Diario de León
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A esgaya | emilio gancedo

León se parece mucho a aquellos hidalgos viejos del Siglo de Oro que basaban toda su alcurnia y honor en certificados de limpieza de sangre llenos de polvo y en árboles genealógicos espinados de ramas, esquejes y medallitas. Vivían en la pobreza y en la inopia, y no tenían más que unos calzones remendados y un caserón que se caía a pedazos, aunque caminaban por la calle con la cabeza muy alta y hablando a todo el mundo de las glorias familiares, del tatarabuelo Chindasvinto y del ancestro Sisebuto.

Algo muy típico en la modernidad de estas tierras de amontone, desorden y barullo consiste en pensar en el tejado antes de hacer buen cimiento. En soñar con castillos de oro y mármol, lo cual no es mala cosa siempre y cuando seamos conscientes de que es un chamizo el que nos cobija. Tranvías, un aeropuerto superior, nuevas autovías y terminales de altísima velocidad esperan a la capital leonesa, esa que, textualmente, será «la envidia», dijo el alcalde, de todas las ciudades de la comunidad autónoma.

Resulta curioso comparar todos estos lustrosos y sin duda interesantes proyectos con las realidades de a pie. Por ejemplo, un ejemplo, que me trae a las mientes Jesusín el fotero . Los sucesivos y repulidos munícipes capitalinos no han sido capaces de construir algo tan simple, tan útil y tan normal en cualquier otra ciudad como una ronda que la circunvale por completo, una ronda sin semáforos y amplias vías de penetración que permita a cualquier persona humana a los mandos de su vehículo acceder al centro desde todo punto o dirección. Han hecho tramos, han dejado otros ya antiguos, pero ninguno ha querido o podido conectarlos todos y legar a los leoneses una obra digna y a la vez eficaz. Se ve que alguien no sacaba suficiente chupe de la cosa...

Lo primero es lo primero. Pero aquí la cosa es fardar con el calzón raído.

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