Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Parecía siempre recién llegado de una reunión de caballeros de la Tabla Redonda. O quizá, a punto de entrar en ella. Urbano González Santos ha partido para su Camelot celeste, y deja tras de sí un destello plateado. En una ciudad de tantos gestos adustos, el suyo era siempre cordial. Hace ya años, conocedor de que se disponía a viajar a México le pedí que me trajese dos libros, uno sobre la guerra cristera y otro sobre los murales de Diego Rivera, los que encontrase, pues no tenía ninguno. Y me olvidé del encargo, dando por hecho de que no tendría tiempo o que se le olvidaría. Subestimé su eficacia y generosidad. Cumplió con creces. Sobre los cristeros me encontró una obra excelente, en edición de bolsillo, pero la del muralista Rivera era en formato no ya grande sino enorme, como una costilla del volcán Popocateplt. Sólo una persona como él podía haber cargado con un libro de tamaño tan engorroso de mover, y en un viaje tan largo. Y es que no sólo tuvo hasta el final de sus días una constitución atlética, también su generosidad lo era. Nunca me ha cabido en ninguna estantería, y dudo que cupiese en alguna de la Biblioteca de Alejandría. ¿Por qué eligió aquel librazo frente a cualquier otro manual manejable? Pues por considerar que era el que más me iba a gustar. Acertó. Alta cocina de los buenos modales. Tenía prestancia de doble percha, una para las formas externas, otra para las internas.

Su nieta leyó al final de la misa funeral una semblanza, impregnada de ternura y de humor. «Mi abuelo era tan coqueto que se echaba colonia hasta para bajar a la playa», dijo. Sí, el humor y la ternura fueron también dones de González Santos. Me alegro que sus descendientes los lleven también en los genes.

Contribuyó a humanizar León, a que nos resultase menos frío. No es cierto que nadie sea imprescindible, algunas personas sí lo son. Logró que todo a su alrededor funcionase mejor, y lo hizo con su actitud afable, que él envolvía en un espejismo de facilidad, cuando se trata precisamente de lo contrario, del logro más difícil, y más en una ciudad tan poco dada a la extroversión emocional como la nuestra. Sí, lo suyo era de doble percha. Descanse en paz. Allí arriba, en su Camelot celeste.

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