LA LIEBRE
Capullos
Se entretiene la ciudad en andarse con madreñas por encima. Truena como hacía meses que no aparecía una voz por esta tierra, mientras la lluvia que se fugó del invierno lame con suavidad las fachadas de esta primavera cenicienta como hacía muchas. Gris y plomiza, blanda, diurética. La estación en la que el PSOE de León se encomienda a hacer mudanza. Poco más que una renovación de interiores en la que los socialistas leoneses se debaten entre utilizar el comodín de la llamada o el del público. La opción que ofrece Celestino Rodríguez, pulcro e inmaculado pero con el armario lleno de deudos de Francisco Fernández; o el retorno al bucle paciente de los secundarios que protagoniza Francisco Álvarez, tan tibio, tan inexpresivo, que en una película de cine mudo nunca se sabría si está en una boda o en un funeral hasta que cambiaran de plano.
La pugna coloca en el escenario dos modelos. El esquema de León con Tino _un lema que se contradice a sí mismo_ le asienta como heredero de una costumbre que inauguró Óscar López y mira dónde está: la búsqueda de la prosperidad política del joven con aureola de brillante que se fue a Madrid pero que, para hacer carrera, tiene que volver atrás a encontrar un hueco entre los del pueblo. La copia del discípulo que se ordenó diácono con José Blanco, a quien sirvió de cómplice de la paralización de la llegada de la alta velocidad a León.
Una apuesta bautizada como renovadora, pese a la carga que arrastra, que esta semana ha doblado apoyos con la venta de votos de Nicamor Sen, quien se garantiza un puesto en la ejecutiva nacional, consciente de que cuando el camino es largo corre más el mastín que el galgo.
En frente, la reinvención de Álvarez se levanta sobre los restos de las familias que han dominado durante años la formación, con tantos Martínez, Jiménez, Villalbas y nanetes que el apelativo de críticos podrían patentarlo sin problemas, siempre en la brecha de crecer contra alguien, muchas veces entre ellos. Una candidatura que quiere recuperar el espacio que hace cuatro años acaparó Francisco Fernández para sí y su guardia pretoriana: los Cardo, del Blanco, María Rodríguez o Picallo, quienes todavía confían en que, por medio de Tino Rodríguez, después de Perón perviva el peronismo.
Esta lluvia hace aflorar los capullos. Ya tarde en eclosionar la primavera.