Diario de León
Luis Urdiales
León

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Lo que llegó a mandar éste por la calle no lo suman Villanueva, León de la Riva y Rolando el de Ciguera en Valladolid; que ya es. Circula uno por Ramón y Cajal y parece que se le ve cruzar el paso de cebra a Pallarés, envuelto en aquel tabardo de piel vuelta, encajado bajo la pieza del sombrero que se diseñó para contagiar señorío y salpicar de aire bonachón por las aceras, sin saber el vulgo que el verdadero cometido del borsalino era el de plantar cara al frío, ese frío cabrón de los diciembres leoneses, y evitar así que nadie llegara a oler lo que pensaba.

En ese tránsito cayó el equipo de fútbol local; y cuando no había acabado la sesión del pajarito del semáforo para invidentes de la esquina del Santander, ya estaba de vuelta aquella aparición empresarial que llegó a hacer creer a algunos que esta urbe estaba condenada a ser Detroit sin remisión. Parece incluso que se ve la sombra trasunta del bonachón que ocultaba la pelliza merodear junto al instituto de Pendón de Baeza, y aquel otro tenaz devoto de las misas de domingo de la avenida de San Ignacio de Loyola, mientras se abrían las plicas para ampliar la obra hospitalaria; santo dios, santo mortal. Qué coincidencias tan felices para engordar las memorias del hombre que se va del último rincón que le dejaron para sujetar aquel halo de poder público y cara de sociedad anónima que cimentó a base de apretar collejas, pescuezos y manos con las suyas, grandes y rudas como las de los que sembraron de centeno la Sobarriba y el Valderaduey, suaves y rollizas, como las de los mejores contadores de billetes.

De allá para acá patentó el polígono ese que junto al Torío deja ver ahora el sur de la ciudad como la entrada a Chernobil antes de la revolución ucraniana, un sarpullido inevitable de su pasión por el Este. Intuitivo y astuto, debió vaticinar antes que el mismo Zapatero un final de sainete para el selecto club de Marrakech, y con las mismas se bajó del avión.

Nadie sabe aún lo que quiso mandar ese hombre, con sus hechuras despreocupadas y paso de tiburón, mientras estiró el paseo diario y se calzó botines. No dejará de contarlo alguna vez, quizá asistido por la justicia que da la perspectiva del tiempo, y entonces confiese en primera persona la dedicatoria del relato; a vosotros, leoneses, que tuvisteis las agallas de votar al candidato que yo puse.

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