Diario de León
Publicado por
JOSÉ LUIS GAVILANES LASO. escritor
León

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No es mi deseo respaldar la serie de calificativos, rayanos a veces en el insulto, que usted, Fernández, ha recibido recientemente («indecente», «indigno», «sinvergüenza», «inmoral»…). No, no es mi estilo ni creo que sean los adjetivos más apropiados. Ni tampoco estoy en la nómina de quienes le desean a usted la muerte, ni la física ni la política. Todo lo contrario, le deseo la mayor felicidad para el tiempo que le reste de vida. Tampoco voy a entrar en si su prejubilación es lícita, incompatible, trato de favor o agravio comparativo respecto a sus colegas. Eso lo dictaminarán las gentes del derecho en el caso de que sean requeridas para ello. Yo lo único que me propongo es analizarla y cotejarla en un contexto ético general. Por eso sólo voy a centrarme en un adjetivo que usted, Fernández, utiliza frecuentemente para justificar su prejubilación remunerada con más de medio millón de euros, que ha suscitado todo ese torrente de invectivas contra su persona. Pasta, mucha pasta, demasiada pasta, que puede llegar a empachar, incluso a estómagos agradecidos.

Me refiero, Fernández, al adjetivo «justo». En primer lugar, lo «justo» se suele relacionar, tanto en su caso como en otros parecidos, con lo «legal». Sin embargo, ambos conceptos pueden darse de bofetadas. A lo largo de la historia, ha habido actos humanos legales absolutamente abominables por inhumanos. Legal fue torturar y quemar herejes, o guillotinar a diestro y siniestro. Legal fue deportar a cientos de miles de seres humanos para venderlos como esclavos, o encerrarlos en inmundos campos de concentración. De modo que lo legal se subordina generalmente a fuerzas o poderes que han actuado y actúan a favor de determinadas causas étnicas, políticas, religiosas o corporativas. Con lo «justo» pasa otro tanto. Podemos utilizar el concepto «justo», bien en una dimensión universal ajustada a acuerdos regulados democráticamente; o bien restringido de modo más o menos arbitrario a un grupo corporativo, tribu endogámica que se autogestiona en beneficio propio.

Aunque se diga que las comparaciones suelen resultar odiosas, me atrevo a contrastar su prejubilación con la que mejor conozco, la mía. Mire, Fernández, tengo 67 años y comencé mi actividad como trabajador desde los 14. Me prejubilé a los 63 y he cotizado durante 44 años. En esa trayectoria fui empleado de comercio y profesor de universidad, para lo cual hube de hacer una carrera de cinco años, superar una oposición y obtener el título de doctor. A la labor docente he sumado una actividad investigadora respaldada por libros, artículos y representaciones de mi país en foros internacionales. Omito las calificaciones recibidas, pues no es cuestión ni ocasión de lucir medallas. Me prejubilé con catorce pagas anuales de 1.870 euros netos mensuales, que suponían aproximadamente el 60% de lo que cobraba en activo. No me quejo, incluso me considero un privilegiado en los malos tiempos que corren. En cambio, usted, como mérito profesional no ha pasado de administrativo en Caja España en la que entró hace 35 años, de los cuales 12 no ha cotizado como tal por ocupar cargos políticos. Esto es, por 23 años de cotización le han remunerado a usted con más de medio millón de euros. Por si las moscas, ya tenía usted garantizados unos ingresos anuales brutos de 106. 284, en el caso de tener que recaer en la Caja tras sus excursiones por la política activa.

Luego hay un hecho que no podemos pasar por alto y es, Fernández, su condición de «socialista». Si usted fuese un neoliberal, no extrañaría esa avidez de riqueza ni el contrapunto de «si eres pobre, algo habrás hecho». Si, por ideología y sentimiento, algo distingue al socialismo de ese otro credo político es la lucha contra la desigualdad y por un equitativo reparto de la riqueza. Su caso, ni se asocia al socialismo utópico ni al científico ni a la socialdemocracia, sino a esa «socialcodicia» de primero «yo» y luego «mi circunstancia» que comenzó a aflorar en tiempos del «Felipato». Además, el dinero percibido por usted, Fernández, proviene de una entidad —de la cual ha sido usted vicepresidente segundo— que, debido a una alta morosidad —sabrán ustedes dirigentes por qué turbias apuestas inmobiliarias—, ha tenido que ser socorrida con dinero público, que habrá que devolver al Estado al 8,5% de interés. Pero hay un hecho aún más irritante que clama al cielo por su injusticia. La fuente de la que emana su sustanciosa prejubilación, Fernández, no es una empresa privada cualquiera que pueda hacer de su capa un sayo, sino una entidad financiera que se nutre fundamentalmente de los ahorros de los impositores. ¿A la hora de autoabastecerse, se ha tenido en cuenta la opinión de los mismos por los miembros de la tribu, del «do ut des», que ha obrado generosamente en su favor con la mayor opacidad? En la justificación de lo «justo» sólo le asiste, Fernández, un argumento —muy rico y muy pobre a la vez—, que usted no es una excepción, pues otros miembros del consejo de administración de su entidad, antes y ahora, y de otras entidades bancarias, han percibido cantidades por el estilo o superiores y usted no tiene motivos, ni siquiera por su condición de «socialista», para rechazarlos.

Pero dejémonos de palabras y vayamos a los hechos. Que se hayan implantado prejubilaciones o bajas incentivadas «injustas» o «irregulares» es debido a que las autoridades que debieran haberlo supervisado, o estaban en Babia o han hecho la vista gorda. Porque, los verdaderos responsables de este «yo me lo guiso y yo me lo como» de la tribu endogámica, son tres: el actual presidente de la entidad financiera Caja-España-Caja Duero, el presidente de la Comunidad de Castilla y León y el director del Banco de España. A todos ellos les digo: si en el plazo de un mes no se desvelan públicamente y corrigen esas «irregularidades» contables, quien suscribe —y quien quiera seguirme que me siga—, desdomiciliará su nómina, recibos y cuentas de Caja España-Caja Duero, a cuya entidad ha tenido vinculadas durante más de treinta años.

No me resta ya decirle, Fernández, que, como primera medida para mitigar el escándalo de su prejubilación, cayó usted en algo que más que favorecer su reputación, la desvirtúa, al rechazar un sueldo que por parlamentario le podría corresponder. Esa sí es una remuneración justa y honrosa, si usted entiende la política como justamente debiera entenderse, es decir, como un abnegado servicio a la ciudadanía. Si ese dinero prejubilatorio ya lo tiene en la faltriquera, que le aproveche, Fernández, no siento ninguna envidia por ello, sino profunda decepción, pues yo le tenía a usted en un casillero más digno, en el mismo que a Nicolás Redondo o Julio Anguita, verdaderos socialistas en la teoría y en la práctica. Sin pretender dar lecciones de moralidad a nadie, me atrevo a decir que, cuando lo justo se desvela injusto, es un empacho que siempre es mejor devolverlo, antes de tener la necesidad de vomitarlo.

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