Diario de León
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En el filo | fernando jáuregui

Al ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, lo quieren como «el malvado Rubalcaba» en algunos ambientes, muchos de ellos ligados al principal partido de la oposición. Uno de sus principales portavoces oficiales, Esteban González Pons, ha salido a los medios para, ante el micrófono, acusar al Ministerio del Interior de urdir una maniobra política en torno a la detención del presidente de la Diputación de Alicante, José Joaquín Ripoll, destacado militante del PP en la Comunidad Valenciana y políticamente enfrentado a su correligionario el presidente de la Generalitat, Francisco Camps.

«Hay una persecución de Interior contra nuestro partido, con detenciones propias de las dictaduras», llegó a decir, en las últimas horas, nada menos que la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, quien, hace menos de un año, protagonizó una notable polémica al decir en una entrevista periodística que los servicios policiales espiaban los teléfonos de dirigentes del PP. No ofreció entonces las pruebas suficientes y la principal formación de la oposición tuvo que ensayar una discreta marcha atrás. Tampoco ahora se ofrecen pruebas irrefutables de que la de Ripoll sea una «detención política», aunque sí haya indicios de que la policía que acudió al domicilio del presidente de la Diputación alicantina para detenerlo, en pijama y a las ocho de la mañana, acaso se excedió en sus funciones. Pero una cosa es una cosa y otra, la otra, como decía el clásico. Dudo mucho, la verdad, de que el malvado Rubalcaba-™ haya instigado esta operación, y menos aún creo que lo haya hecho, como aventuran algunos medios cercanos a los populares, para distraer la atención -como si fuese posible, a estas alturas- de la situación económica y alejarla del debate sobre el estado de la Nación. A este paso, acabaremos achacando a la perfidia del ministro los buenos resultados de la selección española, como un intento de alejar de los titulares las malas noticias económicas. Rubalcaba, perfil sin duda maquiavélico, me parece, sin embargo, que no da para tanto... al menos hasta que se demuestre, lejos de conjeturas y reparto de basuras, lo contrario.

Ahora bien, hay que convenir que, en España, la «pena de telediario», es un vicio demasiado extendido. Se conduce, policial o/y judicialmente, con excesiva alegría a un imputado a los calabozos, tantas veces con esposas y cámaras de televisión reflejando el acontecimiento. Desconozco el grado de implicación que el señor Ripoll tenga o no en el feo asunto de la contrata de los servicios de limpieza en Orihuela, pero creo que nada tiene que ver con la lucha contra la corrupción airear que alguien ha sido detenido con espectacularidad por la policía para que luego se arme la escandalera que se ha montado: una «retención» de diez horas para un interrogatorio de diez minutos y... a la calle con el detenido, perdón retenido, al parecer sin cargos, ni fianza, ni explicaciones y con un juez indignado por cómo se ha conducido el caso por los servicios policiales. No me extraña, aunque también me inquiete, que el PP haya aprovechado la ocasión para disparar, tenga o no munición, contra el ministro mejor valorado del tambaleante Gobierno de Zapatero.

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