Diario de León
Publicado por
Á. VARELA
León

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Entrar en la sala de calderas es hacer un viaje en el tiempo hasta un pasado de hierro y ladrillo que nos parece remoto, pero no lo es tanto: nuestros abuelos ayudaron a construirlo y nuestros padres dejaron en él su sudor. El edificio de la antigua central térmica de MSP, felizmente recuperado y abierto como primer contenedor visitable del Museo Nacional de la Energía, es un recorrido por un tiempo de carbón y humo, de fuego y vapor, de hombres silenciosos de cara tiznada y manos callosas. Un tiempo en blanco y negro, guardado en fotogramas parpadeantes de un cine épico en el que las masas de obreros desafiaban a dios y construían un futuro férreo y pesado que aún no sabían a donde conducía.

La central térmica es el mejor ejemplo del patrimonio industrial de la comarca y uno de los pocos que ha sobrevivido a la ruina en la que este tipo de edificios ha caído. Chimeneas primosoramente construídas en los lavaderos mineros fueron derribadas con premeditación, alevosía y nocturnidad. El peculiar edificio de la placa del ferrocarril que dio nombre al barrio apenas se entrevé entre la maleza. De los molinos del Boeza y el Sil que fueron las primeras centrales productoras de energía para la ciudad a principios del siglo XX no ha quedado ni rastro. El último se derribó impunemente sin la menor queja hace menos de quince años.

Aunque en mal estado, la central de MSP mostraba todavía su fuerza animal, al pie del Sil, dando paso a unos cientos de metros de una ribera llena de cicatrices industriales: presas y canales, hierro y agua que fueron animados centros de trabajo primero y espacio para el recreo infantil después. La intervención rehabilitadora del museo ha rejuvenecido el edificio principal, mejorará el entorno y ampliará su impacto a la antigua central de Endesa, hermana más joven de la de MSP, vomitorio de humo negro al pie de las viviendas hasta los años sesenta del pasado siglo. Y la ciudad recuperará un patrimonio de enorme valor y habilitará para el ocio las márgenes del río hasta la presa del Azufre, con sus ruinas del balneario decimonónico y sus estructuras de una tierra dedicada a la producción eléctrica.

Aunque los objetivos que los promotores del Museo han planteado parecen demasiado optimistas, unas cifras de visitas más modestas tampoco empañarían la labor realizada, por la que debemos felicitarnos. También ha llegado el momento de abandonar las posturas personalistas y los planteamientos sectarios que han empañado en exceso todo el proceso, buscando un clima participativo y de colaboración con estructuras ya existentes en la ciudad y muy relacionadas con el caso, como es el Museo del Ferrocarril. Y así contribuir a hacer más feliz este impagable viaje en el tiempo.

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