AL TRASLUZ
En la puerta
Según Dante, en la puerta del infierno hay un cartel que advierte: «Abandonad cualquier esperanza todos quienes entréis aquí». Y ya dentro del establecimiento, esto ya lo añadimos nosotros, no porque hayamos estado sino porque nos lo han contado: «Hoy no se fía, mañana sí». El alcalde de León, Emilio Gutiérrez, suele compensar sus diagnósticos sobre la bancarrota municipal con un «pese a todo, tengo esperanza». Y eso que la deuda es como para dar dos o tres gritos de Munch. El equipo de gobierno buscaba en estos días pasados, no sé si ya lo habrá encontrado, quien les fiase 6,5 millones de euros para pagar las nóminas de 1.900 trabajadores, y las extras. Expresado así suena a «Clotilde ¿has visto mis gafas?». Y ella: «Sí, cariño, las llevas puestas». Pero nadie lleva puesto tanto dinero. Por ello, se agradece que el alcalde proclame ese «pese a todo, tengo esperanza». Carecer de ella imposibilita no sólo la búsqueda de soluciones, también hallarlas. Gobernar ya no consiste en presidir inauguraciones de costosas obras, que luego se supone que habrá de pagar alguien, casi siempre los que vengan detrás, aunque nadie precisaba a cuántos kilómetros. Todo ese planteamiento se ha terminado y sólo cabe gestionar lo que se tiene. Así todo resulta menos faraónico, pero también más digno, realista y humano. Y sí, la esperanza es optimismo más fe, con un toque de gracia. Siempre ha sido una de las energías espirituales de la Historia, lo que pasa es que a veces se queda atrapada en los atascos.
Estos son tiempos en los que quedarán demostradas las vocaciones políticas verdaderas. Las que se rigen por la voluntad de servir, no de servirse. Gestionar en épocas de bonanza es gratificante, pero también ha de serlo, aunque de otra forma, estar ahí en las situaciones más difíciles, en el corazón mismo del terremoto, contribuyendo a que la esperanza no se extinga.
En efecto, en el infierno te exigen que antes de entrar dejes tu esperanza fuera, pues es arma blanca. Como también lo son el amor, la compasión, el perdón... Pese a todo, ¿cómo habríamos llegado hasta aquí sin ella, sin el consuelo de su destello? Aún estaríamos perdidos, dando vueltas en la gran oscuridad. Llamemos a otras puertas.