TRIBUNA
Escultura de la totalidad
H ablar de la totalidad, así como de la unidad de la naturaleza, ha dejado de ser, hoy, exclusivo de ciertas culturas orientales, más o menos religiosas y espirituales, pues la nueva ciencia occidental también ha comenzado a incorporar esas ideas de la totalidad y la unidad. Recordemos «La totalidad y el orden implicado», de David Bohm, donde este gran físico trata de «comprender la naturaleza de la realidad como un todo coherente», y donde defiende asimismo que la idea de la fragmentación y la división, que ha dominado la tradición científica occidental, «no puede seguir manteniéndose con fundamento». E igualmente Fritjof Capra, en su clásico «El Tao de la física», trata también de la unidad d e la naturaleza y de la vida, y afirma que los físicos modernos han llegado -por caminos diferentes- a las mismas conclusiones que los místicos orientales de hace cientos y miles de años.
Pero todo esto es, hoy, sólo una disculpa para llevarnos (justificadamente, creo) a la obra escultórica de un gran artista desconocido, nacido en Navarra y afincado en León (donde llevó a cabo la mayor parte de su labor), el humilde dominico Miguel Iribertegui (1938-2008), al que no le agradaba exponer, sino pasar por la vida como los artistas anónimos de antaño. Se dice de él que practicó, junto a la escultura (era licenciado en Bellas Artes), la música y la poesía, otras dos de las bellas artes, y a la vez, era teólogo y filósofo. Un artista polifacético.
¿Por qué nos ha llevado -la visión de sus esculturas- a estas ideas de la totalidad y la unidad? Creo que basta ver una sola vez su obra para comprobar que este gran escultor percibió (no sé si consciente o inconscientemente) estas ideas -como es habitual en todo gran artista- y las plasmó en sus figuras. Todo parte del todo y en él permanece integrado. Esa es la sensación que uno percibe en los temas centrales de su obra: los ángeles, los frailes (dominicos), los pastores y las ovejas, la sagrada Familia centrada principalmente en Belén y otros grupos de gente (músicos, pescadores), así como sus expresivas representaciones de la lucha leonesa y otras tradiciones de nuestra cultura (un ofrecimiento a la tierra en que vivió). Nada parece estar separado, aislado, en su quehacer; no hay aislamiento ni soledad en su obra, todo se comparte. Esto no debe sorprendernos, en un artista como Iribertegui que vivió -él mismo- integrado en una comunidad de Dominicos.
No soy, evidentemente, un experto en este maravilloso arte de la escultura; pero, por otra parte, no interesan demasiado los aspectos puramente técnicos, sino los sentimientos -profundos y elevados- que evoca su obra. Probablemente tampoco a él le interesaran esos aspectos técnicos más que este mensaje: la unidad frente a la fragmentación, el amor y la amistad frente al odio y la aversión, y todo ello a través de la sencillez, la ternura y la autenticidad, no muy frecuentes en el arte moderno. Por eso, en los temas centrales que aborda Iribertegui, encontramos el abrazo, el lazo de unión entre los diversos partícipes de la obra, expresando la unidad, la concordia, la cooperación. A través de sus esculturas, parece que el artista ha querido señalar el camino que debiera seguir la humanidad actual. Esta función moralizadora y educadora del arte, creo que está siempre presente en la mente de este humilde escultor.
La materialidad de la escultura parece ser una de las razones de los detractores de este arte para separarla de las artes liberales; y sin embargo, los artistas como Iribertegui, al igual que Teilhard de Chardin, ennoblecieron esa «áspera Materia, gleba estéril, dura roca» (de que hablaba Teilhard), elevándola a la categoría del espíritu. He aquí la materia y el espíritu como una sola realidad, una misma cosa (uno de los postulados más sobresalientes de la nueva ciencia). Los grandes escultores han sabido siempre convertir las formas del volumen en colores, la materia en espíritu. Para el verdadero artista, el arte no termina en la realidad visual, en lo externo. Para ellos hay un «volumen interno». ¿No es para Iribertegui -este volumen interno- el concepto de la unidad y la totalidad, del que extrae sus finas esculturas? Sus formas y figuras surgen, de forma espontánea, del Todo al que permanecen unidas, manteniendo su individualidad. ¿No parece ser éste su mensaje?: Hay que cambiar la conciencia de fragmentación y de separación, en que vive aún esta humanidad, por la conciencia de unidad y totalidad. ¿No es el mensaje del artista que ha logrado penetrar en los secretos de la vida y la naturaleza, como lo ha conseguido la ciencia moderna? Probablemente, por eso, su base de inspiración estaba esencialmente en el folklore, en lo popular, como expresó el propio Iribertegui.
Los leoneses y todos cuantos se encuentren en esta ciudad, por estas fechas, harían una buena opción visitando esta exposición de Iribertegui, en la sala de exposiciones Palat del Rey, tanto para satisfacer su facultad visual y su sensibilidad como su propio espíritu, pues tienen la oportunidad de encontrarse con unas obras de arte a flor de piel, que pueden suscitar las sensaciones y emociones más elevadas.