CON VIENTO FRESCO
Ruido sin nueces
Pierre Vilar aconseja en Marx y la historia que el historiador «bajo lo ilusorio debe buscar lo real, bajo lo político, lo social, bajo el interés general, el interés de clase, bajo las formas del estado, las estructuras de la sociedad civil». Sin embargo creo que el historiador francés se olvida que, a veces, lo político se superpone a lo social, y que la economía muchas veces encubre o justifica la acción política, que es profundamente manipuladora cuando por el fin se justifican los medios. Recuerdo, para los que lo hayan olvidado, cómo en las elecciones de 2008 el secretario del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, animaba a Iñaki Gabilondo, a micrófono cerrado en la SER, a llevar a la calle una agitación que podría darle mucho rédito. La agitación, el ruido en la calle, las manifestaciones vengan o no a cuento, es algo que en la historia reciente de España está a la orden del día, siempre que el que gobierne sea del PP.
La victoria aplastante de éste en las urnas, tanto en las elecciones autonómicas y municipales de mayo, como en las generales de noviembre, ambas en 2011, se quiere deslegitimar mediante la instrumentalización de grupos antisistema que llevan a la calle una agitación que busca subvertir el orden o, al menos, agitarlo: hacer mucho ruido aunque sean pocos quienes lo provocan. Estos días, Adela Colau encabeza un grupo que, mediante la coacción, persigue a los diputados del PP para forzar su voluntad en el asunto de los desahucios, mientras los otros grupos parlamentarios miran complacientes hacia otro lado. Que esto es así, lo demuestra el que Izquierda Unida convoca ahora manifestaciones contra el gobierno, pidiendo elecciones generales ya. Es el ruido quien las justifica, pues la economía y el paro importan un bledo, son solo un instrumento de agitación. Quizá lo que busca IU es una situación ingobernable, como en Italia.
Algunos van incluso más allá, probablemente haciendo el juego a los nacionalistas catalanes. Pere Navarro, líder del PSC, ha vuelto a pedir la abdicación del rey en favor del príncipe. Todavía no se atreve a insinuar, como hacen otros, la sustitución de la monarquía por la república. Como en las dos ocasiones anteriores, la república la propugnan minorías radicalizadas sin pensar en las consecuencias. Si ha de venir un día, que sea en un país en orden y con una mayoría de republicanos, cosa que en estos momentos no parece que sea así. Sólo instrumentalizan, haciendo mucho ruido y agitación de banderas, una situación procesal que afecta no a la familia real sino a familiares del rey que, si han delinquido, deben pagar por ello. Nuevamente no es la economía ni los problemas sociales, sino la política lo que está debajo de toda esta agitación: mucho ruido pero pacas nueces.