Diario de León
El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante un acto en Plasencia en la Puerta del Sol, a 27 de octubre de 2026, en Plasencia, Cáceres, Extremadura (España).

El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante un acto en Plasencia en la Puerta del Sol, a 27 de octubre de 2026, en Plasencia, Cáceres, Extremadura (España).Carlos Criado - Europa Press

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Vox es un partido de curso democrático legal, retardatario (respecto a cuanto considera erróneo), reaccionario, indispuesto al diálogo, plantado en unos principios innegociables, una derecha mesiánica cuyos apóstoles no ejercen el poder sino que se dedican a recoger las nueces que caen de las ramas de la gestión ajena. Y, como no gestionan nada, continúan dando la impresión de infalibilidad y tener palabra. Ese patrimonio lo han conseguido con un puñado de abandonos de gobiernos regionales excusados en el reparto de unos trescientos menores extranjeros entre todas las autonomías. Una inversión hondamente populista que no les ha podido salir mejor, al menos en Extremadura, pues los resultados aquí y en Andalucía, aunque les permiten condicionar gabinetes, señalan una tendencia clara a haber alcanzado su techo electoral.

Habrán entendido que sus sueños de convertirse en partido mayoritario en el país no tienen demasiado recorrido. Hasta aquí la definición para foráneos, descripción que, con unos cuantos matices, valdría igualmente para algunos de sus antípodas a la izquierda de la izquierda alternante. Para autóctonos, bastará recordar que es un partido que nació como una escisión popular compuesta por los más duros del PP: ultraliberales, nostálgicos del franquismo y supernumerarios. Tras peinar el pelo de la dehesa con varias purgas, se ha quedado en nacionalpopulismo, nativista por no decir xenófobo, neoliberal y teocon.

Las formaciones de extrema izquierda que ahora abogan por recuperar una especie de frente popular alternativo, sin deshacerse de sus viejas siglas, son una amalgama de buenas intenciones y modelos de sociedad fracasados ya muchas veces a lo largo de la historia. Han cogobernado con el socialismo sanchista y descubierto de primera mano dificultades prácticas que en sus ensoñaciones utópicas, sin bagaje de gobierno, no aparecían por ningún lado. Si de esa experiencia aprenden a centrarse en lo pragmático que tiene cualquier forma de poder, pierden el caladero del voto más extremista, cercano a lo antisistema; si no lo hacen, parece imposible que crezcan mucho más allá del límite que ya conocen, salvo debacle o descomposición del socialismo alrededor de Sánchez.

En esas estamos, descabalado el modelo de la alternancia: a la espera de que los extremos maduren, se hagan mayores de edad y por fin se centren en algo que no sea ser la guarnición del plato de sus vecinos más próximos.

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