LA GAVETA
Cuento de Andorra
Hace cincuenta años Andorra era un país remoto e ignorado, poblado por unos pocos miles de personas. Tenían una emisora famosa y muchos clérigos. Tenían unas normas políticas altomedievales y pintaban poco menos que nada en el mundo. Ni siquiera en Cataluña, con quien comparten idioma.
Su capital era una villa de seis mil habitantes donde había unas tiendas pequeñas, anticuadas e irrelevantes. Allí todo era nieve y religión, carreteras impracticables y olvido. Ahora Andorra es un emporio de casi todo. El pequeño estado pirenaico tiene la población de la ciudad de Ponferrada y su «hinterland» y un despliegue comercial extraordinario. Posee bancos, hoteles de lujo, balnearios ultramodernos, gastronomía de alto nivel y un marchamo propio del Tirol o de Suiza. Y no es menos rica que los más ricos países de Europa.
Evidentemente el Bierzo no puede ser Andorra porque ni es un paraíso fiscal ni goza de tan curiosa y vieja independencia. Aunque podemos imaginar una soberanía literaria. Donde la jefatura del estado, a la usanza andorrana, tendría dos copríncipes: el obispo de Astorga y el rey de España. Quienes vendrían una vez al año a Villafranca a firmar papeles y a repartir sonrisas y detalles entre la feliz ciudadanía de ese Bierzo andorranizado.
Naturalmente, en ese Bierzo nuevo habría mucho despliegue de deportes de invierno por el Morredero, como en Andorra. A ello nuestra comarca añadiría otros encantos propios, en los que supera a aquel pequeño país, como su pasado romano y minero. También ganamos a Andorra en tamaño. Nuestra extensión es mucho mayor y despejada, llena de valles amenos, colinas, llanuras y bosques. Añadiríamos también la mítica jacobea, que tiene en el Bierzo uno de sus más manifiestos paraísos.
A esas evidencias se sumarían otras, relacionadas con la alta cultura. Podría haber una Orquesta del Bierzo, apoyada por empresarios generosos, con violinistas de importación, y que fuera una gozosa extrañeza en el ámbito nacional e incluso en el europeo y mundial. Por ello, un día la Orquesta del Bierzo tocaría en la ONU como ejemplo perfecto de una formación comarcal llegada a lo máximo.
Quien dice la orquesta, dice un centro dramático que convertiría el Bérgidum en un lugar de peregrinaje de las propuestas escénicas más vanguardistas del planeta, en formato pequeño. Y habría otras brillantes novedades, no solo culturales. Como diversos balnearios en las laderas más sugerentes del Bierzo, aunque no en Valdueza, que sería preservada de cualquier contaminación arquitectónica. ¿Y todo este cuento para qué? Pues para soñar un poco, que falta nos hace.