Generaciones
Burro amenazado | pancho purroy
En los sesenta París vivía la fiebre revolucionaria y abundaba en jóvenes, venidos de los cinco continentes, soñadores con emular en sus países la gesta de Fidel Castro y sus barbudos. En los baretos se conspiraba con ambiente de las canciones de Charles Aznavour y Georges Brassens, y fueron desapareciendo líderes cultos -”Sartre; Malraux y Camus-”, denostados como crápulas estalinistas por Cohn-Bendit, uno de los líderes de mayo del 68. Antes el asesinato de Ben Barka dio pistas de que difícilmente la revolución alcanzaría el Magreb.
Veinte años más tarde Londres hizo el relevo, refugio de hippys con ánimo de vivir al día y depender de una existencia simple: música, hedonismo, sueños psicodélicos fomentados por el LSD y la marihuana, pacifismo, promiscuidad y búsqueda de paraísos artificiales por Nepal y Jamaica. Una filosofía de vida espiritual, naturaleza y vegetarianismo, de niños ricos y rechazo a un mundo materialista, el de sus padres, puritanos y sin imaginación, que, no obstante, pagaban sus vidas vagas, ya algunas truncadas por la llegada del sida. Eso sí, los más hacendosos resucitaron el trabajo manual y tejían bolsas, turbantes y saris, además de confeccionar sandalias, colgantes y muñequeras. Terminó la guerra del Vietnam y los sonidos de Beatles, Rolling Stones y Bob Dylan quedaron de bandera musical. Los hippys no hacían daño a nadie en su vida alternativa, pero se extinguieron como el lobo marsupial de Tasmania.
España también se apuntó a un supuesto terremoto culto: la movida madrileña. Almodóvar cantando con faldas y medias, Chueca de calle en la que se pudo salir del armario sin que la inquisición te quemara con leña verde, la chica de ayer emergiendo entre chutes de caballo y los gallegos duros, Siniestro Total, berreando ayatola no me toques la pirola y mía terra galega donde el cielo siempre es gris. Demasiada fama para escaso bagaje.
Hoy la nueva generación convoca a botellón para celebrar la entrada de la primavera.