ASUNTOS INTERNOS
Tras la batalla
Con las huellas aún calientes de la larga marcha sobre Madrid, es hora de echar cuentas y de hacer balance. Han sido semanas convulsas, días de pan llevar, horas amargas. Nada permanece igual. ¿Ha merecido la pena? Sería de estúpidos o de ingenuos hacer un balance triunfalista y creer que en pleno mes de julio vuelve a sonreír la primavera. Nada de eso. Tras varias semanas de huelga, multitud de manifestaciones y una marcha de 400 kilómetros, el paisaje que se divisa del campo de batalla es contradictorio. Al lado de éxitos innegables se amontonan como un amasijo humeante errores de bulto y actos infames. No ver los primeros o negar los segundos sería equivocar el juicio y hacerse trampas al solitario. Lo más destacado, sin duda alguna, ha sido el coraje, la solidaridad y la dignidad que la familia minera ha demostrado en todo momento y en las circunstancias más adversas. Familia también en sentido estricto, porque a diferencia de otras protestas laborales, la minera ha involucrado a todos los miembros de la unidad familiar, con las esposas a la cabeza. Este hecho diferencial le ha otorgado a la causa minera una cohesión y fortaleza inéditas.
Seguramente el capítulo más negativo haya sido el de la violencia. Los comportamientos asilvestrados y, en ocasiones, brutales de una minoría radical ha perjudicado gravemente la imagen de los mineros, no sólo ante la sociedad española, sino también en el extranjero. La familia minera no se reconoce en ese espejo bronco y a toda ella avergonzó el acoso tabernario contra el alcalde de Ponferrada. Ha sido una lástima que los dirigentes sindicales no atajaran desde el principio y de raíz los desmanes, los cortes de carreteras y las agresiones a los Cuerpos de Seguridad. Nada hicieron, e incluso dieron la impresión de que alentaban a los violentos. ¿Tal vez por intereses ideológicos?
Ésta es, precisamente, otra de las banderas que ondean desgarradas sobre el campo de batalla: la utilización partidista de la protesta. Si la violencia devaluó la legitimidad de la protesta, su manoseo partidista e ideológico malversó la batalla final de Madrid, donde los antisistemas destruyeron lo que de excepcional tenía el gesto de los mineros. Dicho todo lo cual, no sería justo convenir un balance en números rojos. No. Hemos visto gestos de grandeza y actitudes de una calidad moral fuera de lo común. Por más que la huelga y las protestas no hayan logrado su objetivo de doblegar al Gobierno, nadie podrá arrebatar a los mineros la memoria de su última gesta.