CRÓNICAS BERCIANAS
A contrapelo
P rocuro ser optimista en el retorno al purgatorio. Y eso que he pasado medio agosto retorcido en una hamaca junto al endiablado Bill Bonnano, el primogénito de uno de los jefes de las grandes familias de la mafia de los 50. Me lo presentó delicadamente uno de mis ídolos periodísticos, Gay Talese, como epítome de la fuerza inquebrantable del destino que su honorable apellido le marcó desde la cuna. A veces es preciso llegar a un punto de no retorno para crujir ese magnetismo que te impele al abismo. Otras, como a Bill, te empuja hasta la muerte bajo el único consuelo de haber tenido como confesor a Talese para advertir contrito que el hijo del gánster hubiera deseado ser un vulgar estudiante de ingeniería en Tucson.
Durante ese viaje al Nueva York de la pos ley seca me enteré que agosto pudo convertirse en el epitafio adelantado del Madrid de Zapatero. Pero cuando «aterrizé» recibí con agrado la noticia de que el presidente parece dispuesto a librarse de ese sino borreguil que le ha confundido bajo el disfraz de bambi empalagoso que sus aduladores le han jaleado, despojándole del traje de hombre de Estado en el que debería haberse envarado mucho antes. Su postura frente a la reforma presupuestaria es de las más cabales que se le han conocido. Por encima de quienes tratan de convencerle de que es una receta de la derecha o de que es un pelele de los «mercados», ZP parece guiado por el sentido común y la impermeabilidad al que dirán fuerzas como las sindicales, que cotizan más en rojo socialmente que el Ibex. Ha llegado el momento de convencernos de que es imposible gastar más de lo que se ingresa. Y eso en cualquier casa no es preciso que te lo notifiquen los «mercados» como corroboraba recientemente Felipe González en el país de Rubalcaba. Ni siquiera un referéndum en el que no votarían más que cuatro ilusos; gemelos de los que pueden creer en esa dieta milagro de Cospedal, que promete adelgazar nuestra mórbida deuda sin tocar un servicio esencial y sin desplumarnos.
Es la hora de los políticos con sentido de la prioridad común y de la prosa clara frente a los trileros ideológicos. Y parece que aún hay voces dispuestas a combatir a contrapelo el destino negro que se nos echa encima. Aunque tiemblo cuando pienso en el neófito procurador Javier Campos defendiendo esta semana en las Cortes de Castilla y León el tren turístico del Sil.