Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

En mi escalafón de crueldades a combatir, el toreo no ocupa uno de los primeros puestos. Me parece más cruel «Sálvame», o esos comentarios en Internet donde el sadismo se beneficia del anonimato. Nunca me ha interesado la llamada fiesta, pese a que hasta instalarme en León viví en el madrileño barrio de Las Ventas. Ahora bien, a la hora de las prohibiciones aplicó lo que mi señora madre decía de sus lentejas: si quieres las comes y si no las dejas. En Cataluña, las han prohibido -las corridas, no las leguminosas- a partir del 2012. En Estados Unidos, la ley seca convirtió la cogorza en un placer secreto; lo mismo ahora se crea entre los catalanes una afición clandestina, con alcapones y eliotness incluidos. Veremos. Pero corresponde al mundo del toro y a sus aficionados liderar la defensa de este espectáculo, que ellos sienten como un poemario de vida y muerte. Y claro que el toro sufre, cómo cuestionarlo, pero no puede ser reducido sólo a este aspecto, pese a su importancia ética en este debate. Algunos parlamentarios deberían utilizar con mucha prudencia la palabra crueldad, pues en el ruedo de la política no se torea con banderillas de agua: se entra a matar, y casi nunca de frente. La condición humana lleva la crueldad tatuada en los genes, por lo que no es casual que la primera obra de la literatura occidental, La Ilíada , sea un diluvio de sangre, aunque, como ocurre con el toreo, también es mucho más; y en ese «mucho más» se encuentra la puerta que unos logran traspasar y otros no. ¿Crueles las corridas? Sí, lo mismo que aquel duelo mortal entre Héctor y Aquiles, de cuyo charco de sangre procedemos, trascendido después por lo cristiano. Taurinos y antitaurinos, como aqueos y troyanos, luchan con la poesía de su lado. Y en ambos bandos hallamos héroes y razones.

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