Diario de León

Carlos Santos de la Mota

León y la inteligencia política de grupo

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Se les supone a los poseedores de inteligencia y mente avispadas un beneficio en primer lugar propio. Y así es por decantación lógica. De ello también saldrá beneficiado ese otro cuerpo social menos afortunado.

Pero la inteligencia abarca muchos campos y circunstancias, puede estar condicionada, se hereda por interés y no tanto por vía genética, puede ser coherente o conveniente, sus manifestaciones deberse a golpes vitales, desengaños o frustraciones, puede fragmentarse por épocas y condiciones y es también una obligación o recurso para zafarse de listos y sinvergüenzas, es decir, la inteligencia es el arte de sobrevivir de manera espontánea o inducida alcanzando el mejor provecho que puede ofrecernos la lucidez. Una de esas inteligencias que a la sociedad no debe serle baladí porque marca la consecuencia de sus vidas, es la que se refiere al marco político. Utilizada tozuda y obsesivamente y si lleva a resultados que se manifiestan negativos porque hay regresión evidente y sostenida o cronificada en el desarrollo de la sociedad, esa inteligencia política ha de ser reconocida como no conveniente o contraria al propio interés. Procede entonces pararse y reflexionar. La vorágine del día a día y su mucho ruido distrae y abduce y no favorece el diagnóstico acertado. Sin saberlo y hasta sin quererlo, estamos tirando piedras sobre el tejado propio al poner la inteligencia insuficiente o inadecuada al servicio de la marcha decadente de la sociedad. Fechas atrás fue el Día de la Hispanidad. Hace mucho tiempo que deberíamos estar celebrando el Día de la Leonesidad (por cierto, voz inexistente en el diccionario) con el derecho que asiste al pueblo y la cultura que todavía se reconoce y realidad más avanzada a la de hispanidad. ¿Sería posible? Desde luego. ¿Nos atreveríamos? Deberíamos expresar nuestro derecho. ¿Nos beneficiaría? Sin ninguna duda favorecería el acercamiento y reconocimiento propios. Incluso hoy en nuestro nuevo marco político también sería españolidad, esa diversidad que tantos aplauden y llaman riqueza pero nunca consienten si no es bajo presión. La celebración nacería, como tantas cosas, con dimensión pequeña e ilusión enorme, sin ninguna oficialidad, por supuesto, hasta que se lo ‘recomendase’ la aclamación popular. Y sería en principio espontánea y emocionante con vocación transversal en recuerdo de la Corona Leonesa y dentro de ella sus pueblos, compatibles, hermanos. Un puñado de intrépidos amigos bastaría para ir desbrozando los muchos senderos hoy inutilizados de lo que fue nuestro marco común. Y así, edición tras edición crecer en la reconstrucción, en la concienciación y en el respeto y comprensión subsiguientes de los demás sobre lo que toma cuerpo social, vence oposiciones y es indisimulable. Pero dónde y cuándo ese espontáneo renacer. Eso podríamos situarlo en los sitios y fechas que dieron lugar a la mal llamada «unión definitiva», justo en ese vértice que nos supuso un final abrupto y desastroso, enhebrándolo ahora con el otro vértice, el de la recuperación emocional del territorio y el comienzo de otra esperanza, de la esperanza realmente. Nada mejor que contraponer al lugar y momento de aquel fracaso la osadía del desafío con la ilusión del deseo por aquel gran León. Reconocer la estrechez cotidiana de la mayoría y dolerse por ello sin complejos, es inteligencia reivindicativa útil, y la política su eficaz herramienta. Continuar sin más o aparentar bien por mal es favorecer lo desfavorable que nos persigue y permanecer en nuestro estado regresivo. Viajar por León (es igual el León que sea) es hallar pueblos deshabitados, ruinas manifiestas, algunas calles y carreteras producen vergüenza, se ve abandono, depresión, abunda lo achacoso, la pobreza envuelve nuestros entornos y es evidente en nuestra economía, todo en una visible decadencia lastrada por políticas equivocadas o ingenuas, inconvenientes compañías autonómicas o distraer votos y apoyos a quienes siempre han sido más obedientes con las voces de fuera que responsables con las necesidades de dentro. Nuestro caso es el de un pueblo utilizado, nunca representado ni defendido. Han sido largos y repetidos siglos de mirar contra dirección, de influir contra el interés adecuado del territorio, su desarrollo y la sintonía y comunión sociales. Adivinar que si nada cambia nuestro futuro va a ser igual o peor, también es inteligencia útil aplicada al compromiso con la responsabilidad de grupo. Estamos necesitados de despertar. Jóvenes, es vuestro turno para no seguir emigrando. Dentro de unos días el cuerpo electoral de los leoneses regionales volverá a ser interpelado y utilizado por enésima vez. Como viene siendo costumbre, en la población en general podrá más la emoción que la razón y se impondrá la muy previsible torpeza política. A los colegios electorales irán las personas con sus cabezas sobre los hombros pero en las urnas el gran porcentaje de sus votos serán tripas en forma de papeletas ‘en contra de’. También irán los de las fidelidades sin cuento ni razón a quienes nunca han traído nada más que tiempo dilatado y hueco. Acudirán también los que con voluntad obtusa discuten los cambios aunque les puedan beneficiar. Y a todos se añadirán esos no pocos inocentes sin más allá en sus expectativas que ignoran lo mejor que puede ser la tierra que marca y condiciona sus vidas. Después, salvo imprevistos, sucumbiremos con el beneplácito mayoritario y pondremos más tiempo hueco por delante. Sin embargo, el gobierno que resulte del plebiscito sólo debería servirnos para exprimirlo y obtener la recompensa a la que obligue la fuerza de unos votos ejercidos con inteligencia política útil y de grupo. Si no, para qué cedemos autoridad. Previamente y como es costumbre en las sociedades que han sido conducidas hacia la polarización, entre nosotros y por un mecanismo del más absurdo despropósito, accionaremos la retroalimentación de nuestro indigente saber político y nos haremos daño en lo propio. Olvidándonos del real interés que beneficie a la tierra donde estamos y vivimos, nos distraerá la maquinaria demagógica de los mensajes vanos, dicterios mutuos e hipérboles entre candidatos. Abducidos y cuasi poseídos pasaremos a ser defensores de causas tan alejadas a nosotros que se igualan con ajenas. Y error grave es que una sociedad se distraiga en enfrentar futuros antes de recomponer su presente mediante la autonomía de su territorio histórico. Sin solar no hay edificación. Hasta que no concretemos mejor el interés de la tierra que nos importa y que eso sea mayoría que doblegue otras voluntades que nada han aportado, el tiempo y la torpeza serán nuestra losa. Mientras tanto sólo podremos sobrevolar sobre un presente y futuro inanes, como les pasa a quienes se desentienden de sus huellas y pierden los anclajes que les fijan a la identidad que respalda su pasado. Las sociedades de los pueblos arraigados tienen alma asociada, reconocida, y pesan con gravedad y autoestima sobre su territorio. Por otro lado, la inteligencia política de grupo que pido debe completarse con responsables políticos competentes en cualquiera de los ámbitos en liza. Y esta es mi pregunta, ¿los hay? El objetivo es apasionante y merece mucho la pena.

Hasta que no concretemos mejor el interés de esta tierra y que eso sea mayoría que doblegue otras voluntades que nada han aportado, el tiempo y la torpeza serán nuestra losa

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