educativos, para enseñarles luego a los chavales de los institutos el daño que hacen las sustancias psicotrópicas. El tipo que sugirió invitar a Vito Quiles al mitin final del PP en Aragón tuvo que alcanzar unas cotas que ni Lance Armstrong en sus buenos tiempos. Lo raro es que a nadie en el partido, ni siquiera al propio Azcón, se le ocurriera darle al día siguiente una palmadita en la espalda y un ibuprofeno.