CORNADA DE LOBO
Maldita diosa
Al político que gobierna se le elige allí donde lo permite lo menos malo, la democracia. Pero en este mundo, en esta vida, no sólo gobierna el político o mandatario. El dinero es el verdadero estadista que decide las circunstancias de nuestra vida y el destino de los pueblos. Y quienes lo tienen son sus sacerdotes que, a su vez, acatan a sus santos pontífices que vivaquean en lo más alto de su pirámide de oro. ¿Y quién les elige a ellos?, ¿tienen limitados sus mandatos?, ¿alguna vez se jubilan o dimiten?... ¿quién decidió y eligió que gobernaran nuestras vidas y haciendas gentes como Zuckerberg, Elon Musk, Gates, Bezos, Soros y esa corte privada de megamillonarios oligarcas cada vez más gordos y epulones?... Evidente: los elije la fortuna, la diosa Fortuna, la caprichosa, voluble y fulana diosa que se acuesta con quien quiera de los dioses del Olimpo o de los arrabales de la dignidad, la diosa del Cuerno, la malparida madre de todas las desigualdades.
¿Y qué ocurre con los olvidados de la diosa Fortuna, los pobres, los desheredados, los hambrientos de justicia?... ¿?... no tienen otra: apuestan a un dios que les dé el título de hijos, de pueblo elegido. Gran idea. Y apareció la religión, bálsamo de todos los males y de la mala suerte con la promesa de que una mala vida aquí abajo hace merecer la gloria allá arriba. En la religión halla consuelo el perseguido, el desposeído y el olvidado por la maldita diosa, aunque vendría después un dios de la Filosofía con luengas barbas de Padre Eterno y que por Marx atiende diciendo «la religión es el opio del pueblo», olvidaos, el único Paraíso está en la Tierra, en la materia materialista, en el capital que unas pocas manos controlan. Pero nada le conviene más al capital que hospedar a la religión del pueblo. Los pastores evangelistas sientan a Dios al lado de Trump y la derechitis contagiosa que galopa reinstaura el «Dios, patria y familia»... y aqui vienen estos nenes de hoy que se hacen papones sin creer más que en la Fortuna... y las nenas (dice Nuria Labari en El País), con su «¡mamá, soy rebelde, cómprame una Virgen!», medalla que bailará entre sus pechitos como un amuleto más.