LEÓN EN VERSO
Raya continua
Apoco que ponga algo de afán no ha nacido un chucho de esos adiestrados para encontrar el polvo blanco entre pimienta capaz de cruzar de la plaza de San Marcelo a Caño Badillo en una sola noche de fin de semana o en víspera de fiestas de guardar. Se confundió quien creía que la única salida para los niños leoneses era la de estudiar la misma carrera que estudió Juan Morano y aprobar la oposición; no. El futuro lo marca esa alfombra de tipos con los ojos saltones y desorbitados y encendidos en sangre que se dejan poseer por la raya continua que ha tomado algunas zonas de copas de la ciudad. Hay carne de psiquiatra a esgalla por cada esquina, canales colgadas por la nariz, alimento de diván mañana, masa absorbida por los nuevos códigos de comportamiento social que se basan en pasarse los principios por la piedra, gente a jornada completa en el efecto químico que trae pasarse de la raya.
Junto al alcohol, la cocaína es la sustancia más consumida en esta vertiente de la Península, donde florece en el ocaso de la semana la adición más perniciosa de cuántas se relacionan con el vicio. Se encontrarán por la calle con el nuevo hombre que ha surgido de esta sociedad del exceso que nos hemos impuesto mientras nos pasamos los últimos años buscando alicientes a medida que nos enganchábamos de forma irreparable al dedo índice sobre la pantalla del smartphone de última generación; entre todas esas prisas nació el cocaetileno, que riega el polvo blanco con cubatas y garrafón. No se atisba más solución que un ejército de psiquiatras mientras los agentes de tráfico disuaden con controles de estupefacientes a los poseídos que se tiran al volante y la carretera con el cerebro perforado de inhalar sensaciones que con el tiempo son sólo fuentes de paranoias y delirios.
A lo mejor es poco esfuerzo contra esta amenaza un control de alcohol y estupefacientes que puede prevenir de accidentes mortales mientras llega el alba de un domingo cualquiera en una carretera a ninguna parte. A lo mejor es preferible hoyar allí donde se pasa la prueba de la raya continua igual que una bandeja de tapas o se empolvan los codos de blanco a poco que se acerque uno a la barra y dejar que la próxima generación abandone la fijación por la felicidad inmediata. Para entonces, igual, ya ha tenido que intervenir esa multitud de psiquiatras, de doctores del alma.