Jiménez de Parga
Historias del reino margarita torres
TJodo un acierto, la elección como ponente del doctor Jiménez de Parga dentro de las jornadas Los Caminos de la Democracia en Europa , que se enmarcan en las celebraciones de los mil cien años del nacimiento del reino de León. El pasado jueves, en el salón de actos de Caja España, no cabía un alfiler ni de punta, tal era el interés de los leoneses por escuchar a un maestro, cuya autoridad cimentó esa idea de León, cuna del parlamentarismo europeo, tierras de libertades.
Todos sabemos que en 1188 no se reunió el consejo de ministros de Alfonso IX, rodeado del PP y el PSOE de la ciudadanía de entonces, también que quienes sentaron sus poderes en las sillas curules, lejos de resultar electos por votos democráticos, procedían de una preselección regia. Resulta torpe asociación malévola pretender hacer chanza de un evento que bien podría reforzar a un animalillo moribundo, como este León de 2010, al que entre todos se esfuerzan por matar y que él sólo acabará por morirse. No de éxito, sino como hijo de Saturno: devorado por su propia sangre. Nada peor que roer los huesos de los mayores, so excusa de modernidad.
Jiménez de Parga, con la solvencia de su currículo y su maestría en el manejo de la espada de lo evidente, hizo y deshizo la política española desde la Transición a nuestros días. Qué tiempos aquellos, en los que quienes luchaban por sacar a este país de cuatro décadas de dictadura entregaban lo mejor de sí mismos en pro de la sociedad: nuestro Fernando Suárez, cuya figura en las Cortes inclinó la balanza hacia la Democracia, Fraga o Felipe González. Jiménez de Parga alabó ese talante de servicio con tanta fuerza como el golpe que descargó sobre los actuales «empleados de los partidos políticos», así los calificó con la soltura de maneras de sus ocho décadas de vida. Esa comparación pasado-presente sirvió de introito para el centro de su exposición: 1188, Alfonso IX, el origen de un cambio que arrastró a Europa a escuchar la opinión de los hasta entonces sin voz. Que llegamos ahí por culpa de la meretriz Urraca López de Haro, cierto. Que no le quedaba otra a Alfonso, probablemente también, salvo jugar al golf con las cabezas de los poderosos. Pero optó por oír a los ciudadanos y garantizar unos derechos que todavía hoy se preservan en constituciones del s. XX como esenciales, tal recordó el Dr. Jiménez de Parga en su conferencia, con la sabiduría y el poso del que conoce el oficio y lo demuestra. Remató su charla con una reflexión coherente, pero que a muchos y muchas nos ha costado descalificaciones de ciertos cachicogabiolis culiparlantes: las primeras Cortes de Europa nacen en León, ergo son leonesas, no castellanoleonesas, ni castellanas, porque entonces leoneses y castellanos nos lanzábamos escupitajos después de mellar las espadas, tal era el cariño que sentíamos, fraternal en 1188. Leonesas, españolas y europeas.
En Burgos todos saben que el antecesor del «ceporrus actualis» no surgió en Atapuerca, sino en África, pero allí nadie afila pluma rectal sobre un atractivo revitalizador de una tierra. León, tierra de libertades en un tiempo feudal. Pues sí, ¿pasa algo?