Ni como a Fernando VII
El corro | pedro vicente
En un intento de salvar algo los muebles, el Gobierno se ha visto obligado a posponer hasta pasada la Semana Santa la firma del llamado Pacto de Zurbano, cuyo contenido no pasará en el mejor de los casos de un nuevo parcheo contra la crisis económica. Las expectativas iniciales en torno a dicho pacto se han ido desinflando a medida que discurría una negociación lastrada por la actitud renuente del PP, atrincherado contra la subida del IVA para desentenderse del compromiso. «El Partido Popular no va a estar en ninguna foto inútil», ha dicho gráficamente Rajoy. Y no lo estará incluso no estando en desacuerdo con muchas del medio centenar de medidas puestas sobre la mesa.
La del PP es una posición estratégica ya comentada anteriormente en esta misma columna. Sus estrategas consideran que cualquier pacto supone suministrar oxígeno al Gobierno de Zapatero, algo que lógicamente no está dispuesto a hacer el PP bajo ninguna circunstancia. Aunque en origen la crisis era de naturaleza mundial, Zapatero ha conseguido con sus torpezas echarse encima casi en exclusiva la responsabilidad del grave deterioro de la economía española. Y es obvio que no va a ser el PP, máximo beneficiario del desgaste electoral socialista, quien vaya a echarle una mano para salir del atolladero. Los sondeos sobre intención de voto están avalando la tesis según la cual las elecciones no se deciden por los aciertos del partido que está en la oposición sino por los errores del que gobierna. Y son tan evidentes estos últimos como desconocidos los méritos contraídos por el PP para merecer en estos momentos la confianza mayoritaria de los españoles. Habiendo sido el primer partido que aventuró la crisis, transcurridos más de dos años sigue sin formular un programa alternativo sobre la misma. Sabemos a lo que se opone, pero, más allá de vagas propuestas sobre rebajas fiscales y reformas laborales, nadie sabe en concreto qué propone. Y sin embargo, gracias al descrédito de Zapatero, el PP sigue disparado en los sondeos.
Visto lo cual se entiende que a Rajoy le tengan dicho sus asesores que no arriesgue nada y que se limite a observar como el gobierno sigue cociéndose a fuego lento en la salsa de la crisis. Unas consignas seguidas a rajatabla por el líder de la oposición, personaje proclive al dontancredismo donde los haya. El problema para el PP es que esa actitud de Rajoy de tratar de confundirse con el paisaje no es secundada por determinados notables de su partido que aprovechan la circunstancia para irrumpir con proclamas que minan la autoridad interna y la credibilidad externa del líder del partido. A la reincidente e incorregible Esperanza Aguirre se ha sumado la pasada semana, de forma especialmente intempestiva, Jaime Mayor Oreja, contribuyendo ambos a remarcar ante la opinión publica la imagen pusilánime de Rajoy. Una imagen que él mismo se gana a pulso con su tendencia a mirar hacia otro lado y a meter la cabeza bajo el ala, como ha hecho también en el caso de Jaime Matas, el ex presidente balear. Seguramente ello explica la paradoja de que, ni aunque se las pongan como a Fernando VII, Rajoy consiga repuntar en esos mismos sondeos en los que el PP se dispara.