Diario de León
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Tribuna | Rubén García Peláez

Profesor del CSET de León

Al margen de la cordialidad, lógica por otro lado, que parecían transmitir las imágenes del breve encuentro mantenido entre el Papa Benedicto XVI y el presidente del Gobierno español José Luís Rodríguez Zapatero, poco sabemos de las palabras que ambos cruzaron. El político español era recibido por el Papa como presidente de turno de la Unión Europea, en una visita que resultaba obligada dentro de su mandato. Nos dicen, eso sí, que la crisis fue uno de los temas abordados.

Una crisis que, aunque a veces nos lo parezca, no es sólo una cuestión de cifras macroeconómicas, de estrategias, recortes y «tijeretazos», sino que tiene un rostro real y sufriente: el de millones de personas y familias que viven a diario angustias y estrecheces sin número. Algo que conoce de primera mano la Iglesia Católica, habida cuenta de que sus Caritas están desbordadas por miles de personas necesitadas, muchas de ellas derivadas desde las Administraciones Públicas que, por lo visto, se han quedado sin dinero para atender a los pobres y excluidos, entre otras cosas porque hay que mantener el nivel de gasto en los programas de festejos o por los cambios ostentosos de mobiliario y coches.

Podríamos recordar las 8133 personas atendidas en el año 2009 por Caritas Diocesana de León dentro de su programa de atención primaria, sus 2981 ayudas directas, las 1213 personas que se beneficiaron de los programas de empleo y las 236 que, gracias a estos, se reincorporaron al mercado laboral. Todo ello hecho en silencio, sin vallas publicitarias a la entrada de cada pueblo, sin esloganes ni cuñas radiofónicas, haciendo verdad el consejo evangélico de «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha». Con verdadera austeridad, no la hecha de palabras y gestos, reduciendo al mínimo los gastos de administración y burocracia, multiplicando al máximo la entrega generosa de muchos voluntarios.

Aunque no sean las únicas cifras que pueden darse, éstas, sin duda, bastarían para demostrar que las organizaciones de Iglesia al servicio de la caridad son las mejores gestoras de los recursos y las que, si de ser objetivos se trata, más los emplean para el desarrollo de los sectores desfavorecidos de la sociedad. Luego, se podrá sostener unos u otros postulados ideológicos, opinar tal o cual cosa, pero las cifras «cantan» con una pasmosa e irrebatible claridad.

Políticos y tertulianos nos bombardean cotidianamente con su visión de la crisis económica y sus recetas para superarla. La Iglesia, es cierto, no tiene ninguna receta mágica. Es tarea de la sociedad civil encontrar soluciones técnicas a los problemas actuales. Pero puede, y debe, aportar una visión ética de la realidad, recordando algunas cuestiones que, pese a ser de vital importancia, pueden quedar oscurecidas por el follaje creciente de opiniones y noticias.

El Papa Benedicto XVI lo hacía en su encíclica «La Caridad en la Verdad» (Caritas in Veritate) que aparecía hace aproximadamente un año (junio del 2009). Contiene numerosas enseñanzas tan útiles, tan iluminadoras para la situación actual de la humanidad, que hacer un breve elenco de ellas rebasaría el propósito de este artículo. Me fijaré en tres, de suma importancia y actualidad en la situación que atravesamos.

En primer lugar, la crisis económica, pese a las dificultades que genera, puede ser una ocasión para hacer un replanteamiento del actual modelo de desarrollo, basado casi exclusivamente en el bienestar y el crecimiento económico. Las sociedades occidentales después del hundimiento de los ensangrentados totalitarismos comunistas, no han acertado a formular un nuevo modelo de desarrollo que haga primar el crecimiento de la persona, en toda su integralidad, y de todas las personas, por encima del desarrollo de los mercados y las finanzas. No es viable un sistema de desarrollo como el actual que favorece que haya naciones que se empobrezcan para que las nuestras crezcan más, que promueva la creación de bolsas inmensas de pobreza para que el sistema económico mundial se mantenga saneado. Una economía «sin alma», sin medida humana será siempre un ídolo sediento de sacrificios humanos, hoy el de otros, pero mañana, sin duda, el nuestro. No se trata sólo de que no sea éticamente aceptable este sistema; es que además es inviable y suicida.

La segunda idea es que el auténtico desarrollo del hombre concierne a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones. Negar la dimensión espiritual y trascendente de las personas y los pueblos, como pretende cierto laicismo rancio, supone, más pronto que tarde, una condena al subdesarrollo. Quizás haya una ilusión temporal de progreso material, pero el ser humano y los pueblos se empobrecen internamente. Esta «anorexia» espiritual, que se manifiesta inmediatamente en una falta atroz de valores profundos, termina engendrando la ruina económica. Los individuos, comenzando por los que ostentan responsabilidades públicas, no se ponen ya al servicio del bien común, sino de su provecho egoísta y su rapacidad. La cultura del «pelotazo» es una consecuencia directa del desarme interior de una sociedad. Lo hemos comprobado lamentablemente en los continuos casos de corrupción que acontecen en nuestro país a muchos niveles.

Por último, el desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto al otro. La antropología cristiana afirma esto del ser humano: el otro no es mi enemigo, es mi hermano. El encuentro con el otro, aunque sea diferente, no me empobrece sino que me enriquece, porque la comunicación y la complementariedad forman parte de nuestra entraña más profunda. Es más lo que me une que lo que me separa. Resulta muy conveniente recordarlo en nuestro país, donde los hechos diferenciales se han usado como barrera y arma arrojadiza, donde los nacionalismos y regionalismos han desangrado anímica y económicamente al pueblo español.

Todas estas ideas, que surgen de un diálogo fructífero y sereno entre razón y fe, son aportadas por el humanismo cristiano a la sociedad entera, también a los no creyentes o no cristianos, como piedras que sirvan para la edificación de una casa común donde todos podamos vivir. La salida de la crisis no será sólo cuestión de técnicas y estrategias puesto que, antes que económica se trata de una crisis antropológica y de valores. Sin un rearme espiritual profundo seguiremos intentando curar al enfermo de cáncer con bicarbonato.

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